Habrá un día, y más nos vale que llegue pronto, en que la Serranía de Ronda, la que aparece en los mapas administrativos, pero siempre se queda fuera de los despachos, se contemple a sí misma con la seriedad que merece y se atreva por fin a pronunciar en voz alta una verdad demasiado tiempo rebajada a lamento local, a queja doméstica, a resignación de sobremesa: que sin comunicaciones dignas no hay porvenir posible, que sin carreteras decentes no se fija población al territorio, que sin la posibilidad material de llegar, salir, trabajar, estudiar, comerciar, incluso enfermar y regresar con una mínima normalidad, toda retórica sobre el desarrollo no pasa de ser un ejercicio de cinismo administrativo: porque la realidad, por mucho que se disfrace en notas de prensa, fotografías inaugurales o promesas de campaña, sigue siendo brutalmente simple: carreteras estrechas: trazadas por lagartijas: firmes irregulares, curvas que se encadenan como si la geografía hubiera sido condenada a la eternidad del rodeo, trayectos absurdamente largos y una sensación continua de aislamiento que no pertenece al mundo de las percepciones subjetivas, sino al de la experiencia diaria de miles de personas que viven aquí y que han aprendido a medir el abandono no en conceptos, sino en minutos perdidos, oportunidades frustradas, inversiones que no llegan, negocios que no resisten la competencia, jóvenes que se marchan y mayores que envejecen en un territorio al que todos elogian de palabra mientras lo dejan morir por omisión: nada de esto es casual ni puede seguir presentándose como una fatalidad geográfica, como si las montañas fueran las culpables y los gobiernos simples testigos de la orografía: aquí hay responsables con nombre institucional y con larga continuidad en la negligencia y el abandono: la Administración central y la autonómica, el Estado y la Junta, que durante años han convertido la cuestión de las comunicaciones de la Serranía en una liturgia de anuncios, estudios, proyectos, rectificaciones, plazos aplazados y soluciones parciales que no resuelven casi nada: ahí está, como símbolo ya casi ofensivo de ese modo tan español de prometer sin cumplir, la cacareada autovía de Ronda, invocada una y otra vez como quien enseña un horizonte para evitar que se miren los baches y remiendos del camino, reducida al final a unos pocos kilómetros que avanzan hasta Cerralba, a tramos sueltos, piezas dispersas, zurcidos, añadidos de infraestructura incapaces de remediar el problema de fondo.
Y conviene recordar, precisamente por eso, el papel de la Plataforma en Defensa de la Autovía de Ronda, porque ha persistido cuando tantos preferían callar, porque ha sostenido una reivindicación elemental frente a la costumbre del aplazamiento, porque ha defendido algo tan sencillo y tan decisivo como el derecho de esta tierra a no seguir siendo tratada como una comarca pintoresca a la que se visita para admirar el paisaje: Puente Nuevo, imán de nevera, picnic en la Alameda: pero a la que no se considera digna de las condiciones materiales que hacen posible una vida mínimamente habitable.
Hay que decirlo ya sin eufemismos ni prudencias de funcionario: lo de las comunicaciones de la Serranía de Ronda es una ofensa política, una humillación prolongada, una prueba más de la deuda histórica que el Estado y la Junta mantienen con esta tierra, con sus pueblos y con su gente: pero sería demasiado fácil, y hasta demasiado cómodo, detener la acusación en los gobiernos, como si toda la culpa estuviera exclusivamente en los despachos de Sevilla o de Madrid: también hay que mirar hacia dentro, porque junto al abandono exterior ha crecido entre nosotros una costumbre moralmente devastadora: la apatía, la resignación, el arte sombrío de acostumbrarse a lo intolerable.
