domingo, 25 septiembre 2022
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Inherente al cargo, dicen

Si hay algo que muestra el poder de nuestros concejales, todo el PODER, el poder tal cual es, no es precisamente encabezar las procesiones, deleitarse de gorra con las exquisiteces de nuestros cada vez más afamados restoranes, entrar de válvula a los toros o levantar la mano cual resorte suizo en los plenos de la Casa Grande. No; nada de eso. Tampoco se ambiciona la concejalía por aquella extraña relación que siempre existe entre el socorrido boquete municipal y el pariente ocioso.

Si hay algo verdaderamente GRANDE en el desempeño del cargo de concejal rondeño es la segura disposición de APARCAMIENTO de once de la mañana a dos de la tarde en el mismísimo centro del que tal vez sea el lugar del mundo donde menos metros de estacionamiento libre hay por habitante y metro cuadrado.

Nada causa mayor envidia que ver los coches y motos–dos, tres incluso– señoreándose de las cercanías de la plaza de toros con la impunidad que, a lo que parece, da estar en posesión de un acta de CONCEJAL. Eso es PODER y lo demás son gaitas. Ni el Iván Redondo antes que le sacaran tarjeta roja, y nunca mejor dicho. Ni Biden. Ni el mismísimo Felipe en sus buenos tiempos. Y me río yo de aquella vez que don Alfonso Guerra tomó el Mirage para traspasar la frontera portuguesa. Porque nadie tuvo ni tendrá en sus manos poder más grande que el que supone aparcar frente a la calle de la Bola en un día de lluvias torrenciales o bajo el sol de agosto.

Nadie se deleita más en el ejercicio del poder que algunos de nuestros concejales y concejalas cuando ven pasar los quinarios al personal buscando un hueco donde aparcar, calle Jerez, calle San Carlos, Rilke arriba, Rilke abajo, y vueltas y revueltas, mientras ellos, tan seguros, tan ufanos, tranqui, tranqui y con esa carita de suficiencia que se les pone, colocan el intermitente –si es que lo ponen–, giran a la derecha, toman el empedradillo rústico, encaran el rinconcillo cual miura el burladero y estacionan sus automóviles donde todos sabemos. Vamos, que ni el Papa llega a tanto.

A Palme, por decir algo, lo apiolaron unos canallas mientras hacía manitas con la parienta en la cola de un cine. Olof Palme, además de buena gente, era un pelín raro, todo sea dicho. Tampoco hay que exagerar. ¡A quién se le ocurre hacer cola como un ciudadano más, él que era primer ministro de toda Suecia, cuando podía haber mandado a un recadero a recogerle los tiques! Lo de Olof Palme fue puritito vicio: vicio por la didáctica democrática acompañado de un prurito igualitario del que se sabe con idénticas obligaciones que sus votantes. El vicio de Palme  no llegó todavía a Ronda. Estén tranquilos, pues, estos barandas a los que nos referimos aquí y ahora.

Así que mientras ellos y ellas se valen del cargo para eludir el caos del tráfico de esta nuestra santa ciudad y obvian la sequía pertinaz de aparcamientos libres, por no hablar de los tres o cuatro euros que se ahorran al no estar obligados a servirse de los parking mal llamados públicos, pues eso, que usted y yo tenemos que dejarnos inteligencia y picardía para encontrar el modo de estacionar cinco minutos, no más, al albur de si anda cerca o lejos la grúa.

Este es el PODER de verdad: ni procesiones, ni plenos, ni gaitas, ni tío pásame el río: en el privilegio de aparcar en la justa plaza de toros radica la esencia del mando. De once a dos se hace el milagro. Y el que quiera ver que vea. Qué vida más diferente la suya y la mía, señor presidente, cantaba Quintín Cabrera, poeta de los rojeríos de América; y yo respondo con un ripio que viene al pelo por más malo que sea: Qué vida más desigual la suya y la nuestra, señor concejal. Por favor, no aplaudan.

Al menos, digo yo, podrían guardar las formas y colocar un cartelito con eso tan hispano de «RESERVADO PARA GENTE DE PESO». Aunque no sería lo mismo. Además, eso llamaría a confusión. Hay tantos cargos oficiales, allegados y oficiosos… Lo genuino, lo auténticamente hispano es hacer de la capa un sayo, pasarse las normas por el arco del triunfo, restregarle al vecino por las narices estos «desequilibrios democráticos», inevitables e inseparables del cargo, aparcar donde más pecado hay y demostrar al personal que nada más grande ni más placentero que girar y aparcar: llegar y topar. A la primera. Sin vueltas por la calle San Carlos. Sin mirar al bies la gorra del poli ni temor a la grúa.Ejemplo. Ejemplares. Ejemplarizantes. Actos de ciudadanía. Mejorando Ronda que se dice. Y al Palme que le vayan dando. Ya le dieron.

Ellos y ellas –y no lo escribo así por apego al lenguaje inclusivo–, los usuarios oficiales del improvisado y socorrido estacionamiento, lo justifican con lo apretado de la agenda, lo apurado del tiempo, lo sacrificado del cargo, estoy que no paro, no llego, no llego, no doy abasto, quién me mandaría a mí meterme en política, y otras coartadas por el estilo sacadas de Alicia en el País de la Maravillas, todas, claro está, igual de sesudas y fundadas. Que por lo que se ve el tiempo de nuestros barandas no tiene el mismo valor que el de la señora que va a Correos o el del nota que no tiene más huevos que acercarun papelito a la gestoría.

¿Es que no hay, pregunto, ningún ciudadano atacado por la enfermedad de Palme, uno de esos que nunca faltan, capaz de reclamar la presencia y actuación de la Policía Local y exigir el cumplimiento de las normas vigentes? Del aparcamiento VIP de la plaza de torosos al Dodge del general Queipo de Llano no hay más que dos peldaños. Tal vez tres. No más. Y las reclamaciones al MAESTRO ARMERO. A la maestra en este caso, usted me entiende.

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