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viernes, febrero 6, 2026
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Más que un ejemplo

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En Andalucía llevamos días bajo un carrusel de borrascas que no da tregua: y cuando el cuerpo ya iba acostumbrándose a vivir con la ropa húmeda, con el barro en los bajos del coche y con la sensación de que el cielo tiene una llave abierta que nadie sabe cerrar, llegó el tal Leonardo y nos colocó delante la verdad que tantas veces olvidamos: la lluvia nunca es una metáfora: es una fuerza física implacable: y cuando se junta con suelos saturados, cauces llenos y laderas frágiles, la naturaleza deja de ser paisaje y se convierte en examen. En la Serranía de Ronda y en la Sierra de Grazalema el examen ha sido especialmente duro: avisos máximos: carreteras cortadas: desalojos preventivos: viviendas anegadas: desprendimientos donde menos se esperaban: y esa mezcla de temor y cansancio que se mete en las casas incluso cuando el agua no entra: y es así como un ruido desconocido y atávico que llega desde lo más profundo de la tierra acaba desencadenando la incertidumbre del “a ver si aguanta, a ver si aguanta”. La leyenda, los mitos y los cuentos de galerías subterráneas infinitas acabaron haciéndose dogma.

Y, sin embargo, hay algo que conviene decir con calma, sin triunfalismos y sin propaganda: porque con la borrasca Leonardo se ha demostrado que la coordinación institucional no es un eslogan: es un dique: y no hablo de un dique de hormigón armado, sino de un dique hecho de decisiones oportunas, de comunicaciones claras, de servicios activados a tiempo, de mandos que se hablan sin recelos, que huyen del protagonismo y se entienden, de gente que sabe qué hacer y dónde estar cuando el agua aprieta. Cuando se escucha, con la garganta encogida, que un cúmulo de catástrofes pudo haber sido una tragedia, no se está haciendo literatura: se está describiendo una realidad que siempre estuvo a nuestros pies sin que pudiéramos verla: la diferencia entre el susto y el duelo suele depender de minutos: y los minutos, en emergencias, sólo los da una buena organización.

Y en esa organización: hay que decirlo con todas las letras: el buen funcionamiento y el nivel de coordinación tan alto de la Junta de Andalucía en el despliegue de medios y en la toma de decisiones han sido decisivos. No es una frase de cortesía: es la constatación del buen hacer que hemos vivido en directo. Cuando la Junta coordina de verdad, cuando pone en marcha el engranaje completo, cuando articula recursos, protocolos y comunicación veraz, lo que podía desbordarse se contiene: el caos se ordena: y lo que podía convertirse en tragedia se queda, con todo el daño y el dolor, en una ruinadura, desde luego y ni que decir tiene, pero siempre reparable. Ese nivel de coordinación, sostenido y serio, es lo que ha permitido que tantos avisos, tantos cortes, tantos desalojos y tantas incidencias no se transformen en algo irreversible.

Estas sierras de Andalucía no son una página en blanco en materia de temporales: aquí sabemos de avenidas: de arroyos que se enfurecen: de vientos que tumbaron árboles antes de que existieran las redes sociales: pero lo de estos días ha sido indescriptible, extraordinario por acumulación y persistencia: la lluvia no cayó: insistió: y esa insistencia es la que rompe muros, revienta plazas y carreteras, echa abajo los taludes más sólidos y vuelve inútil cualquier discusión de barra de bar sobre si llueve “demasiado” o “demasiado poco”. Aquí lo único sensato era medir, prevenir y actuar: y eso es lo que se ha hecho y lo que se ha visto.

En ese mapa de la emergencia, Grazalema aparece no solo como un punto rojo de precipitaciones sin fin: aparece como un ejemplo cívico. Grazalema tiene fama, sí, de ser un lugar donde la lluvia se toma en serio su oficio: no es un chiste turístico, es una condición de vida a la que los grazalemeños tan bien supieron adaptarse a lo largo de los siglos. Pero ni la costumbre vacuna contra lo extremo, ni el prestigio pluviométrico evita que el subsuelo colapse, que los caños revienten, que las zonas bajas se vuelvan vulnerables y que el agua busque salida por donde sea, incluso por el interior de las casas y hasta por los mismísimos enchufes. Lo ha dicho su alcalde con claridad, sin maquillaje y sin dramatismo: cuando la tierra ya no soporta más agua, la prioridad municipal deja de ser la estética y pasa a ser la seguridad de los vecinos.

