(Advertencia apresurada: demasiado extenso, demasiado denso, cansino por demás… Puede prescindir perfectamente de estas líneas en verdad pesadas y pretensiosas. Usted mismo).
Don Tomás Nevado, alma y coordinador del Club de Lectura del Barrio:
Le escribo esta carta, querido don Tomás, con un aviso obligado, para que nadie se llame a engaño ni venga luego a pedirme cuentas como si yo hubiera cambiado de guerra, de caballo o de taberna: esta entrega nada tiene que ver con las hazañas y proezas de los 101 de la Legión, ni con sus marchas, ni con sus bravuras, ni con sus derrotas gloriosas, ni con esos episodios en que los hombres y las mujeres parecen más grandes porque los miramos desde abajo: esto que ahora le cuento pertenece a otra clase de aventura, más silenciosa y quizá más aburrida, porque no trata de héroes que acometen murallas deportivas, sino de lectores que se atreven a entrar en una biblioteca sin salir convertidos en estatuas de sal: y ya sabe usted, don Tomás, que una biblioteca y una sesión del Club puede imponer más que un ejército, porque los ejércitos al menos pasan, mientras que los libros se quedan en perfecta formación, esperando que uno tenga la valentía de abrirlos.
Hace tres años, en agosto, cuando Nueva York parecía levantada no con piedra, sino con las prisas de costumbre, entré con mi amigo Isabelo en la Universidad de Columbia: allí había sido becario Isabelo en sus años de entusiasmo: tiempos aquellos: cuando todavía se creía que una beca abre el mundo y no solo una carpeta administrativa: por entonces era uno de los responsables económicos del consulado de Nueva York y disponía de una abultada y selecta agenda, gracias a la cual me había conseguido una invitación para asistir a la conferencia que impartía el profesor Mathius Vasques Newman, un sabio de esos que no parecen haber nacido de una madre, sino de una bibliografía, y que tienen el aire peligroso de los hombres que han leído demasiado como para detenerse en modas: el aforo estaba completo, no quedaba una silla libre, y en aquel salón se notaba un silencio reverencial que aquí, en nuestros pegujales hispanos, pocas instituciones consiguen, por no decir ninguna: porque entre nosotros el silencio suele interpretarse como aburrimiento, derrota o fallo de megafonía: allí, en cambio, se callaba con una solemnidad antigua, religiosa, como si cada uno supiera que una palabra de más podía colisionar con la inteligencia ajena: estaba presente el abuelo Noam Chomsky, con sus noventa y muchos años, sentado en primera fila, no como quien preside una conferencia, sino como quien ya no necesita presidir nada porque se ha convertido en un tótem: tan temido como respetado: Isabelo me lo señaló con discreción diplomática, sin levantar el dedo, apenas con la barbilla, como si señalar demasiado a Chomsky fuera una falta contra la civilización: yo asentí, y me senté donde pude, con esa humildad repentina que le entra a uno cuando se da cuenta de que ha venido de visita y los demás parecen llevar allí toda la vida.
Presentó el acto Theodor Latin del Asegur, hijo, como se sabe, de emigrados hurdanos, y aquello, escuchado en Columbia, tuvo para mí más interés que cualquier corona de marqués o duque: de pronto, entre los mármoles, las molduras, los apellidos anglosajones, los retratos de mecenas y benefactores y las chaquetas de lana fina de entretiempo neoyorquino, pareció entrar por una rendija el humo pobre de las cocinas antiguas de las Hurdes, la jara, las pizarras, las cabras, los bancales imposibles y aquellas gentes que durante siglos tuvieron que explicar su hambre a quien venía de fuera con libreta y superioridad de estudioso oportunista: Theodor Latin del Asegur tomó el micrófono tradicional y renunció, con gesto deliberado, al sistema moderno de botón carne colocado en la mejilla, ese invento que hace que algunos conferenciantes parezcan domadores de circo o predicadores de plaza: dijo que prefería el micrófono de siempre porque al menos obligaba a recordar que la palabra sale de la boca y no del aparato: hubo una risa leve, culta, una risa con permiso, y después presentó a Mathius Vasques Newman como ensayista, filólogo, crítico de arte especialista en Goya, profesor incómodo y una de las pocas personas capaces de hablar mal de los libros por amor a los libros, que es una cosa que solo pueden hacer los que han leído de verdad, porque los ignorantes odian los libros por no haberlos abierto, pero los sabios los temen por haber encontrado dentro de ellos demasiadas obviedades.
