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miércoles, septiembre 9, 2026
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Fin de feria: el mundo gira

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domingo, último día de feria: la ciudad muere en una dormidera blanquecina de banderolas y farolillos rotos: los bares han echado el cierre y en los veladores se amontonan las sillas, salvo en los más perseverantes en la caja, que se afanan en echar el lazo a ese último artista que pide una Estrella en botella o un pelotazo de ron Pampero: rebujito ya no hay, te lo advierto, sólo faltaba eso:

de la iglesia de los Descalzos sale una pequeña multitud que no quiso perderse la misa de ocho de la tarde: en las puertas principal y lateral dos mendigos piden lo que caiga y se vigilan por el rabillo del ojo: tampoco entre ellos parece haber paz: razones no les faltan: tienen que disputarse las monedas de los que salen con prisa por llegar a la cena: unos minutos antes, dentro, se hablaba de amar al prójimo: ahora el prójimo está en la puerta y una de dos, o se ha vuelto invisible o hay que esquivarlo como si los pobres tuvieran sarna: sarna o algo así: más de uno compone un jeto de asco, que también sirve para pasar de largo sin sentirse obligado a nada:

la calle Virgen de la Paz huele todavía a ese arcaísmo al que seguimos llamando goyesca: parece ser que el sábado triunfaron los tres espadas: los tres, dicen: purititos huevos ellos, en todo caso: también triunfaron los cobistas, los que entran de gañote y ocupan los lugares de preferencia después de arrimarse al culo adecuado: algunos hay, lo juro, que dominan el arte de la adulación cortesana hasta el extremo de no pagar una entrada en años: ya sabe, las invitaciones que circulan por los avisperos del protocolo: convendría saber cuántas, para quiénes y a costa de qué bolsillo: porque si los favores se pagan con dinero del común de los vecinos, tendremos derecho a conocer al beneficiario: una tradición la del cobista como cualquier otra, ya me entiende: sonríen, palmean, se meten en las fotografías ajenas: mañana devolverán la entrada en elogios al que manda en alguno de los mentideros de la ciudad: así funciona una parte de esta respetable vida nuestra: uno reparte y otro se inclina hasta verse el coxis sin necesidad de espejo: una feria laica, sin santos ni vírgenes, y todavía tanta reverencia: más bien parece que seguimos en tiempos de Fernando VII:

ninguna devoción nos obliga al gasto, pero aquí estamos, con Donald Trump y el mundo a cuestas, dispuestos a divertirnos: y acabamos aceptando que divertirse consiste en vaciar los bolsillos hasta donde alcancen y un poco más, si usted me apura: siempre queda la última bala del tarjetazo a crédito o el socorrido anticipo de nómina:

del dinero público que cuesta tanto circo y tan poco pan ya nos dirán, si es que nos dicen algo: de momento habrá que conformarse con el «éxito», con las palabras altisonantes que suenan a pedo en tinaja: ruedas de prensa: «lleno absoluto» del ferial: la satisfacción y las alegrías de quienes gastan lo que recaudan como si no hubiera un mañana: han conseguido que preguntar por las cuentas públicas parezca una falta de cariño a la ciudad: una ordinariez: de modo que se pasa pantalla y nos quedamos sin saber cuánto han costado la fiesta y los copetines y qué estamos dejando sin hacer:

después llegan las cuentas de casa: a vivir, coño, que son dos días, dice el pariente a la parienta, y mañana ya veremos: otra ronda, otra entrada de sombra, que el niño monte otra vez: no vamos a ser menos que Luisi, la del tercero derecha, ahí la tienes, mira cómo gasta en la tómbola: el lunes seremos los mismos, pero con menos dinero: entonces vendrá el escándalo y el por Dios, por Dios, por el precio de las ceras, los rotuladores de colores y los cuadernos de anillas: si hay que pillar algo de fiado, que sea la mochila escolar, vida mía, que sólo se vive una vez: las copas están pagadas: el ataque de vergüenza nos da cuando nos pilla el camarero a punto de un simpa, nunca cuando nos mira el hijo en demanda de una calculadora nueva:

una pareja de coreanas duda ante la prueba de dulce que les ofrece un dependiente de Sabores de España ataviado de castizo: las miro y durante un momento todo parece estar en su sitio: la tarde, la calle, dos mujeres decidiendo si aceptan un pellizco garrapiñado:

