Como no tenía nada mejor que hacer, se me ocurrió montarme una Goyesca a lo Berlanga, y salvas sean las distancias. A lo que vamos. Y no critiquen la mezcolanza de tiempos verbales, porque todo tiene un porqué y tampoco es cosa de reventar el verano.
Hay ideas imposibles que no se pueden permitir porque son, precisamente, demasiado lógicas. Convertir el Puente Nuevo en plaza de toros provisional mientras se ultiman las obras en la Maestranza puede parecer una herejía arquitectónica, pero también lo fue construirlo, y ahí lo tiene usted: más de dos siglos, cien metros a plomo, y como el primer día. Nadie en su sano juicio levanta un precipicio por encima de un abismo para que luego pasee una tropa de asiáticos que no hay modo de saber si son de Corea, de Japón o de la mismísima China. Asiáticos, algunos de ellos, muy mal educados. Y sin embargo se hizo. Lo hizo Martín de Aldehuela, que no era urbanista sino taumaturgo. Así que, puestos a no estar cuerdos, este año, con el aplauso de las autoridades, las bendiciones de la Fundación Moctezuma y la anuencia de todos los fantasmas locales del siglo XX, se celebrará por fin la Goyesca en el Puente.
Pero no sobre el puente, sino alrededor del puente. Que no es lo mismo.
La idea surgió una noche, como todas las ideas admirables, durante una digestión lenta que necesitó de sal de frutas y dos cápsulas de flatoril. Fue en casa de la vicealcaldesa accidental segunda, doña Prudencia Pocacosa, una señora entradita en carnes que colecciona sellos de ciudades que no existen y escapularios de san Judas, y que una vez se tragó sin querer una miniatura de la Virgen de la Dulce Espera. Alrededor del anís y las tortas de chicharrones, alguien —quizás un vocal de la Comisión de Asuntos Innecesarios— propuso:
—¿A que no hay huevos de celebrar la Goyesca en el Puente? En el Guinness entraríamos.
Hubo un silencio breve, como de catedral gótica, seguido de una carcajada nerviosa que degeneró en una lluvia de argumentos.
—No cabrán los caballos —dijo uno.
—Los toros resbalarían en los adoquines —dijo otro.
—Ya verán ustedes cómo lo impide Patrimonio —apuntó un tercero.
Y entonces, como en los relatos de Chesterton, se alzó una voz suave:
—¿Y si las gradas —el tendido, vaya— no tocasen el suelo ni la estructura del Puente?
Esa voz era de doña Encarnación Moctezuma, vizcondesa del Mezcalito y descendiente directa (por línea de humo) del emperador azteca. Patrocina desde Suiza cualquier cosa que lleve su apellido: desde un hospital de muñecos en Cuenca hasta una coral de gaiteros en Eritrea. Esta vez se había encaprichado con Ronda. Había venido por amor al duende y se había quedado una larga temporada por ver de bajar el colesterol entre cuesta y cuesta. Su Fundación pondría parte del dinero. Faltaría más. Mucho más.
—Lo colgamos todo de globos aerostáticos —dijo.
—¿Las gradas? ¿El tendido?
—Sí, como en la Exposición de París del 92. La de 1892, quiero decir. Y los globos los anclamos en el fondo del Tajo. Y desde los globos mantenemos una red de tendidos y gradas flotantes: nueve círculos a razón de 166 localidades por círculo.
—¿Y por qué 166 justamente?
—Porque suman 13.
Y así, lo que empezó como disparate, tomó forma de proyecto. Y nada más peligroso que un rondeño con un proyecto, ya se sabe.
El puente quedaría como coso donde correr y torear a los bichos: sería estrechillo pero con el suficiente largo como para hacer una faena de aliño. Los toriles se acomodarían en la Plaza de España, junto al busto de don Antonio de los Ríos Rosas. Los burladeros en las balconadas. Y las gradas colgantes se dispondrían a lo largo del abismo, por ambas caras del puente, sujetas por una flotilla de globos aerostáticos que las mantendrían en levitación permanente, según planos rescatados de la biblioteca de un general napoleónico que ha pasado a la historia como el pirómano que reventó el Castillo del Laurel, aunque vaya usted a saber, que en estas cosas de las épicas no se sabe qué hay de cierto y qué es leyenda. En lugar preminente, el Reloj meteorológico —ese artefacto absurdo y encantador que nadie recuerda ya quién lo instaló en la esquina de Santo Domingo— cobijará a la Presidencia del Festejo, y justo debajo, a derecha e izquierda, se sentarán, alternativamente, Donald Trump y Vladímir Putin, que han confirmado su asistencia: cada cual con un abanico goyesco que les ha regalado un anticuario de la calle Armiñán. Detalle éste muy de agradecer. Todo sea dicho. En previsión de alguna escaramuza estarán separados por dos parejas de picoletos con tricornio de charol, capa de paño lorquiana y mostacho tipo viñeta de Mingote. Un lenguas de Irán les hará la traducción simultánea.
