viernes, 1 diciembre 2023
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Yo, mí, me, para mí y conmigo

A una buena parte de los que se sientan en el pleno del ayuntamiento ­—y lo que digo también vale para los que no consiguieron representación municipal—, lo único que podría hacerles rodar de la cama, y darse con el bacín en la frente, sería que los resultados cosechados cuando pongan el careto propio en el cartel electoral quedasen por debajo de los resultados en términos nacionales. O sea, el manido conflicto entre ego y partido: persona y siglas.

Porque aquí hace mucho que se pasó de ideologías —en beneficio del chou-chou de la Sexta— y las ideas acabaron superadas por el culto al personalismo, ya sabes: algo de féisbuk, dos rayas de instagrames y tres chupitos de tuiter.

Hasta tal punto, diré al fin, que algunos entienden los partidos: sus partidos: como trampolines de promoción individual antes que instrumentos de transformación de las sociedades. De momento, el qué hay de lo mío va ganando por cuerpo y medio al qué hacemos con lo público, sin que ocurra nada medianamente inteligente como para aumentar la felicidad de los que nos rodean. Y así nos va.

Si un cabecilla local queda por debajo de «su partido» en las generales, solo sea un milímetro demoscópico, se interpretará como un síntoma de debilidad y sí, no lo dudes: no tardarán en surgir de la sombra aquellos que, agazapados en la matemática política, esperaban el momento de sacar la faca cachicuerna y largarles a la cara: «Chaval, no debiste cruzar el Mississippi.» Con V de Vendetta.

O lo que es lo mismo: «¿Qué te hice Yo para no ir en lista?». El problema de las democracias es que dejan demasiados heridos, mancos y tuertos por el camino, cuando se confecciona la lista que finalmente se pone al cabo de la calle. El karma de los imbéciles, ya sabes: aquí en la puerta espero a que pase tu cadáver. Lo cual nos hace suponer que un sistema democrático sólo —¡ay, querida tilde, cómo te hice de menos!— alcanzará el nirvana y la perfección cuando haya tantos candidatos como electores, lo cual, al paso que vamos, no tardará en llegar.

Así somos. Así fuimos. Así serán nuestros hijos, si no lo remedia un milagro. Los hispanos, en tanto que herederos de aquel conde don Julián que entregó las llaves de Hispania a las morismas de Muza, somos más individualistas aún que los tuaregs de Tombuctú, Kidal y Gao, que ya es decir, y siempre sabemos darnos maña para acabar de campeones a la hora de interpretar lo general en función de cómo nos afecta en a nosotros en términos familiares.

Ejecutivas y direcciones locales ya andan a la que salta, pendientes de la encuesta a pie de esquina de la SER o la COPE o de los trackings que le pasan a don Federico Jiménez Losantos: ocho en punto: ansiando “ver” los oráculos con ojos nada imparciales, y siempre en función de lo mucho o poco que trastoquenla propia posición interna en el partido.

Si las siglas quedan por encima de las personas, se interpretará como agotamiento del candidato, y por el contrario, si la marca queda por debajo del cartel municipal, se sentirán legitimados para seguir al frente del cotarro. Yo, yo y solo yo, sin más proyecto que la supervivencia.

Aquí hace mucho que se juega a la boutade más abyecta, al eructo más pútrido, a la bestialidad más bárbara y más alejada del sentido común. ¿Que no? Pon la tele y «zapinea» un poco. Se percibe un descrédito general de la democracia y sus valores, pero aún más cuando interpretamos como una prueba de fortaleza del candidato local que el partido que le arropa quede en las elecciones generales por debajo de la lista de las municipales. Debería ser justo al revés. Si quien va de líder —o lideresa— no consigue que su partido alcance unos resultados dignos en una convocatoria nacional, bien podría entenderse como un síntoma inequívoco de la debilidad de todo un equipo que fue incapaz de trasladar a la ciudadanía su proyecto y los mensajes de su partido.

