domingo, 25 septiembre 2022
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Educación y móviles (y II)

Seguimos con la tabarra de los móviles, que por intentarlo no quede… Advierto que este escritillo es largo en demasía. Usted mismo. Tal vez sea cosa de no seguir leyendo, que luego vienen los problemas de vista y los dolores de cabeza.

Y como no habrá de faltar quien diga que ni para él ni para sus hijos son un problema, me anticipo y recalco que fuera de los centros educativos cada cual es muy libre de hacer lo que mejor le plazca. El problema surge cuando la desfachatez de algunos choca con la formación de los hijos de los demás. O sea, que de puertas afuera de los institutos cada cual haga lo que quiera y eduque o maleduque al gusto. No es esa la cuestión que acá nos mueve (y conmueve). Ya se dijo en la primera entrega.

Si bien es cierto que la perversa relación que se observa entre teléfonos móviles y centros educativos es unacontrariedad universal, no lo es menos que, una vez detectada la problemática que apunta directamente al corazón de la Educación –escrito sea con mayúscula–, no queda otra que ceñirse a aquellos lugares que nos resultan más conocidos y seguros.

A lo que voy. Y valor y concha para soportar los capones gremialistas que me van a llover a diestra y siniestra, por mentar la bicha y traer a colación las tensiones que en la actualidad se sufren en nuestros centros escolares desde que llegaron los smartphones; tensiones que se maquillan, cuando no se ocultan abiertamente bajo los más socorridos buenismos y la estadística más falsaria, calculados siempre a conveniencia de parte con tal de no reconocer un problema mayúsculo que, nos pongamos como nos pongamos, existe, vaya que sí existe.

No basta con bajar la cabeza y mirar hacia otro lado cada vez que nos topamos a un alumno utilizando el móvil en mitad del pasillo o en casa durante el tiempo de estudio, y hasta en el aula, justo entre Calderón de la Barca y Pitágoras. Y no basta porque no tiene maldita la gracia ese «dejar hacer» por mor de una defensa tan bárbara como pretendida y falsamente buenista de los mal llamados teléfonos inteligentes. Aquí entran los que, ante el despiporre que ciertamente se vive y sufre en nuestros centros educativos, dicen: «Mejor educar que prohibir»: modernidades traigo del territorio Bienqueda: palabrerío vano que nada remedia. Y es que la palabra «libertad» como lema no está mal, pero todos sabemos que, hoy por hoy, es imposible la convivencia pacífica entre los móviles y las pautas que exige cualquier aprendizaje.

Entre un video del campeonato mundial de conducción temeraria a contramano y el mester de clerecía o la Revolución Francesa no hay color… De ahí que haya que imposibilitar el que se lleve y use el móvil durante las seis horas y media de la jornada lectiva. Imposibilitar es prohibir. Y educar conlleva prohibiciones: un ceda el paso, no escupirás por la ventana, harás un buen uso de los aseos, no gritarás, tratarás con respeto al profe, no te beneficiarás del trabajo ajeno, no se ponen los pies en la mesa… Son prohibiciones que a nadie extrañan. ¿Por qué entonces la lasitud que se observa a la hora de prohibir los teléfonos móviles en periodo lectivo? Ay, si yo tuviera una escoba…

Y para el caso me circunscribo a los institutos de educación secundaria de nuestra comarca, por aquello de que las grandes revoluciones empiezan siempre con el barrido y baldeo de nuestra propia puerta, para qué ir más lejos.

No oculto mi intención de ganar para «la causa» a las madres y padres que tan preocupados andan por la dependencia –«enganchaera» más bien– que nuestros hijos e hijas tienen en su relación cuasi religiosa con los móviles de última generación. Leyó bien: religiosa he dicho. Y si me apuran divina escribiría, pues para una mayoría de nuestros chavales el móvil antes que cosa, instrumento o máquina es una lámpara mágica donde caben fotos con morrito, vídeos del tal Cejas, concursos universales de eructos y ventosidades, el porno más siniestro, más homófobo, más machista… y sí, es cierto, algunas veces también el diccionario de la RAE y otras «antiguallas» por el estilo.

