Hubo un tiempo en que algunos hombres entendieron que educar era, por encima de cualquier otra consideración, formar personas: Francisco Giner de los Ríos y aquellos institucionistas que defendieron una escuela humanista, libre, abierta a la naturaleza, a la ciencia y al conocimiento de la vida: una escuela en la que el alumno era, antes que cualquier otra cosa, un individuo al que había que enseñar a pensar y no un expediente que cumplimentar.
Y pienso en don Zenón, ejemplo de aquel magisterio humano que no necesitaba envolverse en puñetas ni burocracia para justificar su existencia: maestros para quienes enseñar significaba conocer a sus alumnos, comprender sus dificultades, despertar su curiosidad y acompañarlos en el aprendizaje de la vida: y que no necesitaban convertir cada explicación, cada progreso o cada dificultad en un indicador, una rúbrica o una evidencia documental: porque la verdadera autoridad del maestro no nacía de los (pocos) papeles que cumplimentaba, sino del conocimiento que transmitía, de su dedicación y del respeto que se ganaba entre quienes habían pasado por sus aulas: y probablemente don Zenón no habría sabido qué hacer con buena parte de la verborrea pedagógica de nuestros días, pero sabía algo bastante más importante: sabía ejercer el magisterio sin que la burocracia se interpusiera entre él y sus alumnos.
Hemos llegado al siglo XXI: y después de tantas reformas y tanta pedagogía convertida en discurso administrativo, nos encontramos a años luz, pero a muchos años luz, de aquellos principios que hicieron de la Institución Libre de Enseñanza una experiencia educativa extraordinaria: hemos terminado confundiendo la calidad de la enseñanza con los documentos necesarios para justificarla.
Hoy los datos cuantitativos se imponen a los cualitativos: porcentajes e indicadores que pretenden medir incluso lo que difícilmente cabe en una cifra: y mientras tanto, conocer al alumno, comprender sus circunstancias y ayudarlo a crecer va quedando relegado a una cuestión de mera supervivencia profesional.
La primera y principal víctima de este despropósito es el profesorado: un colectivo extraordinario, porque España cuenta con muy buenos profesores, pero sometidos a la persecución diaria de una maquinaria burocrática tan descomunal como insufrible, que les arrebata el tiempo, la tranquilidad y, lo que es peor, la ilusión de enseñar: documentos para justificar otros documentos, registros que acreditan otros registros y evidencias para demostrar lo evidente: que un 5 nunca será un 7 y que el profesor está en su aula trabajando con sus alumnos y no necesita convertirse en un oficinista para demostrarlo.
No estamos exagerando: la encuesta TALIS de 2024 señala que el 64 % del profesorado español de Secundaria considera el exceso de trabajo administrativo una fuente importante de estrés, porcentaje que en Andalucía alcanza el 74 %: tres de cada cuatro profesores andaluces bajo una presión que debería hacer reflexionar a quienes gobiernan el sistema: porque algo muy profundo se ha deteriorado cuando enseñar provoca semejante estrés administrativo.
Además, conozco a no pocos profesores que, llegados a los sesenta años, deciden jubilarse en cuanto tienen oportunidad: y no porque estén hartos de su profesión ni porque ya no soporten a los niños, como ahora se dice con demasiada ligereza, sino porque sencillamente no pueden más con el peso de una burocracia que ha terminado por hacerles insoportable lo que durante tantos años fue su verdadera vocación: y es una pena, una verdadera pena, porque con ellos se marchan décadas de experiencia y un conocimiento de los alumnos, de las familias y de las aulas que ninguna plataforma puede sustituir: y perdemos todos, pierde el profesorado, pierde el alumnado y pierde la sociedad: porque esa experiencia que se va por el camino se convierte en la pobreza de nuestro sistema educativo.Decir las cosas por su nombre: la mano cerrada se llama puño: el 0 dejó de existir en las notas y para alcanzar un tres basta con llegar, colocar la mochila en el pupitre y esperar a que el tiempo pase.
Hay algo en todo esto que inevitablemente me recuerda a Tiempos modernos, aquella película de Chaplin en la que un obrero termina atrapado entre los engranajes de una maquinaria industrial que no puede detenerse: nuestro profesor se parece cada vez más a aquel pobre Charlot, sometido a una cadena de montaje que lo desborda, solamente que ahora las tuercas y los tornillos han sido sustituidos por rúbricas, indicadores, registros e informes: y lo verdaderamente terrible es que la máquina, en lugar de estar al servicio del trabajador, ha terminado convirtiendo al trabajador en su esclavo.
Y no se trata de negar la necesidad de evaluar, programar o rendir cuentas: se trata de denunciar que los instrumentos han terminado por imponerse a los fines, que el procedimiento ha devorado buena parte de los objetivos y que el profesor alimenta una maquinaria que jamás parece satisfecha: siempre falta un documento, una X en tal casilla, una evidencia, una justificación peregrina pero impuesta: y así, de tanto demostrar que se enseña, cada vez queda menos tiempo para enseñar.
Después nos preguntamos por qué siguen señoreando las pruebas escritas y por qué el trabajo por proyectos, tan recomendado y ensalzado, no está más extendido: nada tengo contra los exámenes, instrumentos perfectamente válidos en su justa medida, pero sí contra un sistema que presume de innovador mientras impone una carga burocrática tan desproporcionada que termina por desalentar a quienes desean innovar: y así hemos llegado al disparate de que el profesor que quiere enseñar de «otra manera» termine claudicando, no por falta de preparación, entusiasmo o vocación, sino para no verse sepultado, devorado entre documentos y formularios: porque la burocracia, que debería estar al servicio de la educación, ha terminado por convertirse en reina y señora de los centros educativos.