Y como parece ser que en política ya no caben ni cincuentones ni peliscanos, mucho menos dolientes de infarto o artríticos por edad, y que ya todo es juventud impostada y redes sociales y piercings en las orejas, finalizo con un aviso a los llamados partidos “emergentes” y pletóricos de juventud, esos que se imaginan un país sin sindicatos, sin maestros estables ni pensiones públicas que no se complementen con un plan privado, esos que se cuestionan, cuando no niegan el terrorismo machista y hasta la misma Constitución del 78… Esos que creen que la democracia es suya —y solo suya— como el Santo Grial lo fuera de los Caballeros del Temple, a esos, ya sabes, a esos les digo que si con los discursos que se gastan y la velocidad con que se expresan aún quieren alancear al bueno de Suárez después de muerto es que no se han enterado de nada. IU, PP y PSOE hicieron cosas horribles: del GAL a la Gürtel pasando por las tarjetas Black de Caja Madrid: pero olvidan que fue gracias a líderes del nivel intelectual de Felipe, Tierno, Roca, Anguita y Fraga por los que los hispanos llevamos varios decenios sin destriparnos los unos a los otros.

Así que ojo, que mientras algunos andabais con el babi de párvulos, otros estábamos en busca y captura por allanar el camino a una democracia que los más jóvenes os creéis llovida del cielo, cuando lo cierto es que se ganó en las calles, en las comisarías y cuartelillos, en los centros de trabajo, en las sacristías donde la ciclostil no paraba, en aquellas asociaciones de vecinos perseguidas desde los gobiernos civiles franquistas… Y sí, claro que sí, que me llamen fascista, si a bien lo tienen, pero va por usted, don Ramón, por usted y los que alumbraron la España actual de libertades reales. Va por usted, doctor Tamames aunque llegase a hombros de VOX.

De modo que los que nos sentimos mucho más viejos de lo que en realidad somos, y más agotados que viejos, no esperamos maldito sea el agradecimiento, ni reconocimientos del tipo bienqueda: nada de cantos a la vanidad. Respeto. Un poco de respeto es cuanto os pedimos los que ya frisamos el último tercio de vida.

Los más jóvenes —por tal os tenéis— habéis venido para cambiarlo todo sin tener claro con qué llenar el vacío, sin reparar ni respetar los cimientos de la civilización, sin haber leído ni el Germinal de Zola ni Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas (padre, dicho sea de paso); comportándoos no pocas veces cual bárbaros Atilas: habéis llegado para derribar por el solo placer de derribar y sin tener claro qué hacer con los escombros o dónde meternos a los que estamos a tres pasos de que nos llaméis ancianos… Y pudiera ser que, una vez ganadas las elecciones, ya instalados, hubiera que recordaros aquello, recuerda:«De molinero cambiarás, de ladrón no.»

Que después de las elecciones municipales del 28 de mayo ya nada será lo mismo no lo niega ni Mariano el Trotacalles. O sí…Las próximas elecciones en Ronda van a ser de lo más divertido. Física cuántica va a hacer falta para conformar mayorías de gobierno. Será como otro volver a empezar: inflación de siglas: todo huele a que uno o dos concejales pueden acabar marcando la diferencia entre presidir la procesión del Corpus o verse relegado a la parte de atrás, ya sabes, donde, desnudos y cariacontecidos, los perdedores acaban confundidos con esa chusma que murmura oraciones en procura de lluvia. Ir delante o detrás, a eso lo reducís todo. Que llueva es lo de menos.

Otro día hablaremos de victimistas a lo bestia… y demás sociópatas del panorama político local. Hoy ya me fatigué bastante recordando que la juventud no es en sí misma garantía de nada y que alcaldes y concejales no son más que el reflejo de la sociedad que los encumbra… o hunde. ¿Cuántos setentones o nonagenarios van en lista pese a tener cabezas mucho mejor amuebladas que buena parte de estos membrillos y membrillas que creen que la revolución es algo parecido a poner el pin de la Agenda 2030 en la solapa?

Yo, yo, yo… Y venga féisbuk, y más tuiter y la madre que nos parió a todos y a todos con idéntico pelaje.

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