Y aquí entra lo que de verdad importa: el buen funcionamiento de las instituciones. El 112 coordinando incidencias y recursos: los avisos y las recomendaciones insistiendo en evitar desplazamientos innecesarios: los servicios de conservación de carreteras cortando donde había que cortar: los bomberos achicando pese a saber que todo achique era en vano, revisando, entrando donde otros no entran: la Guardia Civil y la Policía Local sosteniendo ese orden discreto que impide el caos: y, cuando ha tocado, la Unidad Militar de Emergencias actuando allí donde la emergencia se vuelve de escala mayor. No son siglas: son personas: son horas interminables: son botas mojadas: son manos heladas: son decisiones bajo presión. Y todo eso, que rara vez se valora cuando la normalidad reina, es lo que evita que la suma de daños se convierta en una lista de tragedias personales.

En Grazalema, además, ha habido un punto especialmente delicado que conviene citar porque ilustra bien lo que significa coordinar sin alimentar el pánico: la situación de la presa del Fresnillo y los bulos circulando por las redes. En momentos así, el rumor es otra borrasca más peligrosa aún que Leonardo: se mete por las rendijas de los móviles y puede desordenar un pueblo más rápido que el agua: y es ahí donde se agradece la comunicación directa, repetida y sobria: explicar qué ocurre: qué se está monitorizando: qué medidas preventivas se toman: por qué se desaloja una zona: qué recursos están sobre el terreno. Cuando la información llega a tiempo, como ha llegado, la gente obedece: y cuando la gente comprende, el riesgo baja.

Por eso es justo detenerse un instante en la figura de don Carlos Javier García, alcalde de Grazalema. No porque haya que hacer un panegírico a su humildad más que acreditada, sino porque su actuación nos devuelve algo que estábamos perdiendo por desgaste y por hastío: el buen nombre de la política cuando la política se vuelve únicamente servicio. Se le ha visto al frente de “su” gente: explicando: calmando: pidiendo prudencia sin soberbia: agradeciendo ayudas sin exhibicionismo: sosteniendo el timón cuando lo fácil hubiera sido venirse abajo o esconderse tras un comunicado de prensa. En un tiempo donde el cargo público se confunde a menudo con un actor de teatro, reconforta comprobar que todavía existe el oficio de alcalde al más puro estilo Calderón: ese oficio antiguo que consiste en estar donde toca, decir lo que se sabe, callar lo que no se sabe, silenciar el TikTok y ponerse a trabajar a pie de obra o con los pies en agua, en este caso. Lo que digo del alcalde lo hago extensivo a toda la Corporación.

Pero sería injusto quedarse solo en don Carloss, como si un pueblo se sostuviera a fuerza de una sola voz. El ejemplo de Grazalema ha sido también la suma de los ejemplos de sus vecinos: la solidaridad práctica y silenciosa: la puerta que se abre para acoger: el colchón que aparece sin que nadie lo pidiera: el cubo que se presta: la mano que ayuda a sacar barro sin preguntar a quién vota el compañero de escoba: el mensaje que pregunta si falta algo: la cadena de favores que no sale en los informativos porque está ocupada trabajando. Hay una forma de civismo que no necesita pancarta: se demuestra en el barro. Y cuando esa solidaridad se encuentra con instituciones que coordinan, la comunidad se entrega y se vuelve resistente a la catástrofe: no invulnerable, pero sí incansable: que es lo máximo a lo que puede aspirar una sociedad decente frente a un fenómeno extremo.

También conviene subrayar un matiz que parece pequeño y es enorme: la obediencia inteligente. En demasiadas ocasiones hemos confundido la libertad con la terquedad y la prudencia con la cobardía. Aquí se ha visto lo contrario: cuando la autoridad da órdenes precisas y razonables, y cuando esas órdenes se sostienen con información clara y con presencia real de los que mandan sobre el terreno, la gente cumple: y ese cumplimiento no es sumisión: es responsabilidad compartida. Se evacua cuando se debe evacuar: se evita un camino cuando se debe evitar: se espera cuando se debe esperar. Y esa disciplina civil, tan poco celebrada, salva más, mucho más de lo que creemos.

