38.4 C
Ronda
miércoles, julio 22, 2026
InicioActualidadEspaña necesita jugar como España

España necesita jugar como España

Fecha:

Hay días en los que España parece cansada de sí misma, partida por quienes han convertido la política en una pelea diaria, entretenida en discutir hasta sobre aquello que debería unirnos y obligada a escuchar, desde una punta y desde la otra, a quienes viven mejor cuanto peor nos entendemos: entonces aparece la selección española, salen al campo once jugadores nacidos en lugares distintos, educados en ambientes diferentes, algunos hijos de familias llegadas de otros países, otros procedentes de barrios humildes o de pueblos pequeños, todos con su historia familiar, su acento y su manera de ser, y sucede algo: un milagro que la política lleva demasiado tiempo diciéndonos que no puede suceder:

España se une, la bandera deja de pertenecer a un partido, el himno no necesita ni letra ni excusas y millones de ciudadanos descubren que pueden emocionarse juntos sin preguntarse qué vota el que tienen al lado. Esa emoción no tiene nada de irracional, de fanática ni de excluyente: es la emoción muy racional de comprender que pertenecemos a una comunidad, que tenemos más cosas en común de las que algunos quieren hacernos creer y que ningún pueblo puede avanzar si dedica sus fuerzas a buscar enemigos dentro de su propia casa.

Los extremistas políticos lo saben y por eso desconfían de cuanto nos une: unos utilizan España como si fuera una propiedad privada, reparten certificados de patriotismo y deciden quién merece llevar la bandera; otros parecen molestarse cada vez que la nación se reconoce en sí misma, como si nombrarla fuera una provocación o alegrarse por ella exigiera pedir perdón. Ambos se necesitan: el extremismo de una orilla justifica al de la otra, se alimentan mutuamente, exageran cada diferencia y levantan sus pequeñas industrias del resentimiento sobre una España dividida en dos mitades que ya no conversan, solamente se acusan. O se amenazan. O se insultan.

Frente a ellos, la selección: de blanco o rojo qué más da: ofrece una lección política más seria que muchos discursos parlamentarios: se puede ser distinto sin ser enemigo, defender una posición sin negar la dignidad del contrario y formar parte de un mismo proyecto sin renunciar a la identidad propia. Un equipo no exige que todos los jugadores hagan lo mismo: necesita al que corre, al que piensa, al que regatea, al que defiende, al que se atreve a lanzar a treinta metros, al que guarda la posición y al que aparece justo cuando el partido comienza a torcerse; lo que exige es que ninguno confunda su lucimiento personal con el interés del conjunto.

Ahí se encuentra quizá la gran enfermedad de nuestra política: demasiados dirigentes juegan para su grada, para su partido, para el aplauso inmediato de quienes ya están convencidos, pocas veces juegan para España entera; prefieren conservar un voto mediante el enfrentamiento antes que perderlo por buscar un acuerdo, convierten cualquier pacto en una traición, cualquier rectificación en una debilidad y cualquier discrepancia en una deslealtad. Si un futbolista actuara así, si se negara a pasar el balón al compañero porque procede de otra cantera o piensa de forma diferente, no terminaría el partido:

sin embargo, en la política española llevamos años premiando a quienes más nos dividen, a quienes hablan más alto o reducen los problemas complejos a una frase incendiaria y a quienes han hecho del insulto una manera de ocupar el espacio público. La selección demuestra que otra forma de dirigir es posible, y ahí aparece Luis de la Fuente: sin necesidad de presentarse como un mesías, sin confundir autoridad con soberbia y sin convertir cada decisión en una representación de sí mismo, ha construido un grupo confiando en los jóvenes, ha respetado la experiencia, ha elegido a cada jugador por aquello que puede aportar al conjunto y ha conseguido que el talento individual comprenda que solamente alcanzará su plenitud dentro del equipo.

