Dedicado va este artículo a José María Bel, que recién superó felizmente un delicado problema de salud. Le deseo una pronta y completa recuperación y le agradezco que fuera el primero en confiar en mi hijo Guillermo, ofreciéndole sus primeras prácticas periodísticas en Ronda Semanal, cuando todavía se editaba en papel, y voz propia en la televisión de Ronda.
Mi agradecimiento es también personal: durante más de treinta años, José María ha seguido confiando en mí, a pesar de mis limitaciones y de los líos en los que no pocas veces lo he metido con mis críticas a los políticos locales. Más de treinta años, que no es poco: una confianza que dice mucho de su calidad humana y de su talla como periodista. Y precisamente por eso he querido comenzar hablando de él: porque tanto aquella oportunidad que ofreció a Guillermo, que no había cumplido los dieciocho, como su disposición a mantener esa confianza conmigo, incluso en circunstancias incómodas, representan una manera de entender la vida y el periodismo local que merecen ser reconocidos.
Porque hay algo que pocas veces se valora suficientemente: la dificultad y el riesgo que supone ejercer el periodismo en una localidad donde casi todo el mundo se conoce. No es lo mismo publicar una información comprometida desde Madrid o Barcelona que hacerlo en una ciudad pequeña, donde al día siguiente puedes encontrarte con la persona de la que has hablado o a la que has criticado.
Y no me refiero solamente a políticos o empresarios: también a familiares, amigos y conocidos. Las consecuencias pueden comenzar después de publicada la noticia: llamadas, presiones, amistades que se pierden, caras vueltas e incluso represalias que alcanzan al propio entorno familiar.
Naturalmente, no pretendo comparar estos riesgos con los de un corresponsal de guerra que informa bajo los bombardeos, se introduce en territorios controlados por la narcoguerrilla, acuerda entrevistas con los narcotraficantes mexicanos o atraviesa la frontera de Somalia para reunirse con un miembro del Estado Islámico. Gracias a esos profesionales conocemos realidades que de otra manera permanecerían ocultas, y no son pocos los que han perdido la vida ejerciendo su trabajo: por miles se cuentan. Pero el periodismo local tiene una dificultad propia: las relaciones de poder, las dependencias económicas y las presiones personales pueden condicionar seriamente la libertad de informar.
Por eso valoro especialmente a quienes trabajan en la prensa local, muchas veces con escasos medios, salarios modestos y una exposición personal poco reconocida. Su independencia resulta fundamental: sin ellos, muchas informaciones nunca llegarían a conocerse o solamente conoceríamos la versión de una parte.
Conviene recordar algo a los jóvenes que desean estudiar Periodismo y sueñan con las grandes cadenas o las corresponsalías internacionales: esta profesión también comienza entrevistando a las damas goyescas de Ronda, cubriendo una reunión vecinal en san Cristóbal, una competición deportiva o una protesta por el estado de una calle. Son asuntos aparentemente menores, pero importantes para quienes los viven, y exigen preparación, responsabilidad y rigor.
Además, el periodista local conoce el terreno que pisa y sabe que sus lectores también lo conocen: una información mal contrastada puede quedar inmediatamente en evidencia. Ese ejercicio cotidiano proporciona una mundología difícil de adquirir de otra manera, lo que podríamos llamar el «regate en corto»: saber preguntar, escuchar, distinguir la verdad del intento de ocultarla y mantener la independencia frente a quienes pretenden condicionar lo que se publica.
Y aquí quiero referirme a mi hijo Guillermo, de cuya trayectoria profesional nunca he escrito públicamente con detalle. Comenzó con apenas dieciocho años, ya digo, realizando prácticas y colaboraciones como freelance, y siempre ha concedido una importancia extraordinaria a aquellos primeros trabajos en la prensa local. Tanto es así que, cuando ha presentado su currículum para solicitar una beca —como la que le ha concedido la Caixa para estudiar dos años de postgrado en la Universidad de Estados Unidos que quiera, a gastos pagos— o acceder a un puesto de trabajo, esa experiencia, la del periodismo local, ha figurado entre las primeras que ha destacado y, según me cuenta, entre las que mayor interés han despertado.
Para comprender aquellos comienzos, basta imaginar una escena: Guille, con menos de dieciocho años, ante uno de sus primeros encargos en Ronda Semanal, saliendo a la calle para preguntar, contrastar lo que le cuentan y regresar con una información que pueda publicarse con garantías. Sin grandes titulares nacionales, pero con una responsabilidad que no es menor: responder de cada palabra escrita. De ahí el respeto inmenso que profesaba a Victoriano Borrego.
Y eso es precisamente lo que sigue valorando de aquella etapa: no tanto las noticias que cubrió como lo que aprendió tratando con las personas, buscando información y resolviendo las dificultades de cada día.
Por eso se equivocan quienes consideran el periodismo local una actividad de segunda categoría. Una cosa es lo que se aprende en las facultades y otra lo que enseña el ejercicio cotidiano de esta profesión.
Conviene recordarlo: no hace falta informar desde una guerra, entrevistar a un expresidente del Gobierno, cubrir el atentado de Trump o descubrir un escándalo internacional para demostrar que se es un buen periodista. A veces basta con informar correctamente de lo que ocurre a unos cientos de metros de nuestra casa, sin favoritismos, sin miedo a las presiones y sin renunciar al rigor.
Y quiero terminar como empecé: hablando de José María Bel, que a lo largo de tantos años ha dado sobradas pruebas de madurez profesional en el ejercicio del periodismo local, tanto en la radio como en la televisión y en la prensa escrita. Una trayectoria que, a mi juicio, ha marcado una época del periodismo rondeño y que tiene un mérito que considero fundamental: haber ejercido siempre desde la libertad, respetando también la de quienes hemos colaborado con él. Puedo hablar por experiencia propia: durante más de treinta años me ha permitido expresar mis opiniones con una libertad extraordinaria, incluso cuando sabía que podían ocasionarle algún disgusto. Y eso, en una ciudad como Ronda, no es poca cosa: es una demostración de independencia, de respeto hacia quienes piensan y escriben por cuenta propia y, sobre todo, de una manera de entender el periodismo que merece ser reconocida.
Además, quien, como José María, sacrificó toda una carrera profesional de relumbrón para estar con la familia y en su «pueblo» es de fiar. Muy de fiar. Ánimo, jefe, que seguimos en la cosa de informar y opinar.
Porque también en eso, en saber defender la libertad de los demás aunque resulte incómoda, se demuestra la verdadera talla de un periodista.