Y es que los humanos somos en verdad mojigatos cuando de hacer un uso racional de la libertad se trata. Queremos que todo nos llegue impuesto desde lo alto. Tememos el poder que nos da el simple hecho de ser ciudadanos provistos de derechos –y deberes–, individuos capaces de conformar mayorías de opinión; pero renunciamos por cobardía y dejadez hasta convertirnos en meros funcionarios atados a un horario y a unos usos cada día más extendidos, al tiempo que esclavos de una burocracia huera que consume buena parte de nuestras energías; nos conformamos con el papel de súbditos oportunistas, trocillo de clase media anodina que hace mucho que renunció a cambiar las cosas a la espera de que sean Los De Arriba quienes cambien las normas: nuevos tiempos, nuevos dioses.

De modo que, queridas madres, queridos padres, la verdad es que ansiamos que los poderosos del momento, representados en los gobernantes de turno, nos den soluciones generales a temas particulares en la esperanza infantilona de escapar a nuestras propias responsabilidades. Con este «yo cierro los ojos y paso», esta especie de ver en los calendarios el penoso correr de los días, y poco más, no se ocultan las muchas y poderosas «armas» que nos proporciona una democracia, pero que, para vergüenzanuestra, obviamos, despreciamos del más cobarde de los modos con tal de no asumir compromisos que son nuestros y solo nuestros por estar circunscritos al lugar y tiempo donde nuestras vidas transcurren. Y hablo de todos. Y culpo a todos, yo el primero.

No salvo a la inacción de los gobiernos, pero tampoco a los profesionales de la educación que, tal vez por saturación de papeles y burocracias varias, traspasan la carga sobre las familias, y las familias devuelven la pelota a los docentes, como si ninguno de nosotros tuviéramos nada que ver en el caos que supone el uso patológico, adictivo, irracional que nuestros hijos e hijas dan a los teléfonos móviles.

¿El manido miedo a la libertad de Fromm? No lo sé; aunque algo de eso hay, creo que todo este galimatías de móviles pululando por pasillos y aulas es más simple: padres, madres, docentes y la sociedad en su conjunto se ven desbordados por algo que no deja de ser una cosa, el smartphone, pero una cosa nada trivial que ha producido en tan solo diez o doce años cambios tan profundos en nuestro modo de enfrentarnos al mundo, que se hacen necesarias estrategias que aprovechen la parte positiva que pudieran tener, al tiempo que frenen y palíen los efectos nocivos que se vienen detectando y denunciando con coraje y reflexión por parte de colectivos profesionales cada vez más amplios.

A estas alturas del tango, estoy convencido de que el temor a adoptar decisiones a la espera de un Moisés-Gobierno que nos guíe, se debe antes, y sobre todo, a las consecuencias que se derivan de una sociedad hiperventilada, hipervigilada y más que tutelada… Tenemos mecanismos muy simples para atajar las consecuencias negativas que los teléfonos móviles generan en los centros educativos a través de los reglamentos de organización y funcionamiento que sancionan los Consejos Escolares, está en nuestras manos paliarlas, por tanto.

O lo que es lo mismo, que por más derechos –y obligaciones– que garantice la Constitución actual y las normas que emanan de ella, la verdad es que somos pueblo de milagros, pueblo de sumisos bueyes, que antes de encarar el problema inmediato de los móviles en los centros escolares esperamos que sea el Estado –con mayúscula– el que lo haga por nosotros desde la imposición del BOE.

Renunciamos así a lasesencias de la verdadera democracia, pues de algún modo nos escondemos detrás de figurones y togas para no adoptar decisiones para las que estamos legitimados y que legitiman nuestro papel ciudadano en tanto que padres, docentes e individuos formados.Así somos. Así fuimos. En nuestras manos está dejar de serlo.

Hoy, sin ir más lejos, dirijo este escritillo a las asociaciones de madres y padres de los institutos de Ronda y comarca para llamar la atención sobre el caos que generan los teléfonos móviles –inteligentes los llaman– en los centros educativos, y cada vez a edades más tempranas. Lloro, suplico y rezo por un frente común que frene y palíe el que tal vez sea el Leviatán que con más saña ataca a la convivencia en las escuelas e institutos en estos momentos. Y vaya por adelantado que no me mueve la fobia a las mal llamadas nuevas tecnologías.

Al contrario, lo que vengo a defender es una utilización con las restricciones propias de aparatajes y maquinitas que se han demostrado con idénticas posibilidades para hacer el mal y lo contrario. ¿Y la televisión basura? Pues también. Pero no permitiré que se me desvíe de mi objetivo: hoy hablo de los teléfonos móviles en los institutos. Hablen otros de telebasura. Y lo hago en procura de apoyos por parte de los padres, madres y docentes en este sindiós que supone el mal uso de los móviles, que tantas horas de sueño y de estudio roban a nuestros hijos.