Mathius Vasques Newman ocupó el atril sin prisa, con la lentitud de los hombres que ya no tienen que demostrar que aspiran a nada: se colocó ante el micrófono, lo puso a su altura, miró a la sala, dejó pasar unos segundos y dijo que el libro no había muerto, pero que acaso debería morir: lo dijo así, sin levantar la voz, sin gesto dramático, sin pedir disculpas: el libro no ha muerto, dijo, pero debería morir, o al menos debería morir la superstición de que todo libro actual merece existir por el simple hecho de haber sido escrito: aquello cayó en la sala con la violencia de una piedra arrojada en un estanque demasiado académico: nadie protestó, nadie tosió siquiera, y Chomsky, con esa cabeza suya de anciano vigilante, pareció escuchar no como quien espera estar de acuerdo, sino como quien sabe que incluso el desacuerdo puede ser una forma de cortesía intelectual: Newman continuó afirmando que todo lo importante se escribió antes o durante el siglo XIX, o casi todo, y desde entonces los escritores no han hecho más que repetirse unos a otros con diferente chaqueta, con distinto paisaje, con distinta enfermedad, con otra guerra, con otra madre muerta, con otro barrio pobre, con otra herida de infancia y con otra técnica narrativa que casi siempre consiste en esconder la falta de sustancia debajo de una alfombra más vistosa.
Dijo que de vez en cuando aparecían voces nuevas, maneras distintas de ordenar el mundo, respiraciones inesperadas dentro de la lengua, pero que eran casos puntuales, rarísimos, casi escandalosos por su propia rareza: citó a García Márquez, a Joyce, a Dos Passos, al maestro Chomsky en el territorio del lenguaje, a Virginia Woolf y poco más: habló del verbo intenso de Kadaré, de esa manera suya de levantar imperios derrumbados con frases que parecen piedras traídas de la Atlántida, y mencionó también la imaginación sombría y limpia de Jon Fosse, capaz todavía de hacer que una palabra parezca venir de antes del ruido: pero enseguida puso en solfa a casi todos los demás: a los escritores pretendidamente innovadores, a los ensayistas de salón y a los críticos del arte de los segundones, a los novelistas presos del aparato publicitario, a los poetas de solapa cuidadosamente manchada, a los ensayistas que convierten tres ideas ajenas en cuatrocientas páginas propias, a los fabricantes de novedades que viven de anunciar como revolución lo que ya estaba escrito doscientos, trescientos años antes con mayor fuerza, mayor pobreza y mayor verdad por otros que no necesitaban posar tanto para decir tan poco.
Y aquí, don Tomás, conviene que me detenga un poco, porque usted, que ha sostenido durante años el Club de Lectura del Barrio con más paciencia que presupuesto y más fe que aplausos, sabe de sobra que no todos los que escriben buscan la verdad, ni siquiera la belleza: algunos buscan ese relumbrón pequeño y provinciano que no ilumina nada, pero permite verse reflejado en los cristales del poder: hay ensayistas, o así se llaman ellos mismos con esa gravedad de placa recién atornillada, que lejos de dar rienda suelta a las emociones, a la imaginación o al riesgo de una idea viva, se conforman con agasajar a los poderes fácticos de la aldea: escriben no para abrir una ventana, sino para que les abran una puerta que les permita ser y medrar en medio de una sociedad de medianías: no para pensar contra la comodidad del tiempo, sino para sentarse cerca del brasero donde se reparten favores, invitaciones, prólogos, fotos, copas de vino y palmadas discretas: no buscan el temblor de la frase, sino el oropel social de figurar al lado del alcalde, del banquero local, del cardenal de turno o del marqués con asociación cultural: y así el ensayo, que nació para «viviseccionar» el mundo, termina convertido en tarjeta de visita, en bandeja de canapés, en saludo reverente al cacique ilustrado que se deja llamar mecenas porque la palabra señorito ya no viste tanto.
