domingo, 25 septiembre 2022
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El adiós definitivo

Que levante el dedo en señal de protesta quien no piense que la muerte es el final de todo. Que lo haga también quien no  anhele no envejecer ni contraer enfermedad que nos lleve a ese  otro mundo, para quienes aún pertenecemos en éste, del todo desconocido. No se  pueden eludir, sin embargo, unas realidades de la vida que, se quiera que no, como pensamientos fatídicos nos asaltan mientras estamos en el mundo que nos ha tocado vivir. Todos sin excepción desearíamos regresar a la vida, una vez fallecidos, y encontrarnos con un mundo en el que reinara la paz y la concordia entre los humanos que lo habitaran.    

   Rehuimos la vejez, signo de nuestra decadencia personal, la cual  nos acerca a la partida definitiva de este mundo. Es un deseo unánime, si no expresado verrbalmente, sí sentido en nuestro interior, de reiniciar nuestra vida, ya decadente, en un mundo en donde no existiera el flagelo de la guerra, o el que no hubiese que soportar las enfermedades que  nos abaten y exterminan. Innato es  desear que transcurran nuestra existencia terrenal gozando de una salud inquebrantable y en un mundo en el que no pululen por doquiera, como ahora ocurre, las insidias y el encono de unos con otros, o sea que  reine la paz por doquiera, lejos de  guerras  y malquerencias entre pueblos y países.    

   Quién si se va de este mundo por esa ley implacable que a todos nos sojuzga no quisiera volver pletórico de vida en un lugar de la madre Tierra en la que imperara el sosiego y la paz enquistada. Estamos condenados, que se quiera que no al envejecimiento, o que a una enfermedad nos abata e, indefectiblemente, nos lleve al sepulcro para siempre. Ardua tarea es que debemos acatar los designios de quien rige nuestras vidas y señala el final de nuestro paso por este mundo. No podemos evadirnos de esa Ley divina ed inapelable que nos hace con el paso del tiempo, envejecer, enfermar, y. al final, morir sin apelación posible para que esto no ocurra a todo quique que deambula por este mundo nuestro en cualquiera de sus latitudes.   

   Tendemos, a rebufos de nuestra naturaleza humana,  a vivir lo más placenteramente posible y nos espanta y deprime el espantajo de la muerte, el que sé quiera que no, nos ronda dispuesto a aceptarnos el golpe final que nos envíe al orto mundo.¿ Qué haría usted que lee estas torpes líneas en lo que se refiere a una incógnita que nos rebasa y excede en el sentir como es la de si quisiéramos regresar al mundo de los todavía vivientes? Seguramente respondería encantado de la vida -nunca mejor dicho- que «para luego es tarde», dando por seguro que ipso facto volvería, cuanto más si se nos asegura un mundo diferente del que dejamos atrás cuando el fantasma de la muerte nos cerró los ojos para siempre.  

   Oscar Wilde, que nunca dejó de sorprendernos y alegrarnos con su sátiras de hiriente humor nos dejó un pensamiento propio de sus sentir sobre esta cuestión: » La muerte debe ser tan hermosa.Para yacer en la suave tierra marrón, con las hierbas hondeando sobre la cabeza, y escuchar el silencio. No tener ayer ni mañana. Para olvidar el tiempo, para perder la vida, para estar en paz». Obligado es reconocer este aserto que viene a suavizar el pensamiento de nuestro adiós definitivo.

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