Lo que vengo a proponer es la prohibición más absoluta de los teléfonos en horario lectivo o, como ya sucede en tantos lugares, la instalación de sistemas electrónicos inhibidores que impidan su uso. Es decir que el alumnado no pueda llevar teléfono al centro educativo desde la entrada a la salida, incluidos los recreos, y que si así lo hacen seamos los padres los que paguemos las consecuencias, como cuando rompen un cristal, derriban una puerta o le roban el bocadillo al compañero de al lado.

Sesudos estudios demuestran que hay vida más allá del móvil y que nada tan sano como el contacto en vivo y en directo con los semejantes. Frente a esto se opondrán pretendidos argumentos del estilo «son herramientas educativas» o «qué hago si tengo que contactar con mi niño»… Veamos.

Excepcional y puntualmente, bajo supervisión de un profesor, el móvil puede ser útil en los procesos de aprendizaje, de modo que no habría problema en usarlo cuando la ocasión lo exija, que serían muy pocas, la verdad. Yo mismo los he utilizado en clase de música varias veces. Referente a lo segundo, baste decir que si usted tiene que localizar a alguno de sus hijos o hijas porque ha surgido un imprevisto urgente en la familia, bastará llamar al número del instituto, donde se supone que están, y juro, yo que no soy de jurar, que en no más de cinco minutos los tendrá al otro lado de la línea para darles ese mensaje tan importante.

Si nuestros chaveas estuvieran libres de las presiones del guasap, el YouTube sin filtros o el Instagram desde las 8:15 hasta las 14:45, no puedo ni imaginar lo mucho que hubiéramos avanzado en la recuperación del clima de trabajo y tranquilidad que exige el estudio. El estudio y la formación de seres humanos equilibrados. Tranquilidad también para los padres y madres, que tendrían la certeza de que al menos durante seis horas y media sus hijos e hijas estarían libres del control patológico del aparatejo que se ha demostrado más perjudicial en la educación.

De regreso a casa, cada familia que se ordene como mejor pueda o crea; pero en territorio común deben prevalecer las normas comunes. Tranquilidad para el profesorado, que ya no tendría que estar pendiente de si éste o aquél –contildes los escribo, pues la RAE no obliga sino que aconseja– le dan a las teclas o a la pantallita mientras se descuerna en explicar las profundidades de Arquímedes en la pizarra a espaldas vueltas, en desleal y desigual competencia con el video viral del motorista loco que circulaba a golpe de caballito y a casi trescientos por hora en una carretera comarcal, o ese otro donde un grupo de canallas golpean, sodomizan y maltratan de obra y palabra a una mujer sin que los gobiernos cierren las web donde se alojan…

¿Y? No hay peor ciego que el que se tapa los ojos con una pantalla para no ver que de la realidad virtual a la vida real hay eso, justamente eso, dos teclas y una cámara con la que grabar la «hazaña».

Porque de nada sirve ocultarlo: siempre se ha consumido pornografía. Las paredes de las pirámides, los estucos de Pompeya y Herculano, algunos rincones del Coliseo, la sillería del coro de la catedral de Plasencia dan fe de que el porno es parte del entramado «cultural» de la humanidad. Sin embargo, lo preocupante es que el porno que se consume ahora es una llamada, un reclamo que nos muestra a la mujer y a los más débiles como objetoscon los que se puede hacer todo y de todo, y eso es delito, pues hacer apología de conductas criminales es sencillamentereprobable y perseguible. Y no me vengan con rollitos ni parches de sor Virginia: nuestros hijos, nuestras hijas, nosotros, todos, consentimos que el móvil sea un arma que ayuda a la más abyecta de las delincuencias pornográficas y a la más insana de las patologías que después se vierten en las redes sociales o en los grupos guasap. Aunque eso daría para otro debate, no se nos olvide que lo que aquí se pide es un frente común para que, al menos, la chiquillería esté «a salvo» durante las seis hora y media que anda por el instituto. ¿Que es poco? Es más que nada. Y por algo se empieza.

