domingo, 4 diciembre 2022
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Añoranzas

Cuando adquirí los pocos centenares de metros cuadrados de un recodo pedregoso, al borde de dos carreteras de montañas, en las proximidades de Ronda, muchos me tildaron de loco. Allí era imposible construir nada, y no sólo porque las autoridades del municipio no lo permitían, ya que el territorio del Parque Natural de Grazalema en donde se ubicaba  propiedad rústica era intocable, sino porque, además, la  pequeña parcela la constituía un alto bancal, y el resto no era sino una empinada pendiente en donde se agarraban con exasperación de siglos un par de añosos olivos, y tal situación hacía impracticable cualquier intento de levantar un albergue por minúsculo que fuese.      

   No era, sin embargo, mi propósito usurpar con ladrillos y cemento el pequeño terreno que mi parco erario particular me había permitido comprar después de luengos años de trabajo. No. Mi empeño era plantar con mis propias manos un árbol. Deseaba, además, verlo crecer en un terreno de mi propiedad, por minúsculo que éste fuese. “ La puedes plantar en cualquier sitio, sólo tienes que pedir permiso al dueño de algunas de las heredades del pueblo”, me decían algunos, extrañados de aquella bulla que de pronto me había asaltado. Pero, ¿se concibe que pueda alguien dar vida a un ser y luego abandonarlo a su suerte en un lugar cuyo acceso podría muy bien serle vedado, más pronto que tarde? Eso me decía para mis adentros, sin resignarme a no tener en dónde dar cumplida satisfacción a mi deseo.    

   Así que adquirí el terreno, para muchos sin valía, para mí con un valor inmenso porque al fin podría plantar mi árbol. Allí en  donde las altas sierras de la castigada orografía de Ronda pierden su agresividad y se moldearon perdiendo sus afilados picachos la impronta desafiante de otros tiempos, cerca de un monte poblado de encinas – entre la mole pétrea del Tajo del Zuque y el montuoso paraje, el río Guadiaro, famélico, pobre sí, pero todavía dando constancia de su existencia – sentí el orgullo del propietario de un lugar en donde dar rienda suelta a mis pretensiones. 

   Hacía falta  imaginación. Había que hacer abstracción del paso de los coches que rompían con frecuencia lo idílico de la situación. También negar la vista a edificios próximos, que para mí manchaban y adocenaban el lugar. Podía creer, entonces, en cualquiera de las horas mágicas del día, (en esa hora que se presenta cuando no se espera y hace pensar a uno que se encuentra sólo en el universo), en esa hora excelsa, que arañaba la beatitud del cielo.      

    Siempre he pensado que la felicidad no existe si no es en la posesión o disfrute de las pequeñas cosas. Se es feliz en su posesión y disfrute y pensar que hay un Dios que se ocupa  hacer feliz a los hombres cuando admite que sus ambiciones son mínimas. Como la de plantar un nogal- mi árbol -, que he visto crecer por días, hasta conseguir su espléndida silueta actual y regodearme con sus frutos. Y a su sombra me adormecía en los cálidos verano de la Serranía de Ronda, tan ufano como si lo hiciera en la más sobresaliente propiedad del pueblo, o en un palacete señorial. 

   Un feliz retiro que años después añoro inmerso en el tráfago de una ciudad -Málaga- que, como todas, no deja de ser bullanguera y extremadamente ruidosa.

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