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viernes, octubre 2, 2026
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La cabellera del banquero

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De hijos sin vivienda, madres sin pensión y otras indecencias del Estado del bienestar.
si hay algo verdaderamente indecente en este país es que nuestros jóvenes tengan que pagar setecientos euros por una habitación con derecho a cocina: que estudiar fuera de casa se haya convertido en un privilegio: que trabajar no garantice un techo o que cumplir treinta años durmiendo en la cama nido de la infancia y en casa de los padres sea una realidad cada vez más frecuente.
estamos fabricando la primera gran generación de trabajadores a los que el trabajo no les permite vivir por su cuenta: universitarios que necesitan la ayuda de sus padres para alquilar una habitación: una puta habitación, no más: parejas que no pueden dar la entrada de una vivienda de cincuenta metros: jóvenes que tienen que elegir entre estudiar, independizarse o formar una familia.
y todavía tenemos los santos dídimos de preguntarles por qué no tienen hijos: ¿hijos dónde?: ¿en la habitación compartida?: ¿en casa de los suegros?: ¿en el sofá cama de los padres?
lo verdaderamente obsceno es que hemos conseguido convertir una necesidad elemental en una oportunidad de negocio para los más pillos: la vivienda ya no sirve exclusivamente para vivir y preparar el «colchoncito de la vejez»: sirve para especular, invertir en plan Monopoly y obtener rentabilidades que son simple y llanamente pecado de lesa humanidad, pecado mortal en todo caso: y mientras tanto seguimos predicándoles las virtudes del esfuerzo y del ahorro: que estudien: que trabajen: que coticen: que sostengan nuestras futuras pensiones. Y si lo que piden es un lugar donde vivir: sólo vivir, eh: ponemos en marcha el Horizonte de los muy cafeteros y los motejamos de perroflautas fumadores de porros.
lo más irritante es que llevamos años conociendo y esquivando el problema: unos se pasan de frenada: otros continúan arrodillados ante el mercado, convencidos de que cualquier intervención por parte de los gobiernos constituye una herejía económica: y entre unos y otros la casa sigue sin aparecer: ni siquiera en planos: 1958: volvemos a las escenas más cómicas: blanco y negro: El Pisito de José Luis López Vázquez.
construir, movilizar suelo, disponer de vivienda pública, garantizar seguridad jurídica y combatir los abusos exige bastante más que cuatro ocurrencias parlamentarias al calor de una elecciones que están a la vuelta. Y aquí surge una paradoja histórica que debería avergonzarnos: durante el franquismo: vade retro: se promovieron millones de viviendas acogidas a diferentes modalidades de protección: una parte de ellas destinada a las familias de menores ingresos.
naturalmente, no todas fueron viviendas sociales, muchas fueron construidas por iniciativa privada y las grandes familias que controlan España desde los días del Cid se hicieron de oro: o sea que aquellas políticas, llamémoslas así, también estuvieron acompañadas de especulación, enormes desigualdades y graves deficiencias urbanísticas. No estoy reivindicando una dictadura: cruel y sanguinaria, cutre y casposa, cerril como pocas, me apresuro a decir, no sea cosa que algún gilipollas me ponga de fascista: lo que estoy denunciando es nuestra incapacidad para afrontar una emergencia nacional.
porque la pregunta continúa siendo pertinente: ¿cómo es posible que una democracia que dispone de tantos recursos y tantos instrumentos de control económico: la cuarta economía de Europa: no haya conseguido meter en cintura a los fondos hiena ni a los bancos que son cómplices necesarios de este guirigay, ni siquiera desarrollar y conservar un parque de vivienda asequible y suficiente para atender una necesidad tan elemental? Responda primero la señora Botín, luego los March y los oligarcas que se esconden detrás del consejo de administración de la banca vasca y, ya de paso, que nos digan cómo se permite cotizar en el Bolsa a dos fondos que, con la que está cayendo, hacen y deshacen a su antojo con las viviendas en alquiler de este país.
y no me digan que todo es culpa del gobierno de turno: aquí han pasado décadas, administraciones de todo color, mayorías parlamentarias y gobiernos de distinto signo: demasiados responsables para tan pocas responsabilidades asumidas.
y es que hemos cometido un error monumental: confundir el precio de las cosas con su valor y las leyes del mercado con la justicia. Los escolásticos de Salamanca ya discutían estas cuestiones: Juan de Lugo —no sea usted flojo, busque en Google— sostenía que solamente Dios podía conocer el precio justo de las cosas. Pues dejemos a Dios con semejante responsabilidad: porque no hace falta ninguna revelación divina para comprender el disparate que representa exigir setecientos euros por una habitación a un proleta que tuvo la mala suerte de nacer donde nació y no tres barrios más arriba, que es donde se cuecen las habas.
que el mercado establezca un precio no significa que ese precio sea moralmente aceptable: que alguien lo pague no significa que pueda permitírselo: significa muchas veces que no tiene otra alternativa. Y aquí reside la Gran Indecencia: convertir una necesidad humana en una mercancía cuyo precio puede absorber el salario y hasta la salud de quien la necesita. El propietario exige rentabilidad: el banco cobra sus intereses en silencio, sólo faltaría: los negociantes hacen caja a 31 de diciembre: las administraciones intercambian reproches y se dan pellizquitos de ursulina haciendo como que hacen algo: y el joven proleta termina llamando a su padre para pedirle dinero: un algo, papá, un algo, por poco que sea, porfa, te lo devuelvo en verano, lo juro, cuando curre en Marbella. Magnífico negocio: los padres financian los alquileres: los hijos renuncian a independizarse: y quienes obtienen los beneficios nos explican con extraordinaria seriedad que así son las cosas, chico, así funciona el mercado.