Y como nadie hace nada contra industrias tan poderosas, justo es que seamos nosotros los que protejamos a nuestras familias, de igual modo que lo hacemos frente al tabaco, la bebida, y demás. Tengo muchas horas de patio, debería estar jubilado ya, observo y descubro que el móvil es una alarma que llena las consultas de los psiquiatras y el motivo de discusión más grave en las relaciones interfamiliares, entre compañeros de estudio o entre vecinos y amigos. Por más que se manipulen las estadísticas, la llegada del móvil a los institutos ha desencadenado tal grado de descontrol que no hacerlo responsable primero del ambiente de indisciplina y de gran parte de los problemas que se sufren en nuestros centros, amén de estúpido podría ser entendido como connivencia cobarde.

El móvil está haciendo estragos y no nos percatamos de que sin nosotros solo es un amasijo de cablecillos y electrones. Nosotros tenemos el remedio sin esperar a que los estados adopten medidas. A los lobis que tanta presión ejercen sobre los gobiernos les interesan ciudadanos sumisos, dormidos, enganchados y esclavos de una realidad falsa, tan falsa que hace que un chaval de 14 años o una chica de 15 digan que no pueden vivir sin el móvil: literal. Por el móvil y sus contenidos se llega al acoso, al chantaje, a la cosificación del otro, y no vale escudarse en que es un tema de familia, que lo es, sin duda que lo es; pero eso no puede hacernos renunciar a las responsabilidades que tenemos los demás miembros de las comunidades educativas.

Y como el tiempo ha demostrado que móvil y centros educativos son incompatibles, pues lo mejor será llamar a las cosas por su nombre y declarar a nuestras escuelas e institutos zonas libres de teléfonos móviles, salvo en aquellos casos muy puntuales en que el docente le permita la entrada. Tal vez lopeor  de todo sea que nosotros empezamos a aceptar el caos como algo inevitable. Y es que nos hemos rendido. Hemos abandonado el campo de batalla por pereza, por dejadez, por cobardía.

¿Qué se puede hacer? Comencemos por lo cercano. Las estados de los setenta y ochenta fueron delegando en los Consejos de los centros educativos la responsabilidad de dotarse de normas propias. Los consejos escolares, donde están las asociaciones de madres y padres, deberían abrir un debate sereno pero contundente, mirándose a los ojos, elevándose por encima de la casuística, y reflexionar sobre la necesidad perentoria de declarar los institutos zonas libres de móviles –y tecnologías afines–, lo cual se estamparía en los reglamentos de organización y funcionamiento…

No será fácil, pero es posible. Yo soy docente. Sesenta y muchos años. Desde los 19 dando clases. Desde los 25 como funcionario de carrera. Y como sé lo que me digo,al igual que tantos otros compañeros y compañeras, ruego, pido, suplico, imploro, exijo que la presión de las AMPAs se deje sentir en los Consejos. Ya vale de las medias tintas que nos trajeron hasta aquí. Ahora lo que procede es evitar que los móviles acaben señoreando en los centros educativos. No se dejen engañar con rollitos y buenas palabras: el principal enemigo de la Escuela, de sus hijos, de todos los que somos comunidad educativa es el móvil. ¿Que hay más…? Desde luego. La educación siempre fue el enemigo a batir.

Nadie se cuestiona ahora que no se pueda fumar o dispensar alcohol en los recintos escolares. El insulto, la descalificación, cualquier tipo de agresión, los micromachismos y el machismo son perseguidos de oficio… Si esto fue posible, ¿qué impide acotar el uso excepcional de los móviles en horario escolar? Nada lo impide. No podemos escondernos tras la excusa de que se necesita una norma general, porque esa norma difícilmente llegará. Somos nosotros los que podemos provocar cambios en el ámbito de nuestras responsabilidades. Podemos y debemos.

Para hacernos una idea de lo perdidos que andamos bastará traer a colación que hay centros que permiten que el alumno lleve el móvil al insti, al tiempo que le prohíben el uso, salvo en el recreo. Es un sí pero no…. a edades en que todo está confuso. Así se consigue el efecto contrario. Es como si a una víctima de la heroína –y una droga es el móvil sin control–le dijera el médico: «Mira, eso te va a matar; es malo, muy malo… Échala al bolsillo y ¡no la toques!» ¿Alguien puede pensar o creer que el pobre toxicómano resistirá la tentación? Pues con el móvil pasa igual.

En fin, que por más tedioso que resulte, por más horas de debate que haya que encarar, no queda otra que abrir cauces de reflexión en los consejos escolares para que el móvil desaparezca de pasillos y aulas. Bendita tranquilidad que nos entraría a todos los docentes, a todas las madres sabiendo a sus hijos alejados del monstruo durante seis horas y treinta minutos. En ese tiempo brota una rosa en primavera.

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