Tal vez con la edad lo que sucede es que se nos cae la máscara de la arrogancia y nos volvemos prisioneros de una lágrima fácil, obstinada, una lágrima que llega cuando menos te lo esperas y por más que hagas por ocultársela a quienes peor lo están pasando.
A lo mejor es que uno: con los años: ya no tiene ganas de fingir dureza y se abandona a las sensibilidades más primarias: los ojos humedecidos no son ninguna vergüenza, te repites a ti mismo, y los secas en la manga y te escondes en los recuerdos y te pones a dar ánimos aflorando en público anécdotas y chascarrillos de unos días que ahora, en las circunstancias actuales de Grazalema, se antojan ya tan lejanos que hasta mentira parecen. En cualquier caso, los acontecimientos que viven: padecen: y tan bien disimulan los grazalemeños con una dignidad que va más allá de lo imaginable: dice mucho, y bueno, de una sociedad preñada de futuro, por peor que lo estén atravesando en estos momentos.
Conviene decirlo desde el principio, sin rodeos: ni Grazalema ni nadie merece que le arranquen su vida de golpe, que le desubiquen a sus mayores, que le rompan la rutina de los niños jugando al Toro por las calles, que a todos les metan en el cuerpo esa incertidumbre que se instala como una piedra tan pesada, o más, que las que ruedan: o eso dicen: por las entrañas del acuífero que en tan mala hora se hizo un mar de dudas. Pero ha llegado. Ha sucedido. Solo cabe esperar en mitad de dos caminos: el del desorden y el de la dignidad. Y aquí y ahora se ha elegido el camino de la dignidad fraterna: la paciencia, la serenidad, el verbo compartir y todo con una entereza que impresiona y sin que se note la procesión que cada cual lleva por dentro.
Porque no estamos hablando de una foto tomada a miles de kilómetros ni de un titular de prensa que mañana dejará de serlo anulado por otro más sensacionalista. Estamos hablando de gente evacuada, de familias nomadeando con lo justo, de críos preguntando sin que se les pueda dar una respuesta que no sea una mentira piadosa, también hablamos de mayores que llevan la casa en la mirada y la echan de menos sin decirlo, que solo faltaba quejarse cuando hace ya una semana que nadie se lamenta. Y, aun así, lo que se está viendo es una comunidad que no se rompe, que se organiza más y mejor a medida que pasan los días y la desgracia se normaliza, que se apoya en todos y que sabe aceptar la ayuda mansamente, sin remordimiento: hoy por mí, mañana Dios dirá. No es casualidad, sino carácter. Y eso, en un mundo donde lo que prima es la histeria y el ruido, vale mucho y lo es todo.
Emociona que en un país donde la política nos tiene acostumbrados al grito y a las banderías más cainitas, emociona, digo, ver al alcalde de Grazalema y a la alcaldesa de Ronda, de formaciones políticas distintas, trabajando en el mismo frente, codo con codo, devolviéndonos la confianza en todo aquello que creíamos perdido y que en verdad es lo que nos mantiene en pie y más nos humaniza.
Hay una imagen que lo resume todo. La alcaldesa de Ronda, doña María de la Paz Fernández Lobato, y el alcalde de Grazalema, don Carlos Javier García, portando una tarta con un 94: los 94 años que cumple don José Ramírez, el vecino más anciano de Grazalema. A algunos les parecerá un detalle menor. No lo es. En medio del desalojo, en mitad del susto, en medio de la logística apresurada, en mitad de la desgracia alguien se acuerda de un detalle que nos hace auténticos gigantes de la moral colectiva. Alguien se acuerda y pronuncia el nombre del abuelo más abuelo, lo pone en el centro de todo, lo celebra y, por un momento, parece que no ha llovido y todo se vuelve mucho más estable y llevadero: ese 94 lo hace todo mucho más sólido a nuestro alrededor. Es una forma de decir: aquí no sobra nadie: una forma de pregonar que seguimos siendo comunidad aunque estemos fuera de nuestra plaza de España: un estilo ciudadano que no vende humo, que protege lo frágil, lo verdaderamente importante: las personas: y no renuncia a lo simbólico, que es lo que sostiene a las sociedades cuando todo lo demás se tambalea.
Y conviene detenerse un poco más en esa escena, porque ahí está la clave que nos salva como especie. La «escena de la tarta» no es un acto protocolario. Es un gesto de normalidad en mitad de lo increíble. Porque un desplazamiento, por bien organizado que esté, siempre tiene algo de desarraigo: nos saca del lugar donde cada uno sabe quién es, y de pronto te preguntas en el duermevela mañanero dónde tienes el vaso, dónde dejaste las gafas de cerca, dónde se acomoda ahora el mayor de la familia o dónde es que se oye el reloj de la iglesia en la distancia y el caer suave de unos canalones que hasta ayer, lejos de la locura de este invierno sin tregua, fueron lo que siempre fueron: un dulce murmullo que limpiaba las calles de Grazalema: solo eso.
