En la gran fuente de inspiración que supone el binomio devoción-expresión artística queda constatada la gran figura de San Cristóbal presente en la colegiata de Santa María.
La ciudad de Ronda en pleno siglo XVI carecía de patrón, y a esta circunstancia achacaron nuestros antepasados las desgracias que se sucedían sin tregua. Por ello, se decidió elegir a un santo protector de entre treinta y seis santos candidatos. Según nuestros historiadores locales, por tres veces consecutivas salió el nombre de San Cristóbal.
Fue a partir de ese momento cuando Ronda empezó a venerar a su patrón mediante manifestaciones artísticas, algunas de las cuales no han llegado a nuestros días. La que sí representa un vestigio acerca de su culto es la pintura de gran formato en la colegiata de Santa María, fechada en 1798.
Su autor, el artista rondeño José Ramos, fue un gran cultivador del género religioso. En este trabajo realizó una composición de enorme fuerza dramática, donde el diseño dinamizado por los volúmenes, las calidades táctiles y los valores atmosféricos la sitúan como una obra maestra. Con estilo grandioso y monumental, la figura del santo presenta un cuerpo escultórico, de modelado deslumbrante, en una postura de avance.
Siguiendo la línea de la tradición, la obra contiene en su composición los mismos elementos que otras representaciones del santo: un poderoso gigante que, en actitud de caminar, vadea un río apoyándose en un nudoso cayado. Lleva sobre su hombro al Niño Jesús, el cual sostiene, a su vez, un orbe. Se trata de una tipología hagiográfica difundida desde la Edad Media por Santiago de la Vorágine y, más tarde, consensuada por otros teóricos del arte. Esta pintura narrativa nos muestra todos los elementos iconográficos que participan, según la leyenda, en su vida.
Una de las más emotivas descripciones nos llega de la mano de Rilke, quien lo comenta en su correspondencia epistolar, estableciendo un paralelismo entre Ronda, sostenida por un gigante de rocas, y el Niño, sostenido por el colosal San Cristóbal. Esta figura le impresiona tanto que llega a removerle su inspiración para componer un poema dedicado al santo.
La pintura mural, de gran formato, se adapta al espacio arquitectónico del arco ojival que la enmarca. El protagonista, San Cristóbal, domina la composición con una postura dinámica, inscrita en las limitaciones espaciales, reflejando el momento en que cruza el río apoyado en un tronco a modo de báculo. Las aguas, claras y transparentes, le cubren parte de las piernas que, al igual que los brazos, muestran en su desnudez una anatomía marcada y musculosa. Todo ello enfatiza la tensión y el esfuerzo físico al que está sometido.
La perspectiva se realza gracias a la profundidad promovida por un paisaje fluvial en la parte izquierda, lugar donde se inserta el ermitaño: una figura enigmática, con túnica, capa y capucha, que porta una luz, integrante del mismo modo de la leyenda de la vida del santo.
En la parte inferior derecha, en un primer plano, el pintor rondeño realizó una roca en la que, a modo de cartela, figuran los datos de su autoría: “J. Ramos, pict. Arunda, 1798”.
Por tanto, la obra sintetiza y repite rasgos y modelos comunes de representaciones similares, tanto en lo que respecta a las grandes dimensiones y a la ubicación dentro del templo, como a la iconografía de corte naturalista.
Es algo que se repite en las representaciones del santo: el hecho de ocupar un considerable espacio en los muros de los lugares sagrados. Desde la época bajomedieval era muy frecuente el culto a santos con dones profilácticos, cada uno con la virtud de sanar un mal específico. Uno de estos santos era San Cristóbal, a quien se le asignó la facultad de evitar la muerte súbita, por lo que se extendió la convicción de que, al rezarle a diario o, al menos, ver su imagen, obraría milagros para librarse de ella.
Esa es la razón del gran tamaño de las representaciones del santo, pensadas para garantizar que los fieles pudieran establecer contacto visual desde los puntos más lejanos del templo en caso de ir con prisa y no poder acercarse. Es, por tanto, la razón por la que podemos encontrar representaciones del santo, en gran formato, en numerosas iglesias y catedrales.
Por tanto, la mezcla de fe, protección y creencias populares se traduce en la presencia de la imagen del santo y sus múltiples representaciones a lo largo de la cristiandad, o en nombrar calles, barrios e iglesias bajo su protección. Sin embargo, a pesar del fervor que ha traspasado los límites del tiempo, San Cristóbal no está reconocido oficialmente en el calendario litúrgico romano. Esto se debió principalmente a que se quiso alejar la superstición, algo que en este santo se prodigaba en exceso. Por ello, al igual que otros santos cuya veracidad es imposible constatar, San Cristóbal se obvió con la reforma que realizó Pablo VI en 1969.
No obstante, el fervor de Ronda a su patrón sigue en auge. Si rastreamos nuestra historia local, descubrimos numerosos documentos que lo atestiguan.
La historia reciente de nuestra ciudad guarda una tradición hoy perdida. Se trataba de la bendición y desfile de coches que recorría la ciudad a golpe de claxon, encabezada por un vehículo que portaba encima la imagen de San Cristóbal. Esta tradición perdura aún en muchos puntos de Hispanoamérica.
Ronda, y concretamente el barrio de San Cristóbal, rinde sus cultos cada año al patrón. El distrito, constituido por una amplia zona de la ciudad, organiza la procesión del santo que parte de su núcleo, la parroquia de San Cristóbal, creada en los años 70 del pasado siglo. En dicho templo se custodia la imagen de San Cristóbal, que procesiona cada año por las calles de la ciudad. Obra en madera de cedro policromada, del escultor sevillano Manuel Madroñal Isorna, fue realizada en 2009. Se trata de una talla sacra, muy detallada y realista, donde destaca la expresividad de su rostro, fruto de un elegantísimo neobarroco.
Por otra parte, en la avenida Ricardo Navarrete, una de las principales del rondeño barrio de San Cristóbal, existe una imagen de piedra caliza del santo, obra del escultor local Francisco Valcárcel Pozo.
Aparte de esto, el pico montañoso que acompaña y protege a la ciudad, al igual que hace el santo protector, se presenta por ser uno de los más destacados y visibles desde toda la cornisa que rodea a la ciudad por su parte occidental. Remitiéndonos a la tradición oral, un indicio de tiempo lluvioso se adivina cuando el pico San Cristóbal se cubre de nubes.
El nombre de San Cristóbal ha estado presente y lo sigue estando igualmente en la ciudad del Tajo con lugares como la posada de San Cristóbal, que funcionaba a principios de siglo, el mercado de abastos o una antigua autoescuela.
En definitiva, la huella de san Cristóbal en nuestra ciudad trasciende el valor puramente religioso para consolidarse en el ámbito patrimonial, histórico y artístico. Nuestro santo ha desafiado los cambios de la liturgia oficial, quedando grabado en la fisonomía urbana y en el imaginario colectivo. Una devoción que nació de la necesidad de protección en el siglo XVI y que hoy pervive convertida en arte, tradición e identidad.