pero el mundo sigue y basta abrir el teléfono: el sur del Líbano, el fósforo blanco del ejército de Netanyahu, Bibi para los amigos, sobre zonas habitadas: casas de las que hay que salir corriendo sin tiempo para recoger lo que uno creía que era su vida: la guerra de Putin, los muertos de Ucrania, los hombres que algún día se darán la mano mientras otros seguirán con las suyas debajo de los escombros: y luego está Alemania: AfD ha barrido en Sajonia-Anhalt: sí, créame usted, en tierras de la antigua Alemania Oriental: casi el cuarenta y cuatro por ciento de los votos: allí: en Alemania: después de los trenes cargados de familias, después de los campos de exterminio, después de abrir las fosas y contar lo que quedaba: otra vez hay ciudadanos que meten en una urna su consentimiento para señalar al extranjero como culpable de sus miserias: no todos querrán lo mismo, desde luego: habrá quien diga que votó por hartazgo, por su salario cada vez más menguado, por la vivienda ratonera o, simplemente, por castigar a los de siempre: pero el voto no se queda en la intención del que lo deposita: entrega poder: no lleva una nota al margen donde diga hasta aquí, para esto sí, para aquello no: el que lo recibe lo cuenta entero: ale hop, que suene Tannhäuser: otra vez la grandeza nacional y el vecino bajo sospecha: poder para decidir quién merece quedarse de esta raya para acá, a quién se persigue ahora, qué se enseña a los niños y qué parte del pasado empieza a borrarse hasta que deje de molestar:

eso es lo que se está poniendo en juego: no una bronca de tertulia ni cuatro provocaciones de campaña: lo que se juegan en Sajonia-Anhalt, lo que nos jugamos todos, es la vida del que mañana puede necesitar demostrar que pertenece al país donde trabaja, donde ha nacido o donde están enterrados sus padres: conocemos el procedimiento: primero se acostumbra el oído: después se cambia la ley: cuando llega el golpe ya hay demasiada gente convencida de que el golpe hacía falta: Hitler, Himmler y Goebbels están muertos, aunque no faltan los «milenaristas» que los creen vivos en el Himalaya y por ahí: en todo caso, lo que no ha muerto es la disposición a obedecer si se nos pone delante alguien a quien despreciar: eso siempre da votos: el moro, el judío, el negro, el gitano, el gay, el testigo, los poetas, los deformes y los tartamudos y hasta los que llegaron a los noventa años: cambia el señalado y se conserva el procedimiento: convencer al que vive mal de que su enemigo es otro que vive peor: y al que vive bien, de que ese otro viene a quitárselo: así se fabrica una conformidad que después se presenta como voluntad del pueblo: en medio de la Unión Europea de la señora von der Leyen: entre ciudadanos que se consideran decentes, besan a sus hijos de noche, cumplen sus horarios, sincronizan los relojes de la casa y creen que la crueldad dejará de ser crueldad si consigue suficientes papeletas:

no cabe seguir diciendo que nunca escarmentaremos como quien comenta que volverá a llover: hay responsables: los que propagan el odio, los que lo justifican y los que le abren paso porque piensan sacar algo a cambio: pena de mundo: pena de especie: empieza un nuevo curso, un decir: en Ceuta habrá criaturas que todavía tengan que ganarse el derecho a que las tratemos como criaturas: aquí han cerrado los puestos de la papa rellena y de los buñuelos de chocolate y vainilla: el martillo ha callado:

y entre los que salen de misa aparece esa mujercita octogenaria con su andador: adelanta el hierro, junta los pies, espera: le cuesta cada baldosa: qué busca allí después de ochenta años de vida: habrá pedido cosas que no sucedieron, habrá comprobado que también se muere aquel por quien uno reza: y vuelve: eso es lo que me detiene para contemplarla mejor: que vuelve: quiero pensar que algo conserva de lo que acaba de escuchar: dar de comer, acoger al extraño, no desentenderse del que sufre: cosas sencillas de decir que después hay que cumplir en la calle: no sé nada de su vida y no voy a hacerla santa por verla salir de misa: pero hay en su manera de apartarse para dejar pasar a los demás una consideración que reconozco: le cuesta moverse y aun así procura facilitarles el paso: pienso en la tropa de AfD, en su empeño por echar al otro, por convencer a tanta gente de que podrá vivir mejor si consigue que otro viva peor: ahí tienen su fuerza: en quitarle al desprecio la vergüenza: ella sigue junto a la puerta, deja pasar, espera: ese pequeño cuidado con los demás también cuenta: también sostiene una forma de vivir que estamos dejando perder entre gritos y banderas: no hace falta creer en su Dios para comprenderlo: basta con saber lo que supone que alguien te haga sitio cuando apenas lo tiene para sí: la miro otra vez: ochenta años y todavía ese miramiento: los de AfD quieren un país entero para ellos y no les cabe el vecino: ella todavía tuvo fuerzas para dar cincuenta euros ahorrados de su pensión para los cacharritos de los bisnietos, tan caros esta feria: y se para en seco, saca el monedero de la bolsa del andador, lo abre, extrae dos monedas y pone una en la mano de cada pedidor: arranco la motillo y pienso: pienso mucho, demasiado: mientras haya ancianitas así el mundo tendrá esperanza.