Pues bien, en ese contexto, aparece una tarta. Algo tan sencillo como una tarta, con un número grande, visible, casi infantil. Y ese número se convierte en una cifra que pesa y nos devuelve la esperanza, porque en los 94 años de José cabe un pueblo entero y su memoria: caben generaciones, nevadas, romerías, duelos, nacimientos, cosechas, toros de cuerda que superaban el repecho de la calle las Piedras sin un lamento, charlas de puerta y sillita de anea, misas, procesiones, dos Vírgenes, una Santa, san Isidro, la recreación colectiva del Tempranillo y la banda en mitad de la feria. En ese 94 caben los nombres que ya no están y también caben los que vienen.
Y ese nombre, don José Ramírez, no es solo un cumpleaños. Es un símbolo involuntario que nos aglutina a todos. En una crisis como esta, el mayor del grupo representa la memoria y la continuidad de todos, ya se dijo. Si se cuida al mayor, se está diciendo al mundo: no vamos a permitir que la desgracia pasajera nos rompa por dentro ni que la tristeza nos venza. Si se le canta, si se le mira, si se le felicita, se está afirmando que la vida sigue con la misma dignidad de siempre. Y si quienes llevan esa tarta son dos munícipes de partidos distintos, el mensaje es doble: el cuidado no entiende de siglas: la autoridad debe proteger lo esencial, y lo hace.
Además, hay algo muy concreto y muy humano en el modo de llevar la tarta. No es un documento ni una declaración, tampoco es un comunicado de urgencia. Es una golosina frágil que se cae si no lo llevas con mimo. Obliga a ir despacio, a coordinar el paso y a mirar dónde pisas. Y esa obligación: casi doméstica: es una metáfora perfecta de lo que están haciendo las instituciones cuando se comportan como lo están haciendo: ir despacio cuando toca, coordinarse en todo momento, no empujar, no pisar al otro, no correr para salir en la foto, sino para llegar a tiempo y cantar el cumple feliz al más anciano del pueblo.
A esa esperanza también contribuye algo que merece atención propia. El polideportivo del Fuerte se ha convertido en la gran plaza de Grazalema. En ese espacio la gente se reconoce, se encuentra en las caras familiares, intercambia información veraz, se da ánimo y se sostiene. Y eso no es retórica. En el poli se recompone la vida de todos en comentarios de lo más trivial. Se baja la tensión, al tiempo que la conversación hace las veces de manta colectiva: este arropa a aquel y aquel otro al de más allá.
Y ahora llega el momento de las gratitudes, dichas como se deben decir: sin cursilería y sin regateos. Gracias al pueblo de Ronda, que ha respondido como responden los pueblos cuando se saben pueblo. Gracias al Ayuntamiento de Ronda, con una mención especial y clara la alcaldesa y a todos sus trabajadores, Policía Local, Protección Civil, Guardia Civil, Policía Nacional, agentes de Medio Ambiente, sanitarios de todos los niveles y trabajadores públicos en su conjunto. Gracias a Cáritas, por su trabajo tan callado. Gracias a Cruz Roja, muy particularmente, por su capacidad de respuesta y la entrega total de sus voluntarios. Gracias a las agrupaciones y hermandades, a las asociaciones de todo tipo, a los que hicieron de payaso para arrancar la risa de los niños, a las empresas de ocio infantil y a todas las entidades sociales que tan bien vertebran esta ciudad.
Gracias al empresariado, a los hoteleros, a los comercios, a la hostelería, a quienes han puesto medios con que atender a tanta gente, y lo mejor, sin preguntar. Gracias a Turismo de Ronda y a los particulares que han aportado recursos y casas, o simplemente han estado donde había que estar. Y gracias, sobre todo, a los voluntarios, que son el nervio moral de cualquier emergencia. Espero no haberme olvidado de nadie. Pero sobre todo no quiero olvidarme de ese hombrecillo anónimo que todas las tardes se pasa por el poli por si hay que echar una mano y que tanto calor da con su sola presencia.
Así que claro y sin vueltas. Esto no era justo. Ni Grazalema ni nadie merecía esta sacudida. Pero ha llegado y hay que afrontarla como se está afrontando: repetimos: con dignidad, mucha paciencia y con la cabeza en su sitio, al tiempo que Ronda está demostrando algo que habrá que recordar cuando pase el susto y se haga historia: que una ciudad es lo que son sus gentes y la decencia de sus instituciones cuando se ponen al servicio de quienes más lo necesitan. Esto pasará. Se volverá al pueblo. Se reconstruirá lo que haga falta. Y cuando todo se calme, quedará una certeza que hoy es un canto a la esperanza: que, cuando vienen mal dadas, todavía hay comunidades capaces de estar a la altura y sostenerse unas a otras sin pedir permiso al ruido de fondo ni al griterío del agua que surge de lo más profundo de los tajos. Todo llega. Todo pasa. Paciencia.
Mientras tanto, gracias por cómo sois… Voy. Echo mi ratito. Vuelvo a casa. Y siempre regreso con la certeza de lo mucho que le debo a unas gentes dignas como pocas.