En la plaza suspendida del aire, en esta Goyesca celebrada en el Puente Nuevo, actuarán los llamados caballeros menores de la tauromaquia, también conocidos —dicho sea con todo respeto y desde la más profunda admiración— como los bomberos toreros. La idea de traer a Morante de la Puebla fue debatida durante días, pero se concluyó que el ancho del Puente no permite revolera sin riesgo de caída.
—¿Y si cae al Tajo? —preguntó alguien.
—Peor fue lo de Paquirri y ha hecho historia —sentenció un tertuliano.
Las cuadrillas estarán alojadas en el Parador: desprovisto ya, por fin, de la iluminación navideña que llevaba encendida desde la Nochebuena de 2021: donde se han habilitado algunos salones nobles como improvisadas enfermerías de uso mixto: para animales y humanos, por si el temple se convierte en mareo o el estoque pincha en hueso y rebota: y todo ello con una ventilación heredada del siglo XIX, más que nada como un canto a las esencias: o a las esencias que se usaban entonces para disimular el hedor romántico de pulgas y piojos, que no es lo mismo pero tampoco lo contrario.
Tan pronto finalice el paseíllo —si es que alguna vez se puede hablar de final cuando se trata de Morante— se habilitará una rampa inclinada: pero que muy inclinada: tomada de un viejo plano atribuido al Doctor TBO, que la diseñó originalmente para subir sin esfuerzo lo que otros bajan con dificultad: partirá de los jardines de Cuenca y, tras una leve curvatura imposible según el Colegio Oficial de Ingenieros, aterrizará con cierta dignidad técnica en la calzada del puente.
Será por esta rampa, y solo por ahí, desde donde un buldócer de Soliarsa —adornado con mantón goyesco y ventilador de incienso— arrastrará los cuerpos gloriosos de los toros ya lidiados y estoqueados, si es que procede decirlo así en tiempos de metáforas animalistas: porque picador no habrá, que no resulta ni cabría: y porque no se ha previsto espacio alguno para desahogo de caballos, ni físico ni espiritual: que es lo que más falta haría, en verdad.
Entre los asistentes ilustres a la corrida del Puente Nuevo se ha confirmado la presencia del Molt Honorable President de la Generalitat, en calidad de pagador principal —la Generalitat subvenciona el acto como reparación simbólica por el asedio carlista de 1836, en el que se rompió un cántaro en la cuesta de las Imágenes en perjuicio de Cataluña—. Le acompañará el lehendakari vasco, el castellano Pradales, como voluntario pagador subsidiario, pues los euskaldunes no guardan rencores ni nostalgias y ya se sabe que lo de las bombas lapa fue un invento de la Caverna Falangista de Girón de Velasco, porque si hay alguien solidario con las Españas, esas son las Vascongadas. De toda la vida, oiga. Los gerifaltes catalanes y los aguerridos señores del acero vasco, si algo han hecho en los últimos cinco mil años —y me quedo pelín corto—, fue mirar por Andalucía y demás compaña como una madre miraría por un hijo al que en el cole le hacen bullying. ¿Generosos? No; lo siguiente.
Vendrá además una hija no reconocida —eso dicen: yo no lo creo— del doctor Christiaan Barnard, el pionero del trasplante de corazón. Se llama Christel y asegura que su padre le habló de Ronda mientras extirpaba válvulas, aortas y demás casquería por esos mundos de Dios:
—Me decía: “Si alguna vez quieres visitar un sitio donde el alma tiene balcones, pasa por Ronda” —explicó en una rueda de prensa.
Se alojará en la habitación 107 del Hotel Reina Victoria, justo encima del saloncito donde Rilke escribió su Oda al silencio de las cabras. Para mí que don Rainer María está algo más que valorado, pero en fin: también lo está el Ulises de Joyce y no hay biblioteca respingona donde no se exhiba entre un Aleph de Borges y La isla de la mujer dormida de Pérez-Reverte: el que las haya leído que tire la primera piedra.