Todo esto revaloriza una palabra que en días normales se dice con desgana pero que en días críticos se vuelve decisiva: coordinación. Coordinación entre distintos niveles: ayuntamientos: diputaciones: Junta de Andalucía: cuerpos de seguridad: servicios de emergencia: técnicos: operarios: sanitarios cuando toca: y también la ciencia, el marco meteorológico que deviene en los avisos que permiten anticipar lo peor y actuar antes de que llegue lo irreversible. Nadie pide perfección: pero sí se agradece el esfuerzo serio cuando el viento no deja dormir y el agua no permite descansar.

Y, desde luego, no se trata de negar los daños: ahí están los carriles rotos en la Serranía: las cunetas desbordadas que levantan el asfalto como si fuera arcilla: los muros de las casas que vencieron: los campos castigados como nunca: las viviendas con el agua dentro: la economía local, ya de por sí delicada, enfrentándose a un golpe más. Quien ha visto abrirse un bancal centenario en segundos sabe que no es solo tierra: es tiempo, trabajo de generaciones, memoria familiar. Por eso el mensaje de esperanza no puede ser sólo una frase bonita: tiene que ser la demanda de un plan de reparación y ayudas que propicie la consolidación urgente de las infraestructuras una vez revisadas y reforzadas, y la limpieza de cauces donde proceda y el mantenimiento serio de calles y viales, las ayudas, la prevención para el próximo episodio, que llegará: porque esto no ha terminado con un titular de quince segundos: los suelos siguen saturados, la tierra se muestra amenazadora y el invierno aún tiene calendario por delante.

Pero precisamente por eso, en mitad de un temporal, conviene fijar la mirada en lo que sí ha funcionado: no para dormirse ni ponerse exquisito, sino para aprender. Hay una manera infantil de criticar que consiste en convertir todo en ruina y la ruina en culpa: y hay una manera adulta de evaluar que consiste en distinguir: señalar lo que falló sin destruir lo que nos sostuvo en la dignidad de ciudadanos: exigir mejoras sin dinamitar la confianza pública en las instituciones de gobierno. Si cada aviso de emergencias se recibe como exageración, el día que se hace verdad nos coge desarmados.

En Andalucía, y en concreto en la Sierra de Grazalema y la Serranía de Ronda, hemos asistido estos días a una lección tan incómoda como valiosa: que el mundo no se deja domesticar: y que, aun así, la vida en común puede sostenerse con decoro cuando la comunidad y las instituciones se toman en serio. Se han evitado escenarios que se anticipaban mucho peores, sí: y esa evitación no es casualidad: es trabajo coordinado del pueblo con sus gobernantes. Por eso el título no es un capricho: es una afirmación: ejemplo, ejemplo, ejemplo: Grazalema: ejemplo de un pueblo que no se rinde: ejemplo de unos servicios públicos que responden: ejemplo de un alcalde que no se esconde en las gracietas del Instagram: ejemplo de una arquitectura institucional que, cuando se activa y habla a las claras, convierte el temor en prudencia y la catástrofe en algo perfectamente reparable.

Cuando pase la crecida, quedará el barro: quedarán facturas: quedarán trámites: quedará un cansancio largo: pero quedará también, si sabemos conservarla, la memoria colectiva de lo verdaderamente importante: haber comprobado que la esperanza no es una emoción vaga, sino una forma de organización moral: estar unidos: coordinarse: obedecer lo razonable: trabajar sin ruido: reconstruir sin dramatismo. En tiempos donde parece que todo se deshace, emociona decir algo simple y verdadero: todavía hay pueblos y todavía hay instituciones que, cuando toca, sostienen el suelo para que no se nos hunda del todo. Grazalema se ha convertido en el espejo donde todos deberíamos mirarnos cuando la naturaleza se pone brava.

Y después, tan pronto toque reparar y volver a levantar lo dañado, convendrá hacer un llamamiento sereno y grave: Andalucía estuvo a la altura, pero muy probablemente necesite la ayuda de España. Esperemos que España esté a la altura que Andalucía demanda: porque Andalucía siempre fue solidaria con todos: y cuando una tierra que siempre tendió la mano necesita apoyo, lo justo es que el país entero responda con la misma claridad: sin regateos: sin teatros: con coordinación y sobre todo con hechos. Y, a ser posible, sin TikTok.

Ánimo, paisanos, ya mismo llega la Virgen del Carmen…