Alfonsín como modelo progresista
Raúl Alfonsín nunca tuvo miedo a la Plaza de Mayo: podría haberlo tenido, porque no era un presidente cualquiera ni vivía un momento fácil en la historia de la Argentina: había llegado al poder en diciembre de 1983, después de la dictadura militar de los Videla, los Galtieri y demás y tantos y tantos y retantos hijos de la gran puta como pasaban las tardes del verano porteño entretenidos a la fresca, dándole a la ruleta rusa en las sienes de los argentinos de izquierda o simplemente opositores de las Juventudes Cristianas: hablo de cuando la democracia argentina no era todavía una costumbre, sino una conquista reciente, frágil como el cráneo de los bebés que quedaban huérfanos después de torturar y asesinar a sus padres lanzándolos bien lastrados al océano desde avionetas Cessna con matrícula de Florida.
A la recién recuperada democracia del doctor Alfonsín la amenazaban demasiados fantasmas, al tiempo que una pléyade de torturados y desaparecidos vigilaba cada noche en torno a la residencia presidencial: por si acaso. La presidencia de Alfonsín significó el regreso del poder civil, la recuperación de las instituciones y el intento de devolver a la palabra democracia una dignidad que la violencia de los milicos le había arrancado: bajo su mandato se impulsó el juicio a las Juntas Militares: con un par: en 1985 fue y con todas las garantías además: y aquel gesto tuvo una dimensión inmensa en todo el mundo.
Quienes habían mandado desde el terror comparecían ante la justicia de un Estado democrático. Creo que fue Galtieri el primero en cagarse las patas abajo, le siguió Videla: qué vergüenza, mi general, a su edad, con lo que usted era: Viola no pudo porque se le cerraron los esfínteres: todos los esfínteres: y el que cerró el oprobio de semejante diarrea militar fue el bárbaro Emilio Eduardo Massera, especializado, especialista, dicen, en sacar el ojo del opositor zurdo con una cucharilla de postre y algo más que perito en dar descargas a las izquierdistas embarazadas accediendo al feto con todo el cablerío bien prieto en la vagina: hasta llegar a la mismísima paz del útero… Estos fueron algunos de los orcos que gobernaron la Argentina: malditos sean ellos y sus órdenes y toda su descendencia ideológica, aunque para mí que la ideología de estos Hannibal Lecter se reducía a un escueto ¡Ar! Con un solo ¡ar! bastaba para que la portezuela de la Cessna se abriera y arrojara otra docena de inocentes a las aguas frías del Atlántico.
Por eso la anécdota que sigue importa tanto. Al poco de llegar al poder, Alfonsín convocó una concentración en defensa de la democracia: mira hacia la Plaza de Mayo desde la Casa Rosada: un asesor le advierte del riesgo que supone reunir a la gente en un espacio tan inmenso: si la plaza no se llena, la imagen de los vacíos será imposible de ocultar o maquillar y el golpe político resultará enorme, eso le dijo el primero de sus consejeros: no sería un fracaso menor, ni una mala fotografía de domingo, repite: sería un revés y una señal de debilidad ante quienes aún dudaban de que el poder civil pudiera sostenerse rodeado de enemigos armados.
Pese a las advertencias, Alfonsín no se escondió y respondió con una frase seca que ha pasado a la historia: «Valcarcito, güevón, y si no se llena la plaza, ¿qué carajo hacemos nosotros gobernando la Argentina? Si el pueblo no acude a nuestro llamado, si el domingo nos da la espalda y se queda en casa o prefiere el Boca, por la concha de tu madre, Valcarcito, ¿qué carajo hacemos en la Casa Rosada?»
Esa frase vale más que todos los discursos: no porque sea brillante: que también: sino porque es limpia al tiempo que mete en apuros al mismísimo Maquiavelo: un demócrata no puede temer al pueblo: puede temer la derrota, naturalmente: puede temer el desgaste, el fracaso o la soledad: pero no puede gobernar como si la consulta popular fuese una amenaza: Alfonsín entendió que la legitimidad democrática no se protege evitando la prueba: se protege arriesgando y constatando el apoyo de la gente.
La naturaleza de la democracia no consiste sólo en alcanzar el Poder: consiste en aceptar que el pueblo pueda retirar la confianza: esa es la parte incómoda de los sistemas democráticos: el gobernante manda por encargo y por un tiempo. Cuando un Gobierno lo olvida y empieza a temer la voz del país, empieza también a comportarse como si el poder le perteneciera.