No hay voces nuevas, dijo el doctor Mathius, o hay poquísimas: hay ecos con beca, hay imitaciones con agente literario, hay novelas que parecen escritas para que el autor salga serio en una fotografía, hay libros que nacen ya viejos porque no proceden de una necesidad interior, sino de una oportunidad editorial: se escribe demasiado, añadió, y se lee muy poco: nunca antes se escribió tanto, muchas veces con el truco limpio o sucio de la inteligencia artificial, y nunca antes se leyó tan poco: hay máquinas que ayudan a redactar, hay programas que ordenan capítulos, hay inteligencias obedientes que pulen frases, resumen emociones, fabrican melancolías, colocan metáforas y entregan al autor una voz que no ha sufrido, que no ha dudado, que no ha esperado de madrugada delante de una frase hasta sentir vergüenza: escribir, dijo Mathius, lo hace cualquiera con un mínimo de técnica, algo de vanidad y una herramienta dócil: leer, en cambio, exige una derrota, porque leer de verdad es aceptar que otro pensó antes que nosotros y acaso mejor que nosotros.
Entonces se levantó, o más bien pidió la palabra desde su asiento, un jesuita de ciento siete años, flaquísimo, casi transparente, con una sotana que parecía haber atravesado más siglos que guardarropas: se trataba del padre Elías Mendiburu, según susurró alguien detrás de mí, y había sido profesor y lector cervantino en media docena de universidades, capellán de hospitales, traductor de latín, defensor del griego, censor de sí mismo y, por lo visto, superviviente de todas las reformas posibles: no habló con voz fuerte, pero sí con una precisión que obligó a inclinarse hacia adelante a toda la sala: dijo que las nuevas herramientas de escritura basadas en la inteligencia artificial habían terminado con cualquier atisbo o futurible de belleza innovada: no porque la máquina fuera demoníaca, aclaró, pues el demonio, añadió con retranca jesuítica, suele tener más estilo que muchos redactores modernos, sino porque la máquina había separado la frase de la penitencia de escribirla: la belleza, dijo, no nace solo de juntar palabras acertadas, sino de haber pagado por ellas con silencio, con fracaso, con lentitud, con una incomodidad moral que ninguna máquina conoce: desde que se puede fabricar una página correcta sin haber merecido una página verdadera, la literatura corre el riesgo de convertirse en una procesión de pisaverdes camino del aplauso del necio.
El padre Elías no atacaba la técnica por viejo, sino por lector: eso se notaba: dijo que ya había visto muchas modernidades entrar por la puerta principal y salir por la tronera de la cocina, muchas revoluciones convertidas en manual IKEA, muchas vanguardias envejecidas antes de que se secara la tinta de sus manifiestos: pero que aquello de la IA era distinto, porque por primera vez no se estaba ayudando al escritor a escribir, sino a simular que había escrito: y la simulación, cuando se vuelve perfecta, no salva la belleza, la sustituye: una novela fabricada con inteligencia artificial podía tener estructura, ritmo, imágenes, tensión, incluso cierto brillo superficial, pero no tendría culpa, ni respiración, ni misterio, ni esa torpeza fecunda que a veces permite reconocer a un ser humano detrás de una línea: las herramientas nuevas, concluyó, no han matado el libro: han matado algo peor y más delicado, la esperanza de que el próximo libro sea necesario.
Mathius escuchó al jesuita con respeto, y Chomsky, o eso me pareció a mí, asintió muy despacio: Isabelo se removió en la silla como quien acaba de escuchar una sentencia que confirma todas sus sospechas: yo pensé que aquel anciano de ciento siete años había dicho en un minuto lo que muchos congresos no consiguen decir en tres jornadas con traducción simultánea: que la inteligencia artificial no era peligrosa porque escribiera mal, sino porque podía escribir razonablemente bien sin haber vivido nada: y entonces la mediocridad encontraba por fin su paraíso, porque ya no necesitaba pasar por la incomodidad del talento: bastaba con pedir, corregir un poco, firmar después y salir a defender la obra como si la obra hubiera salido de una fiebre creativa y no de una trabajada sesión de copia y pega.