Y aquí aparece una responsabilidad particularmente penosa, porque no nace de la ignorancia ni de la impotencia, sino de la cobardía socialmente bienqueda de las llamadas clases ilustradas: me refiero a tantos profesionales, técnicos, responsables públicos, licenciados, diplomados y doctores, personas formadas, empleados de cierta influencia, hermanos mayores y presidentes de casetas, hombres y mujeres que trabajan en la Serranía, viven de ella, comen de y por ella, construyen aquí su prestigio, su estabilidad y hasta su respetabilidad, pero rara vez alzan la voz en su defensa con la firmeza que exigiría la gravedad del problema: saben perfectamente lo que significa esta precariedad viaria, conocen sus consecuencias económicas, educativas, sanitarias y demográficas, pueden describir con precisión el daño que causa, pero optan casi siempre por la discreción, por la prudencia interesada, por no molestar al partido propio o al mandamás de turno, por no incomodar al cargo amigo, por no poner en riesgo una subvención, un nombramiento, una invitación, una palmadita en la espalda o una fotografía vacía de contenido: y así, bajo la apariencia de la sensatez, practican una forma refinada de dejación cívica que termina siendo una complicidad objetiva con el deterioro, cuando no abierta cobardía: la cosa es no señalarse: porque el silencio de quien sabe pesa mucho más que el ruido de quien ignora: cuando quien tiene formación no habla, cuando quien dispone de tribuna calla, cuando quien podría influir se limita a observar con gesto inteligente y manos a lo Poncio, la inercia se convierte en sistema y la injusticia en costumbre: apatía de un pueblo que ya no sabe reclamar justicia.
En demasiados lugares, las clases ilustradas han dejado de ejercer la vieja función crítica que justificaba su autoridad moral y la han sustituido por una neutralidad decorativa, por una especie de escepticismo elegante que consiste en comprenderlo todo y no enfrentarse a nada. Son los mismos que luego se lamentan en privado o en la barra del grastrobar pijoguay de la despoblación, del atraso o de la falta de oportunidades, pero que en público administran silencios como si el silencio fuera una virtud y no una claudicación ante la indiferencia de los poderosos.
Y mientras algunos continúan entretenidos en discusiones menores, en disputas de matiz, en el y tú más, en esa vieja costumbre española de debatir si son galgos o son podencos, la gente hace lo único racional que puede hacerse cuando una tierra se vuelve difícil para casi todo: marcharse o ponerse hasta el culo de trankis y lexatines.
Se va el joven que no quiere hipotecar su tiempo en carreteras indignas, se va el albañil, el pintor, el empresario honesto que necesita seguridades, se va el autónomo que no puede esperar eternamente el tantas veces pregonado nuevo polígono industrial: que no llega porque los camiones no giran en las rotondas de acceso: se va incluso el que querría quedarse, al comprender que el amor a una tierra no basta cuando las instituciones la condenan y sus élites locales la contemplan con una mezcla de tristeza cagapoquito y pasividad política. Aquí se ha rendido todo el mundo, nos hemos rendido todos y no queremos verlo… ni que nos lo digan.
Y al final, pierde el mismo de siempre: el más débil: en este caso la Serranía de Ronda, usada como símbolo, celebrada como paisaje, invocada en discursos sentimentales, pero desatendida en aquello que verdaderamente decide la suerte de los pueblos y sus gentes. Ora pro nobis. Amén.
El presidente Moreno Bonilla ha convocado elecciones para el 17 de mayo, y ese día, antes incluso de que llegue, debe convertirse en la fiesta de las exigencias públicas, concretas, incómodas y perfectamente inteligibles: si quieren el voto de esta tierra, que digan con claridad qué van a hacer, cuándo van a hacerlo y con qué dinero piensan hacerlo: que hablen sin cortinas de humo, sin anuncios huecos, sin maquetas verbales, sin promesas de media infraestructura ni tramos sueltos que sirven para inaugurar titulares, pero no para resolver problemas.
No hacen falta más palabras amables, ni más compromisos blandiblú, ni más visitas de campaña con sonrisa profidén: hacen falta compromisos reales, calendarios verificables y financiación cierta. Porque sin carreteras no hay futuro en estas sierras, y esa verdad, que debió ser obvia hace décadas, tiene que quedar meridianamente clara antes de votar y no después, cuando los escaños ya estén repartidos y la vieja maquinaria del olvido vuelva a ponerse en marcha con su eficacia habitual.
Pasadas las elecciones sólo cabría decir aquello de a conejo ido, palo en la madriguera.