Lo había escrito ya, a comienzos del siglo XVI, el humanista flamenco Laurentius Van der Meere, contemporáneo de Erasmo de Rotterdam, en su tratado De consilio civium: «Cuando el príncipe duda, debe preguntar a la ciudad; si no pregunta, ya no duda: únicamente manda sobre un rebaño de bueyes que le teme»: la frase conserva una dureza incuestionable: el gobernante, cuando no sabe qué hacer, debe consultar más y no aislarse rodeado de escoltas: porque el pueblo puede equivocarse, pero el gobernante que teme al pueblo ya ha empezado a morir en el error, tal vez sin haberse dado cuenta. Eso es lo que hoy resulta inquietante en España.
No se trata de negar la legalidad de una investidura sin mayoría propia ni de fingir que la Constitución exige elecciones cada vez que sube la tensión política: no es eso: la legalidad existe y debe respetarse: pero la vida democrática no se agota en la legitimidad: hay momentos en que un Gobierno puede seguir siendo legal y legítimo y, sin embargo, transmitir una sensación de debilidad política muy grave: la de permanecer no porque conserve una confianza clara, sino porque teme comprobar que la ha perdido.
España vive un clima áspero como pocas veces antes: hay crispación, desgaste, sospechas, investigaciones ciertamente cuestionables que dan lugar a nuevas averiguaciones no menos inquietantes, tenemos la evidencia de una mayoría parlamentaria difícil de casar salvo que se sustente a golpe de concesión y hay una impresión creciente de bloqueo moral: ante eso, la respuesta no puede ser victimizarse en la penumbra de un búnker: no puede ser un esperar continuado a que pase el tiempo y mucho menos puede ser convertir la legislatura en una operación de resistencia personal en base al culto al líder, sobre todo cuando lo profesan los más júligans de sus consejeros, los mismos que serán los primeros en hundir el puñal en su costado a poco que vean peligrar sus culos: cuando un país está fatigado, la democracia sólo se salva preguntando al pueblo o convocándolo en las plazas y en las calles al modo Alfonsín. Si llenamos, Valcarcito, seguimos; pero si nos dejan solos, mejor nos vamos al ranchito de Rosario y nos dedicamos a los asados y al cultivo de papas.
La cerrazón mental está ahí: en confundir aguantar con gobernar: en creer que resistir equivale a tener razón: en presentar cualquier petición de elecciones como un ataque a la democracia, cuando a veces puede ser justamente lo contrario: una exigencia democrática: hay una forma de resistencia política que parece firmeza y es sólo miedo: miedo a que el pueblo hable y diga que ya se cansó de putos amos: miedo a que el pueblo hable claro y diga lo que el poder no quiere escuchar.
Ese miedo es peligroso. Y lo es porque degrada la confianza: el ciudadano empieza a pensar que vota cuando conviene al gobernante, no cuando conviene al país: es malicioso porque empobrece las instituciones: todo se convierte en táctica, en cálculo y puritita supervivencia: y es repudiable porque alimenta la crispación en un país como el nuestro, que ya estaba crispado en tiempos de Viriato: si se bloquea la salida natural de votar, la presión busca salidas tan poco nobles como que el gobernante tema a la misma democracia que lo llevó al poder.
Alfonsín asumió un riesgo enorme: no era un riesgo teatral: era un riesgo cierto: una Plaza de Mayo semivacía habría sido un golpe para su autoridad y para el incipiente proceso democrático argentino: aun así no retrocedió: comprendió que peor que una plaza sin pueblo era un presidente incapaz de llenarla: peor que perder apoyo era gobernar sin atreverse a mirar a la gente a la cara.
España debería recordar esa escena con seriedad: no para imitarla de forma literal: sino para entender su fondo.
El presidente Raúl Alfonsín no tuvo miedo a no llenar la plaza después de haber desmontado políticamente la tiranía de las juntas militares: aquí, en cambio, se evita la convocatoria electoral por temor a perderla: esa diferencia lo dice casi todo: allí hubo un presidente que aceptó el riesgo inherente a toda democracia: hoy te hace la ola el Ibex 35 y mañana estás plantando garbanzos, papas y calabazas en el ranchito de Rosario: así es la vida: pero aquí, en esta España de Galdós, Valle Inclán y Jarrapellejos, corremos el peligro de acostumbrarnos a una democracia sin riesgo, es decir, a una democracia tan devaluada que la inmensa mayoría de los jóvenes no se reconocen en ella.
Al final, la pregunta de Alfonsín sigue en pie: si no se llena la plaza, ¿qué hacemos gobernando, Valcarcito?: traducida a España, suena todavía más directa: si se teme perder las elecciones, ¿qué se está defendiendo exactamente desde el Poder?: ¿la democracia o el puesto?: ¿el proyecto político o la supervivencia de quienes lo administran? Esa es la cuestión. No admite demasiados adornos. Y el espectáculo no hizo más que comenzar: ya no hay chisteras para tantos conejos…