Newman retomó la palabra y dijo que entrar en una biblioteca debería producir menos soberbia que vértigo: uno cree que entra en una casa de libros y descubre, si aún conserva algo de pudor, que ha entrado en un firmamento de neuronas puestas en fila, kilómetros siderales de pensamiento encuadernado, generaciones enteras de hombres y mujeres empeñados en decir lo mismo con distinto temblor: allí están los muertos hablando sin levantar la voz, allí están los vivos intentando no parecerse demasiado a los muertos: copiándolos casi siempre: allí están los genios, los imitadores, los falsificadores, los olvidados, los necesarios y los prescindibles, los que abrieron una puerta y los que se limitaron a barnizarla con la grasa del mecenas: y al cabo de unos minutos, si uno no se deja engañar por la nobleza del papel ni por la respetabilidad de los lomos, comprende que buena parte de aquella inmensidad no ha hecho otra cosa que repetirse a sí misma: unas voces copiando a otras, unos dolores heredando el gesto de otros dolores, unas rebeldías con el mismo uniforme de siempre.
Leer es lo importante, insistió: escribir, en cambio, se ha vuelto una enfermedad de época, un sarampión de la vanidad, un modo elegante de pedir sitio: cualquiera escribe hoy un libro con un poco de técnica, una mesa decente y una idea que no moleste demasiado a la moda: cualquiera puede levantar una novela sobre secretos familiares, una guerra heredada, una caja de cartas, un abuelo misterioso, una mujer que calló demasiado, un pueblo con campanas y una culpa enterrada bajo las baldosas: cualquiera puede publicar un ensayo que no ensaya nada, sino que ordena opiniones ya circuladas por periódicos, tertulias, redes sociales y sobremesas con pretensión de pensamiento innovador: cualquiera puede producir un poemario de heridas limpísimas, de esas heridas que no sangran pero quedan muy bien en la contraportada: leer, sin embargo, exige desaparecer un poco: exige aceptar que Dante nos arrastre por su Infierno, que Homero, o como se llamara aquel genio, nos explique todavía la guerra, el regreso del héroe, el orgullo y la ceguera de los celos; que Dumas nos enseñe que una venganza puede tener más arquitectura que muchos ministerios; que Zola nos meta en Germinal hasta oler el carbón y el hambre; que Dostoievski nos baje a un sótano donde cada hombre descubre que no es tan inocente como cree.
Lean más, dijo: sean felices, o al menos intenten una felicidad menos ruidosa: dejen de perseguir novedades como si la novedad fuera una virtud moral: no se dejen arrastrar por los Uclés, los Jurado, los Castillo, los Chadler y las Campbell o los Reverte de turno en España, ni por esos relumbrones que vienen envueltos en campañas donde el libro parece menos importante que la fotografía del autor apoyado en una pared desconchada: busquen literaturas minoritarias, no porque lo minoritario sea bueno por ser minoritario, que esa es otra superstición de salón, sino porque a veces lo vivo se esconde donde no llega todavía el mercado con su linterna de cazador: aprecien la poesía cuando alguna vez les llegue una poesía verdadera, que será pocas veces, porque la poesía de verdad no mejora por multiplicarse, igual que los milagros no se vuelven más milagrosos por celebrarse cada jueves: desconfíen de esas novelas pergeñadas, hilvanadas y perfumadas de principio a fin con ChatGPT, y después presentadas como fruto de una combustión íntima: hay combustiones que no dejan rescoldo porque nacieron de las cenizas: copia y pega: disimulado: en estado puro.