He corregido únicamente los espacios pegados o ausentes. Detecté estos cambios:
- “Madrid:también” → “Madrid: también”
- “grastrobar pijoguayde” → “grastrobar pijoguay de”
- “eternamenteel” → “eternamente el”
- “gentes.Ora” → “gentes. Ora”
- “lafiesta de lasexigencias públicas, concretas, incómodas y perfectamente inteligibles:si” → “la fiesta de las exigencias públicas, concretas, incómodas y perfectamente inteligibles: si”
Que no hayapalabras juntas
Claro. Te lo dejo con las palabras separadas, manteniendo el texto igual:
Habrá un día, y más nos vale que llegue pronto, en que la Serranía de Ronda, la que aparece en los mapas administrativos, pero siempre se queda fuera de los despachos, se contemple a sí misma con la seriedad que merece y se atreva por fin a pronunciar en voz alta una verdad demasiado tiempo rebajada a lamento local, a queja doméstica, a resignación de sobremesa: que sin comunicaciones dignas no hay porvenir posible, que sin carreteras decentes no se fija población al territorio, que sin la posibilidad material de llegar, salir, trabajar, estudiar, comerciar, incluso enfermar y regresar con una mínima normalidad, toda retórica sobre el desarrollo no pasa de ser un ejercicio de cinismo administrativo: porque la realidad, por mucho que se disfrace en notas de prensa, fotografías inaugurales o promesas de campaña, sigue siendo brutalmente simple: carreteras estrechas: trazadas por lagartijas: firmes irregulares, curvas que se encadenan como si la geografía hubiera sido condenada a la eternidad del rodeo, trayectos absurdamente largos y una sensación continua de aislamiento que no pertenece al mundo de las percepciones subjetivas, sino al de la experiencia diaria de miles de personas que viven aquí y que han aprendido a medir el abandono no en conceptos, sino en minutos perdidos, oportunidades frustradas, inversiones que no llegan, negocios que no resisten la competencia, jóvenes que se marchan y mayores que envejecen en un territorio al que todos elogian de palabra mientras lo dejan morir por omisión: nada de esto es casual ni puede seguir presentándose como una fatalidad geográfica, como si las montañas fueran las culpables y los gobiernos simples testigos de la orografía: aquí hay responsables con nombre institucional y con larga continuidad en la negligencia y el abandono: la Administración central y la autonómica, el Estado y la Junta, que durante años han convertido la cuestión de las comunicaciones de la Serranía en una liturgia de anuncios, estudios, proyectos, rectificaciones, plazos aplazados y soluciones parciales que no resuelven casi nada: ahí está, como símbolo ya casi ofensivo de ese modo tan español de prometer sin cumplir, la cacareada autovía de Ronda, invocada una y otra vez como quien enseña un horizonte para evitar que se miren los baches y remiendos del camino, reducida al final a unos pocos kilómetros que avanzan hasta Cerralba, a tramos sueltos, piezas dispersas, zurcidos, añadidos de infraestructura incapaces de remediar el problema de fondo.
Y conviene recordar, precisamente por eso, el papel de la Plataforma en Defensa de la Autovía de Ronda, porque ha persistido cuando tantos preferían callar, porque ha sostenido una reivindicación elemental frente a la costumbre del aplazamiento, porque ha defendido algo tan sencillo y tan decisivo como el derecho de esta tierra a no seguir siendo tratada como una comarca pintoresca a la que se visita para admirar el paisaje: Puente Nuevo, imán de nevera, picnic en la Alameda: pero a la que no se considera digna de las condiciones materiales que hacen posible una vida mínimamente habitable.
Hay que decirlo ya sin eufemismos ni prudencias de funcionario: lo de las comunicaciones de la Serranía de Ronda es una ofensa política, una humillación prolongada, una prueba más de la deuda histórica que el Estado y la Junta mantienen con esta tierra, con sus pueblos y con su gente: pero sería demasiado fácil, y hasta demasiado cómodo, detener la acusación en los gobiernos, como si toda la culpa estuviera exclusivamente en los despachos de Sevilla o de Madrid: también hay que mirar hacia dentro, porque junto al abandono exterior ha crecido entre nosotros una costumbre moralmente devastadora: la apatía, la resignación, el arte sombrío de acostumbrarse a lo intolerable.