Eso también es liderazgo político: conocer el país que se gobierna, escoger a los mejores aunque no formen parte del círculo más cercano, dar oportunidades a quienes las merecen, asumir la responsabilidad cuando algo sale mal y dejar que los resultados hablen cuando sale bien. De la Fuente no necesita aparecer por encima de sus jugadores para que sepamos quién dirige: su autoridad se reconoce en el orden del equipo, en la confianza de los futbolistas, en la tranquilidad con la que afrontan los momentos difíciles y en la certeza de que todos conocen la tarea que les corresponde. Cuánto tendría que aprender de ello una clase política en la que tantos dirigentes se rodean de obedientes, apartan al discrepante, confunden la lealtad con el silencio y gastan más tiempo en proteger su puesto que en servir a los ciudadanos:

España no necesita caudillos de nuevo cuño, ni profetas siempre enfadados o a la defensiva, ni patriotas de exclusiva, ni redentores que vengan a salvarnos de la otra mitad de los españoles; necesita dirigentes capaces de organizar el talento colectivo, escuchar al que sabe, corregir el rumbo y comprender que gobernar no consiste en derrotar permanentemente a media nación. Los jugadores de la selección tampoco son héroes porque sean perfectos: lo son, dentro de los límites del deporte, porque aceptan que el escudo de la camiseta está por encima del nombre escrito en la espalda, porque corren para corregir el error del compañero y porque saben que ningún gol pertenece del todo a quien lo marca.

Esa conducta, trasladada a la vida pública, cambiaría muchas cosas: el Gobierno entendería que no gobierna solamente para quienes lo votaron; la oposición recordaría que oponerse no consiste en desear el fracaso del país; las autonomías podrían defender sus intereses sin comportarse como territorios extraños; los partidos dejarían de tratar las instituciones como un botín a repartir y la ciudadanía no tendría que elegir permanentemente entre dos miedos fabricados en las redes sociales. La unidad no obliga a pensar igual: obliga a aceptar que, por encima de nuestras diferencias, existe un terreno común que debemos cuidar entre todos.

España no será menos plural por sentirse unida, como la selección no pierde riqueza porque sus jugadores vistan la misma camiseta: al contrario, la camiseta convierte sus diferencias en fuerza, pone cada cualidad al servicio de un propósito y demuestra que la diversidad funciona cuando existe lealtad hacia el conjunto. Conviene decirlo sin miedo, porque durante demasiado tiempo unos han querido secuestrar la idea de España y otros han preferido abandonarla en sus manos: España no es de la derecha ni de la izquierda, no pertenece al Gobierno ni a la oposición, no cabe en una consigna ni puede reducirse a una bandera agitada contra otro español; España es el espacio compartido en el que debemos convivir quienes pensamos de manera distinta, la casa que recibimos y que tendremos que entregar, algo mejor si somos capaces, a quienes vengan detrás.

Por eso tiene tanta importancia la imagen de millones de personas celebrando el mismo gol: no porque el fútbol vaya a solucionar las listas de espera, el precio de la vivienda, la usura de los bancos, el desempleo al que ahora se tilda de fijo-discontinuo, la despoblación o la inquietud de tantos jóvenes que no ven el momento de emanciparse, sino porque demuestra que todavía existe un Nosotros mayúsculo, que no todo ha sido destruido por la propaganda al más puro estilo Goebbels, que debajo del estrépito de los partidos políticos permanece un país mucho más sensato que algunos de sus representantes.

La selección nos recuerda que España puede funcionar cuando nadie pregunta de dónde viene el pase antes de rematarlo, cuando el que cae sabe que otro acudirá a levantarlo y cuando quien dirige no enfrenta a sus jugadores entre sí para hacerse imprescindible: esa es la España que los extremistas temen, una España serena, orgullosa sin soberbia, plural sin fragmentarse, patriota sin excluir y suficientemente madura para no dejarse arrastrar por quienes necesitan incendiar cada día la convivencia. Podemos conseguir muchas cosas juntos, seguramente más de las que ahora imaginamos:

pero primero tendremos que abandonar las gradas enfrentadas, dejar de celebrar el error del contrario como si no dañara al país entero y comprender que el partido verdadero no se juega entre españoles. Se juega contra la desigualdad, la ignorancia, el abandono de nuestros pueblos, la falta de oportunidades y el cansancio de una sociedad que merece algo mejor que una pelea interminable: para ese partido también tenemos jugadores, talento, experiencia y capacidad de sacrificio; quizá lo que nos falta sea un liderazgo tan feo como calvo y honrado, que, como el de Luis de la Fuente, confíe en España sin apropiársela y sin necesidad de collares infamantes, reúna a los mejores sin preguntar a qué bando pertenecen o dónde nacieron, y nos recuerde, antes de salir al campo, que ninguna victoria será completa si para conseguirla hemos dejado tirado a la mitad del equipo.

Dicho esto: España 1 – Argentina 0.