Y qué decir, añadió Mathius, de los comentaristas de obras de arte, de pintura, de escultura, de arquitectura, de esos ministros menores del catálogo, la cartela y la inauguración: repiten, camuflan, esconden, retocan, abrillantan con palabras densísimas lo que hicieron mucho antes los verdaderos, los únicos innovadores: aquellos que una mañana miraron una mano, un caballo, una Virgen, una manzana, una herida, una mujer sentada o un trozo de cielo como nadie lo había mirado antes: después llegaron los intérpretes, y algunos fueron necesarios porque ayudaron a ver, pero muchos otros acabaron sustituyendo la obra por su propio aparato: convierten un cuadro en expediente, una estatua en credencial: no buscan siempre la verdad de la obra, sino un estatus social que les abra las puertas del camerino del cardenal o del marqués de turno: porque siempre hay cardenales y marqueses, aunque hoy algunos lleven americana sin escudo, fundación cultural en vez de palacio y subvención pública en lugar de mayorazgo.
Nada nuevo, nada bello, nada con fuerza verdadera, dijo: demasiada gente alrededor del arte buscando no contemplar mejor, sino entrar más adentro: críticos que ya no juzgan obras, sino posiciones en el escaparate de las vanidades; reseñistas que no leen, sino que colocan frases tan ampulosas como hueras; comisarios de exposición que no iluminan, sino que administran sombras de petimetres aldeanos y pedantes de luces cortas; expertos que convierten la belleza en un formulario, y artistas que empiezan queriendo incendiar el mundo y terminan preocupados por no perder la invitación a la cena: la crítica, cuando deja de ser lectura exigente, se vuelve un erial cultural: coloca a este aquí, desplaza a aquel allí, abre una avenida para la autora emergente, reserva una plaza para el veterano intocable, levanta una rotonda para el poeta delicado y manda al polígono industrial a los que venden demasiado: pero la belleza artística no obedece bien a los semáforos de las modas, ni la imaginación pide licencia de obra al ayuntamiento.
La sala escuchaba entre fascinada e incómoda: porque Mathius no hablaba contra la literatura desde la ignorancia, sino desde la biblioteca, y eso es mucho más peligroso: no venía a quemar libros, sino a pedir que dejáramos de añadir leña mojada al incendio: no proponía la pereza, sino la jerarquía: no decía que nadie escribiera nunca más, sino que antes de escribir convendría leer lo suficiente para avergonzarse un poco: antes de hablar de culpa, lea uno a Dostoievski; antes de hablar de ambición, lea Macbeth; antes de hablar del hambre, lea Germinal; antes de hablar de la aventura, lea El conde de Montecristo; antes de hablar de la memoria, atrévase con Proust aunque sea para fracasar con dignidad; antes de hablar del poder, mire a Shakespeare; antes de hablar de un pueblo, lea a Galdós y a quienes supieron que un pueblo no es una postal con desgracias, sino una comunidad de muertos, vivos, rumores, hambre, campanas, envidias y ternura.
Mi amigo Isabelo aplaudía con pasión, con esa alegría del que ve elevada a conferencia lo que llevaba años mascullando en la barra del bar donde «zombitean» los últimos malditos de Brooklyn: yo callaba: cómo no callar: hay momentos en que la inteligencia consiste en no añadir nada: Chomsky escuchaba con su quietud de secuoya, y el jesuita de ciento siete años permanecía sentado como si hubiera salido un rato de la eternidad para advertirnos de que no confundiéramos la publicación con la creación artística: en cierto instante pensé que aquella sala era una escena imposible: un lingüista casi centenario, un jesuita más que centenario, un profesor demoledor, un hijo de emigrados hurdanos presentando el acto, mi amigo Isabelo aplaudiendo como si se le fuera en ello la contabilidad del consulado, y yo, que había entrado allí por invitación prestada, sintiendo que la biblioteca entera se nos venía encima con sus kilómetros siderales de neuronas alineadas.
Hubo una pregunta desde el fondo sobre si no era injusto negar el futuro de la literatura: Mathius sonrió apenas y respondió que él no negaba el futuro, sino la fabricación industrial del futuro: el futuro verdadero no pide permiso, no viene con campaña de lanzamiento, no se anuncia como tendencia, no llega envuelto en recomendaciones de suplemento: aparece, rompe algo y se queda: García Márquez no pidió audiencia para cambiar el aire de la novela; Joyce no solicitó plaza de innovador; Dos Passos no necesitó que un comité explicara su novedad; Kadaré no escribió para parecer balcánico ante los occidentales, sino porque llevaba dentro una geografía moral que no cabía en otro sitio: lo demás, dijo, suele ser decorado, destreza, mercado, oficio, ruido, y a veces un ruido bastante rentable desde el punto de vista social.