por eso me niego a recomendarles resignación y les pido que esta vez no regresen humillados a casa: que no pidan perdón por no poder pagar una vivienda a la que la Santa Constitución del 78 dice que tienen derecho: que no permitan que se convierta en fracaso personal lo que constituye un fracaso colectivo. Que protesten: que se organicen: que exijan explicaciones y responsabilidades: que no abandonen sus reivindicaciones hasta regresar con la cabellera de un banquero entre los dientes. Que renieguen de un dogma económico que pretende convertir cualquier necesidad en negocio.
porque a la gente se le están hinchando los huevos: literalmente: y no porque aspire a vivir gratuitamente del esfuerzo ajeno: sino porque empieza a comprender que puede pasarse toda la vida trabajando sin conseguir aquello que sus padres consideraban una aspiración perfectamente razonable. Y ojo, mucho ojo con semejante situación: una sociedad que exige permanentemente sacrificios a sus jóvenes mientras les impide construir su futuro está alimentando una indignación cuyas consecuencias políticas y sociales no debería subestimar: lo de Sol es una broma comparado con lo que llega… siempre y cuando no se dejen engatusar otra vez por esos listillos que lucen camiseta del Che y esconden debajo el tatuaje del pedigrí familiar. No os fieis: un pijo, un niño bien, llegado el momento de elegir, siempre elige a los de su casta.
pero hay una cuestión todavía más perversa: esa misma familia que hoy está obligada a sostener económicamente a unos hijos que no pueden independizarse fue sostenida durante décadas por unas mujeres cuyo trabajo jamás obtuvo un reconocimiento económico equivalente. Y aquí aparece el otro gran disparate de las pensiones de viudedad.
pongamos el ejemplo de mis propios padres: si mi madre hubiera muerto antes que mi padre, él habría continuado cobrando íntegramente su extraordinaria pensión: pero dispuso el mismo Dios al que rezaba el padre Lugo que muriese primero mi padre y mi madre pasó a depender de una pensión de viudedad considerablemente inferior:
esa igualdad formal esconde una desigualdad histórica extraordinaria: mi padre había podido desarrollar su carrera profesional y acumular cotizaciones desde los veinte años: mi madre había dedicado buena parte de su existencia a sostener nuestra familia: él construía una pensión propia mientras ella realizaba un trabajo imprescindible que no generaba los mismos derechos. Y cuando murió mi padre, la calculadora no recordó ninguno de aquellos años de cocina, haz la cama, quita el polvo, la lavadora Bru que rebosa, ya no queda sitio en el tendedero con tantos pañales y las visitas al dentista o al médico cada vez que alguno de nosotros pillábamos algo que siempre se cebaba con la cara y las orejas: los ingresos disminuyeron brutalmente a la muerte de papá: pero las facturas no se redujeron en la misma proporción: ni la electricidad: ni los impuestos: ni los gastos de aquella casa que mi madre había contribuido a sostener durante toda su vida.
y pregunto: ¿acaso nuestras madres no trabajaron?: ¿no criaron a sus hijos?: ¿no atendieron a los enfermos dándonos vick vaporub a las tres de la mañana?: ¿no cuidaron y limpiaron el culo de sus mayores?: ¿no hicieron posible que sus maridos pudieran trabajar fuera de casa y acumular los derechos de los que luego disfrutaron? Pues claro que trabajaron: trabajaron toda su puñetera vida: pero cometieron el pecado de hacerlo sin nómina y sin cotizaciones. Y eso constituye una de las herencias más crueles del machismo: una desigualdad que no necesita figurar expresamente en la ley. El trabajo del marido producía derechos: el trabajo de la mujer producía bienestar familiar: el primero generaba una pensión propia: el segundo, demasiadas veces, una dependencia económica que se manifestaba cruelmente si llegaba la viudedad.
y aquí es donde se encuentran las dos grandes indecencias de este país: tenemos unos hijos que no pueden marcharse de casa porque su trabajo no les da: y unas madres que, después de haber dedicado su vida entera a sostener la casa, descubren que valen la mitad que un hombre: el 52% para ser exactos. Primero utilizamos a los padres para suplir nuestra incapacidad de proporcionar viviendas asequibles: después abandonamos económicamente a millones de mujeres cuyo trabajo hizo posible que aquella familia existiera.
y todavía tenemos la desfachatez de llamar a todo esto estado de bienestar: de preocuparnos por el collar de sí, bueno, tú ya sabes, de Zapatero: con su pan se lo coma: mientras nuestros jóvenes no tienen dónde vivir: de hablar de igualdad mientras tantas viudas arrastran las secuelas de una vida entera de trabajo invisible: no se trata de enfrentar generaciones sino de comprender que estamos castigando a las dos: los hijos dependen económicamente de unos padres que deberían poder disfrutar de su vejez: las madres pueden depender de unas pensiones que no reconocen suficientemente el trabajo que realizaron durante toda su existencia. Y entre ambas dependencias hemos empotrado la vivienda, los intereses financieros y una formidable colección de explicaciones políticas.
que nadie se extrañe de la indignación: porque hemos construido una sociedad en la que los hijos no pueden pagar la casa que necesitan y muchas madres no pueden mantener la que llevan toda la vida cuidando. A unos les cobramos un futuro que todavía no han vivido: a otras les descontamos un pasado entero. Y mientras los jóvenes continúan sin vivienda y nuestras madres esperan el reconocimiento que merecen, los responsables siguen discutiendo sobre el precio justo de las cosas: como si para reconocer semejante injusticia hiciera falta ser Dios.
lo verdaderamente insoportable no es que desconozcamos el problema: es que lo conocemos perfectamente, llevamos décadas administrándolo y todavía pretendemos que quienes lo sufren continúen teniendo paciencia. Y mientras tanto, cómo no, la banca conserva intacta la cabellera.