Pero donde se ponga ese genio, ese hijo de las musas, esa mente preclara, ese cantor de las estrellas… Ese, diré al fin, Nuevo Dante redivivo que responde al nombre de Excelentísimo Señor don Luis García Montero, que se quiten desde Petrarca hasta el mismísimo Homero. Él, el divino, es el que no debería faltar en la Goyesca de este año en el Puente Nuevo, si es que el preclaro ministro Urtasun se lo permite, que esa es otra, que el hombre propone y el político dispone. ¿Méritos de García Montero? Todos. Pero baste al lector de este escritillo veraniego nacido del aburrimiento leer lo que sigue para entender por qué el director del Cervantes no puede faltar:
Así la reconozco
cuando salgo a la calle
y la catedral ha sido
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se convierte en una botella de ginebra,
salchichas y postre,
abanico de luz en el quiosco de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
(Toma del frasco, Carrasco. O también: «Templado estaba el té, para mi gusto, vida mía…»)
Y, como era de esperar, vendrán todos los que alguna vez quisieron ser algo… y lo fueron. Vaya si lo fueron.
—¿Pero está confirmado Bárcenas?
—Viene con Rato, Jaume Matas y el ínclito Fabra de Castellón. Comparten grupo de wasap, tarjeta de crédito, máquina de contar billetes y habitación con un Bigotes y el frescales del Correa, que es tanto como decir media Gürtel al completo.
—¿Y el tal Koldo?
—No puede faltar: una Goyesca en el Puente Nuevo sin Koldo: el cortador de troncos: sería tanto como dejar a Salamanca sin don Miguel de Unamuno, o a Teruel sin sus amantes, o a Pamplona sin el tormento de los siete días siete de carreras: calvario donde los haya: yo solo les deseo que se traguen ellos la peregrinación al Rocío de la Hermandad de Algeciras durante una semana: todas las mañanas: con apertura y conexión en directo en todos los telediarios. Él, Koldo, llevará el toro número cuatro y será el encargado del control de la puerta de toriles, sita en la Plaza de España. Cuestión de principios y experiencia en puertas.
—¿Y el holograma de Roldán vendrá también?
—Claro… Y también nos han mandado una silueta recortable desde Andorra de un tal Cerdán: tête à tête con uno que dicen que es el novio de una señora que se llama Ayuso y que era muy amiga de un tal Casado, pero que ya no lo es, porque ahora lleva de la mano a un gallego que se llama Feijóo… hasta que lo deje de llevar y vuelta usted a Orense, don Alberto, a hacer los mandados en el colmado de su abuela. Por cierto, que don Alberto no asiste a la Goyesca del Puente porque —dice— le dan vértigo las alturas y él es más de yates. ¿Y así quiere llegar a presidente del Gobierno?, dicen que ha dicho la señora marquesa de Murillo, por otro nombre doña Esperanza.
Ábalos, tan recatado él, asistirá como jurado popular con una camiseta de Guns N’ Roses, que por algo es hijo de torero, y M.R(ajoy): «Sé fuerte, Luis»: ejercerá de asesor en indultos preventivos para las reses más melancólicas. En preferencia se sentarán en las antedichas gradas volantes todos los alcaldes de Ronda desde la Primera Guerra Carlista, incluidos los que no llegaron a tomar posesión. Los maestrantes portarán sus capas bordadas con la efigie de Fran —que perdone las confianzas: yo siempre fui más de Pepe Luis Martín y el Niño Leo—, y se prevé la presencia discreta de un séquito ruso-marroquí de inversores que desean convertir la parte sagrada del convento de las hermanas franciscanas en un casino termal o algo así, que si con barbas san Antón y si no la Purísima Concepción: la cosa es hacer caja.
El día grande será el 6 de septiembre, víspera del aniversario de la invención del albero artificial. La comitiva partirá desde los Baños Árabes, pasará por la calle Espinel —rebautizada para la ocasión como “Paseo de los Comercios Que Cerraron”— y será recibida por la Banda de Cornetas y Drones de la Hermandad Aérea de la Santísima Macarena, que no ha encontrado mejor modo de agradecer a la altruista familia Arquillo la restauración y lifting perpetrado en la cara de la Virgen más Virgen de la Cristiandad entera. No, si aquí, das una patada y sale un artista de la talla de Salzillo. O un García Montero.