Entonces el padre Elías volvió a intervenir, no para contradecir, sino para apretar más la tuerca: dijo que había conocido escritores malos, mediocres y excelentes, pero que todos, incluso los malos, tenían antes una relación física con el fracaso: tachaban, rompían, copiaban a mano, corregían con rabia, se levantaban de noche para cambiar un adjetivo, sentían vergüenza de una página y orgullo de una línea: ahora, dijo, el peligro no es que se escriba peor, sino que se sufra menos al escribir mal: la inteligencia artificial puede producir un texto sin insomnio, sin conciencia, sin una sola cicatriz: y una literatura sin cicatrices podrá ser entretenida, podrá ser eficaz, podrá venderse, podrá hasta conmover de manera mecánica, pero difícilmente fundará belleza o aportará nada nuevo al mundo.
Mathius aceptó aquella intervención como quien recibe una espada que ya esperaba: lean, repitió, lean y lean y lean: olviden el insano vicio de inflacionar el mundo con un nuevo libro que venderá, en el mejor de los casos, doscientos ejemplares, casi todos adquiridos por amigos, enemigos, familiares resignados y algún despistado que creyó comprar otra cosa: no hace falta un libro más sobre temas ya superados, ni otra novela que descubre la memoria histórica como si nadie hubiera tenido memoria antes, ni otro ensayo que denuncia la sociedad contemporánea con frases recicladas de cinco columnas dominicales, ni otro poemario de sensibilidad administrada: si no tienen nada que añadir, no añadan: si no han leído lo suficiente, lean: si no pueden soportar el silencio, no lo conviertan en literatura de apariencias y purpurinas aldeanas.
Y si no lo ven así, concluyó con una sonrisa mínima, hagan como hizo Chomsky: pásense a Netflix: la sala se rio, esta vez de verdad, con una risa larga, liberadora, casi indecorosa para Columbia: Chomsky sonrió, o eso creí ver, y aquello bastó para que la broma quedara canonizada: pero debajo del chiste seguía la advertencia: quizá no sea más noble escribir un mal libro que ver una buena serie; quizá no sea más espiritual publicar una novela inútil que sentarse humildemente a contemplar una historia bien contada por otros; tal vez el pecado de nuestra época no sea distraerse, sino llamar creación a cualquier distracción que aprendió a vestirse de profundidad.
Salimos de Columbia ya por la tarde, con Nueva York extendida delante como una frase interminable y mal puntuada: Isabelo iba feliz, casi eufórico, como si la conferencia hubiera puesto orden en una irritación antigua: me dijo que aquello había sido memorable, y yo le respondí que sí, aunque lo malo de las cosas memorables es que después obligan a uno a pensar: caminamos un rato sin hablar mucho: yo pensaba en las bibliotecas, en esos kilómetros siderales de neuronas puestas en fila, en la soberbia de añadir una página más a un mundo que ya no sabe qué hacer con tantas páginas, en los escritores que quieren ser escuchados antes de haber aprendido a escuchar, en los críticos que rodean la belleza hasta asfixiarla con explicaciones, en las máquinas que escriben sin haber vivido y en aquel jesuita de ciento siete años que parecía haber venido a recordarnos que una frase correcta no es todavía una frase verdadera.
Desde entonces, don Tomás, cuando entro en una biblioteca, tengo la sensación de que se me viene encima una constelación entera de pensamientos repetidos, corregidos, aumentados, deformados, resucitados, copiados y a veces milagrosamente renovados: no siento solo admiración, también una especie de miedo: porque allí está todo o casi todo, y porque uno comprende que la mayor parte de lo que llamamos innovación no es más que una ignorancia con entusiasmo: no se trata de dejar de escribir para siempre, claro está, ni de clausurar la literatura con un candado de profesor severo: se trata de escribir menos desde la vanidad y más desde la necesidad: de leer antes de publicar, de callar antes de pontificar, de aceptar que una vida entera no basta para agotar lo que otros dejaron escrito con sangre, paciencia, inteligencia o desesperación.