Y si Tiempos modernos nos proporciona la imagen de un profesor sometido a los engranajes de una maquinaria que no puede controlar, Matrix nos ofrece otra metáfora igualmente inquietante: la de un sistema donde todo debe estar registrado, clasificado y codificado: el profesor convertido en gestor de evidencias, el alumno reducido a una sucesión de resultados y la educación transformada en un universo de datos donde lo humano queda relegado a un segundo plano.
Lo más lamentable es que toda esta maquinaria se presenta adornada con una interminable verborrea pedagógica que pretende hacernos creer que estamos asistiendo a una revolución educativa: palabros y más palabros, expresiones aparentemente novedosas que confunden a las familias, al alumnado, al profesorado y a la sociedad en su conjunto: porque una cosa es disponer de un lenguaje profesional riguroso y otra esconder detrás de una verborrea incomprensible las contradicciones de un sistema educativo que, a mi juicio, lleva demasiado tiempo en caída libre, exactamente desde que se desmanteló la EGB.
Para comprender hasta dónde hemos llegado no hace falta elaborar otro informe ni encargar una nueva estadística: basta con comparar las palabras que inspiraban a los institucionistas con las que hoy llenan nuestros documentos educativos.
Las de Giner y la Institución Libre de Enseñanza eran estas: libertad de cátedra, humanismo, individuo, pensamiento crítico, educación integral, naturaleza, observación, autodisciplina, experimentación, excursiones, ciencia, arte, cultura, convivencia, tolerancia, diálogo, sensibilidad, autonomía, conocimiento, objetivo operativo, curiosidad, libertad y formación de la persona.
Estas son algunas de las que hoy gobiernan buena parte del lenguaje escolar: competencias clave, competencias específicas, descriptores operativos, perfil de salida, aula de convivencia y parte, criterios de evaluación, saberes básicos, situaciones de aprendizaje, rúbricas, indicadores de logro, instrumentos de evaluación, evidencias de aprendizaje, listas de cotejo, niveles de desempeño, ponderaciones, registros de seguimiento, programación competencial, evaluación criterial, autoevaluación, coevaluación, trazabilidad, plataformas digitales, formularios y memorias de evaluación.
Y no es que todos estos conceptos carezcan de utilidad: es que su acumulación, convertida en exigencia burocrática, termina por ocultar aquello que supuestamente pretende mejorar: porque las palabras también retratan las prioridades de una época, y mientras Giner de los Ríos y los institucionistas hablaban de educar personas libres, nosotros hablamos de descriptores, indicadores y evidencias como si el futuro de la educación dependiera de rellenar correctamente una casilla.
Esa es la verdadera tragedia: hemos convertido al profesor en víctima de una maquinaria que debería estar a su servicio y, por más que pretendamos adornarlo con una verborrea pedagógica ininteligible, seguimos alejándonos de aquel ideal humanista que situaba a la persona en el centro de la educación.
Y para rematar el disparate, resulta que muchos de esos documentos que el profesorado se ve obligado a elaborar, cumplimentar y justificar, a costa de horas y más horas de trabajo en casa, terminan siendo leídos, corregidos y enmendados con ayuda de la inteligencia artificial: y así cerramos el círculo de lo absurdo, con profesores obligados a producir «papeles» para que después una máquina los examine, los corrija y les dé el OK-Houston o les diga lo que deben cambiar: un engendro burocrático alimentado por seres humanos y supervisado por otras máquinas: y mientras tanto, pues mire usted, qué quiere que le diga, los alumnos esperando que alguien tenga tiempo para enseñarles al modo civilizado de don Zenón.
Entre Tiempos modernos y Matrix: entre el hombre atrapado por los engranajes de una máquina devoradora de ilusiones y el individuo sometido a un sistema que lo convierte en un dato, un punto en la nube de los programas de gestión de los sistemas educativos: y en medio, cada vez más lejos, el espíritu de Giner de los Ríos y de la Institución Libre de Enseñanza.
Mal futuro nos espera si continuamos por este camino: porque una sociedad que arrebata a sus profesores la ilusión de enseñar y los embrea con gigas y más gigas de palabros tan vacíos como incomprensibles terminaráen manos de los amos del TikTok. Inexorablemente.
Eso no es progreso: es haber olvidado que hubo un tiempo en que el teorema de Tales convivía con los versos de PoetaenNuevaYork sin necesidad de rúbricas ni indicadores: hubo un tiempo en que cada cosa tenía su nombre y un tonto, por más normativas que dominara, más que engolara la voz o por más gestor o catedrático de vodevil que fuera, pues eso, que seguía siendo un tonto haciendo tonterías y complicando la vida a los que sólo quieren hacer su trabajo como un humilde don Zenón perdido en mitad de la Nada.
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Nota de quien esto escribe: las reiteraciones, las posibles licencias sintácticas, los dos puntos y, especialmente, el continuo encadenamiento de frases mediante la conjunción «y» son intencionados: no responden al desconocimiento de la lengua española, que por mi condición de docente tengo la obligación de conocer y respetar, sino a una manera propia de escribir, de enlazar las ideas y de darles continuidad: y también, por qué no, a la voluntad de reivindicar, en estos tiempos de inteligencia artificial, una voz personal que no tiene por qué someterse a la uniformidad de una corrección mecánica: porque escribir, como educar, también consiste en ejercer la libertad.