Y aquí aparece una responsabilidad particularmente penosa, porque no nace de la ignorancia ni de la impotencia, sino de la cobardía socialmente bienqueda de las llamadas clases ilustradas: me refiero a tantos profesionales, técnicos, responsables públicos, licenciados, diplomados y doctores, personas formadas, empleados de cierta influencia, hermanos mayores y presidentes de casetas, hombres y mujeres que trabajan en la Serranía, viven de ella, comen de y por ella, construyen aquí su prestigio, su estabilidad y hasta su respetabilidad, pero rara vez alzan la voz en su defensa con la firmeza que exigiría la gravedad del problema: saben perfectamente lo que significa esta precariedad viaria, conocen sus consecuencias económicas, educativas, sanitarias y demográficas, pueden describir con precisión el daño que causa, pero optan casi siempre por la discreción, por la prudencia interesada, por no molestar al partido propio o al mandamás de turno, por no incomodar al cargo amigo, por no poner en riesgo una subvención, un nombramiento, una invitación, una palmadita en la espalda o una fotografía vacía de contenido: y así, bajo la apariencia de la sensatez, practican una forma refinada de dejación cívica que termina siendo una complicidad objetiva con el deterioro, cuando no abierta cobardía: la cosa es no señalarse: porque el silencio de quien sabe pesa mucho más que el ruido de quien ignora: cuando quien tiene formación no habla, cuando quien dispone de tribuna calla, cuando quien podría influir se limita a observar con gesto inteligente y manos a lo Poncio, la inercia se convierte en sistema y la injusticia en costumbre: apatía de un pueblo que ya no sabe reclamar justicia.
En demasiados lugares, las clases ilustradas han dejado de ejercer la vieja función crítica que justificaba su autoridad moral y la han sustituido por una neutralidad decorativa, por una especie de escepticismo elegante que consiste en comprenderlo todo y no enfrentarse a nada. Son los mismos que luego se lamentan en privado o en la barra del grastrobar pijoguay de la despoblación, del atraso o de la falta de oportunidades, pero que en público administran silencios como si el silencio fuera una virtud y no una claudicación ante la indiferencia de los poderosos.
Y mientras algunos continúan entretenidos en discusiones menores, en disputas de matiz, en el y tú más, en esa vieja costumbre española de debatir si son galgos o son podencos, la gente hace lo único racional que puede hacerse cuando una tierra se vuelve difícil para casi todo: marcharse o ponerse hasta el culo de trankis y lexatines.
Se va el joven que no quiere hipotecar su tiempo en carreteras indignas, se va el albañil, el pintor, el empresario honesto que necesita seguridades, se va el autónomo que no puede esperar eternamente el tantas veces pregonado nuevo polígono industrial: que no llega porque los camiones no giran en las rotondas de acceso: se va incluso el que querría quedarse, al comprender que el amor a una tierra no basta cuando las instituciones la condenan y sus élites locales la contemplan con una mezcla de tristeza cagapoquito y pasividad política. Aquí se ha rendido todo el mundo, nos hemos rendido todos y no queremos verlo… ni que nos lo digan.
Y al final, pierde el mismo de siempre: el más débil: en este caso la Serranía de Ronda, usada como símbolo, celebrada como paisaje, invocada en discursos sentimentales, pero desatendida en aquello que verdaderamente decide la suerte de los pueblos y sus gentes. Ora pro nobis. Amén.
El presidente Moreno Bonilla ha convocado elecciones para el 17 de mayo, y ese día, antes incluso de que llegue, debe convertirse en la fiesta de las exigencias públicas, concretas, incómodas y perfectamente inteligibles: si quieren el voto de esta tierra, que digan con claridad qué van a hacer, cuándo van a hacerlo y con qué dinero piensan hacerlo: que hablen sin cortinas de humo, sin anuncios huecos, sin maquetas verbales, sin promesas de media infraestructura ni tramos sueltos que sirven para inaugurar titulares, pero no para resolver problemas.
No hacen falta más palabras amables, ni más compromisos blandiblú, ni más visitas de campaña con sonrisa profidén: hacen falta compromisos reales, calendarios verificables y financiación cierta. Porque sin carreteras no hay futuro en estas sierras, y esa verdad, que debió ser obvia hace décadas, tiene que quedar meridianamente clara antes de votar y no después, cuando los escaños ya estén repartidos y la vieja maquinaria del olvido vuelva a ponerse en marcha con su eficacia habitual.
Pasadas las elecciones sólo cabría decir aquello de a conejo ido, palo en la madriguera.