Quizá el libro no deba morir, pero sí debería morir el libro innecesario: el libro nacido para ocupar una mesa, para cerrar un compromiso de amistades endebles, o alimentar una carrera que se queda a medias, para justificar una fotografía, para entrar en una tertulia, para dar una gira, para vender doscientos ejemplares y añadir más ruido al ruido de las vanidades aldeanas: debería morir la superstición de que todo autor es valioso porque escribe y todo texto merece respeto porque tiene páginas: el respeto no se le debe a la página, sino a lo que la página logra despertar dentro del lector: y eso ocurre pocas veces: muy pocas: las suficientes para que la literatura siga siendo necesaria y las justas para que desconfiemos de casi todo lo demás.
Aquella tarde en Columbia, entre Chomsky, Isabelo, Theodor Latin del Asegur, Mathius Vasques Newman y el padre Elías Mendiburu, comprendí que tal vez la consigna más revolucionaria ya no sea escribir, sino leer: leer de verdad, leer despacio, leer sin convertir el libro en adorno ni la cultura en salvoconducto social: leer hasta desprendernos de la vanidad, leer hasta descubrir que muchas de nuestras frases más brillantes ya fueron pensadas por otros con menos aparato y más fuego: leer a los grandes, buscar a los raros, atender a los heterodoxos, desconfiar del relumbrón, no confundir lo último con lo nuevo ni lo famoso con lo grande: porque acaso todo esté escrito, sí, o casi todo: pero lo más grave, lo más cómico y lo más esperanzador es que todavía no lo hemos leído. Nada como disfrutar de los Cuentos completos de Mark Twain en las tardes de mayo que ya anticipan al estío… Y más en Penguin Clásicos.
Por eso le escribo a usted, don Tomás Nevado, que no ha necesitado nunca demasiadas fanfarrias para juntar a unos cuantos lectores alrededor de una mesa, que es quizá una de las formas más decentes de resistencia que nos quedan: porque un club de lectura de barrio puede valer más que muchas academias cuando no pretende trepar, ni figurar, ni agasajar al poder fáctico de la aldea, sino abrir un libro y dejar que los presentes se midan con él: allí, en esa modestia, hay más literatura que en muchas presentaciones con vino blanco, fotografía oficial y palabras infladas: allí no se va a buscar el camerino del cardenal ni la palmada del marqués, sino una frase que nos deje pensando al volver a casa: y eso, querido don Tomás, empieza a ser una rareza, casi una forma de heroísmo sin trompeta: vivir, que se dice.
Reciba, pues, esta carta como una entrega aparte, separada de las hazañas y proezas de los 101, aunque quizá no menos aventurada: porque ellos, los 101, pelearon sus batallas con el cuerpo, con la astucia, con la intemperie o con la honra; pero aquí la batalla es otra: leer contra el ruido, leer contra el relumbrón, leer contra el oropel, leer contra los que escriben para acercarse al poder y no para alejarse de la falsedad, leer contra la comodidad de las máquinas que producen frases sin dolor, leer contra la prisa de un mundo que quiere publicar antes de haber entendido: y si alguna moraleja queda de aquella tarde en Columbia, de Chomsky, de Isabelo, de Mathius Vasques Newman, de Theodor Latin del Asegur y del padre Elías Mendiburu, acaso sea esta, tan sencilla que por eso mismo cuesta aceptarla: antes de escribir otro libro, abramos uno que ya exista; antes de inventar otra voz, escuchemos las que todavía no hemos oído; antes de buscar el aplauso de la aldea, aprendamos a soportar el silencio de una página verdadera. Con una basta. Y volvamos a Troya, a Robinson Crusoe, a los Mann y a los Singer… A Cervantes y al Buscón, a Adorno y a Chesterton.
Así sea, don Tomás, y ánimo para seguir cincuenta años más dándonos libros que leer. Gracias.