viernes, 1 julio 2022
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A sangre Fría

Stanley “Tookie” Williams, así se llamaba uno de los todavía más que numerosos ejecutados en los Estados Unidos de América. Fue en diciembre de 2005. Tuvo la mala suerte de cometer su crimen en California. De haberlo cometido doscientos kilómetros más allá ahora seguiría vivo. Entre rejas, pero vivo. Ya sabemos la distancia que hay entre la vida y la muerte sin necesidad de test de antígenos.

Con más de veinticinco años de trena a sus espaldas esperando la llegada de la noche de la saca, custodiado por una pareja de dobermann, vestido obligatoriamente de naranja, maniatado con unos grilletes de acero refulgente, así estaba “Tookie” cuando le comunicaron que se lo iban a cepillar… con todas las de la ley, pero que se lo llevaban por delante. Asesinato legal con veinticinco años de demora. O de retranca.

De modo que había transcurrido ya un cuarto de siglo desde que cometiera sus crímenes, pero eso no importaba. Estaba más que arrepentido y totalmente rehabilitado —al menos eso aseguran todavía hoy quienes lo trataron—, pero tampoco importaba. Había sido propuesto varias veces para el Nobel de la Paz, pero eso en nada influyó para que el gobernador de California, por aquellos entonces Arnold Schwarzenegger, estampase la firma en un papel que le abría las puertas de la morgue después de veinticinco años de espera.

“Tookie” se fue camino de la Nada. Arnold entonó un par de salmos, se hizo unas tablas de pectos y de abdos, colocó las botas sobre el original de los Derechos Humanos, y, en fin, qué quieres que te diga, que Stanley Williams fue legalmente asesinado en la prisión de San Quintín mediante una inyección atiborrada de moléculas y moléculas que sumaban fórmulas farmacéuticas letales de necesidad. Sin perdón. A sangre fría. Después de casi media hora de lenta agonía. Arnold vivo, “Tookie” muerto: eso fue  todo.

Cuentan que una tal Terry Thornton tuvo el “honor” de comunicarle que se lo iban a cargar cuando en España eran las nueve de la mañana, más o menos, de un lunes invernal. Y también cuentan que hubo que posponer el pinchazo al menos tres veces, porque el verdugo, tembloroso y tal vez sabiéndose cómplice de asesinato, no encontraba la vena por la que tenía que introducir el cóctel de mierda que, finalmente, acabó con su vida. Veinticinco años después de ser juzgado y condenado, los Hijos del Diente por Diente se salieron con la suya.

“Tookie” renunció al “privilegio” de la última cena, rechazó el consuelo de los curas, se tendió en la camilla, ofreció sus brazos mansamente y dejó que su vida se esfumara en las penumbras de los sótanos de San Quintín, después de quince minutos de lenta y dolorosa agonía.

Terrible. A sangre fría. La esencia misma de la venganza. Recen, si saben.

No sé qué hizo exactamente Stanley Williams. No debió ser poco. Sin embargo, fuese lo que fuese, aquella partida la ganó el diablo. Es cierto que la venganza anida en el lado más oscuro del hombre: de todos los hombres. Sin embargo, el desquite legal es el más horrendo de los crímenes: repugna a la razón, huele a Auschwitz y a paseo cuartelero, huele a auroras rotas y a tiros en la sien…

No hay más palabras. No recurriré a las zarabandas filosóficas al uso, no echaré mano del Derecho Natural, y mucho menos entraré en argumentos contrarios a la pena de muerte, porque todo eso ya se sabe. Mientras la sed de venganza siga siendo el recurso fácil —y brutal— de una Humanidad incapaz de encontrarse a sí misma en el perdón, seguiremos abocados al degüello general.

¿Carta de Derechos Humanos? ¡Monsergas! “Tookie” muerto y Arnold abriendo en canal el pavo relleno de aquella Navidad, después de dos sesiones de pectorales y abdominales. Nunca sabremos  ya si Stanley Williams cometió los supuestos crímenes por los que fue asesinado (y que él nunca reconoció haber perpetrado); ahora bien, si de algo estamos seguros es de que este crimen con apariencia de legalidad nos lleva a Bucha, Mariupol, Jarkov… Como si tal cosa. Gazprom facilita vendas de gas a los repipis de la UE para que sus ojos no vean los cientos de ajusticiados diarios de Ucrania. Y eso es todo, amigos.

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