Un momento de particular intensidad se vivirá cuando don Arsenio Torralba —hagiógrafo oficioso y estilista del mentón de Curro Romero— lea el pregón desde la barandilla del Puente:
—Seré breve. Hoy, damas y caballeros: ladies and gentlemen: en esta trinchera del aire, se dará muerte simbólica al toro de la desesperanza, que será estoqueado con una dignidad tan solo entendida por los aires de las sierras. ¡Viva lo que no cabe, viva lo que no existe y sin embargo agotó las entradas! ¡9 gradas a 166 y todo vendido! ¿Castillos en el aire? No; mejor Goyesca de altura y muy Señor mío. Total, por un día que en el Puente haya toros en vez de coreanos tampoco va a pasar nada.
A propósito del evento, reproducimos un fragmento del diálogo que se oyó en el patio interior del Casino entre el alcalde honorífico don Filemón de Sojas (retirado a tiempo por acumulación de sobres: uno del siglo XIX que dice que hizo mucho, pero que en verdad no hizo nada) y su homólogo vitalicio don Sixto Torquemada de los Llanos:
—¿Y no teme usted que esto acabe mal, con algún toro despeñado o un niño de TikTok caído al vacío mientras graba su última story desde la cornisa?
—Peor fue lo de la Expo de Zaragoza, y mire usted: aún hay quien la recuerda.
—Pero esto de la Goyesca en el Puente se me antoja un disparate.
—Y sin embargo… funciona. El Puente convertido en plaza de toros, los tendidos mantenidos en el aire por una flota de globos Montgolfier… Solo a nosotros se nos pudo ocurrir.
Quienes vengan desde la costa no tendrán excusa: la carretera A‑397 ha sido reabierta en tiempo récord —ya veremos lo que dura— gracias a estudios geológicos dirigidos desde los satélites del calvo de Amazon y la mediación directa de un jeque de Catar que deseaba ver la corrida “desde el aire”. Adelantaron la apertura al tráfico en no menos de cinco meses. Un dron suyo, modelo Al-Zubair 3000, cubrirá la señal internacional del festejo, con comentarios en mandarín, ruso clásico y un dialecto menorquín en desuso que el señor Puigdemont tiene mucho interés que se hable en las escuelas de Almería.
Se venderán entradas simbólicas que darán derecho a una silla voladora de esparto, un vaso de vino de Málaga —hecho con unas arrobas de uva manchega y unas cisternas de mosto de Extremadura— y un certificado de suspensión emocional avalado por el Museo del Jamón.
Puede que no haya cornadas, pero habrá vértigo. Puede que no haya arte, pero habrá milagro. Y sobre todo, habrá Goyesca. No sobre el albero, sino sobre el abismo: donde siempre estuvo Ronda. Suspendida. Incomprensible. Y sin embargo, cierta.
Y rematando, que la calor tiene sus peligros… Al final fue cuando sucedió lo que nadie esperaba y, sin embargo, todos deseaban en secreto: Morante de la Puebla —envuelto en una capa más larga que la memoria de España— cruzó a paso lento la tabla central del Puente Nuevo fumándose un puro como de cuarta y media: recuerdo de un viaje a Canarias: ajeno al vértigo, al protocolo y al aliento suspendido de las gradas colgantes. Llevaba la montera ladeada como un sombrero de copa viejo, y el humo dibujaba figuras imposibles que algunos juraron ver transformarse en la efigie de Antonio Bienvenida. A cada lado lo escoltaban dos miembros uniformados del Cuerpo Nacional de Bomberos Toreros, que llevaban trajes ignífugos y capotes fluorescentes, con la solemnidad de un auto sacramental y la impunidad estética de un poema de García Montero.
—Es arte —dijo una señora que miraba desde una pantalla en la Alameda.
—Es delirio —replicó su marido mientras se santiguaba.
—Es Morante —zanjó el niño, sin saber bien qué significaba esa palabra en el mundo de los que echan por delante la talega y miran de reojo las honduras del precipicio.
A falta de sitio en los tendidos, y como el milagro no cabe en una sola retina, se instalaron pantallas gigantes de veinte por quince metros en la Plaza del Socorro, en la Alameda del Tajo y hasta en el Campillo, donde todos se pusieron corbata y peinetas por si salían en la tele de Ana Rosa. En cada rincón de lo que queda del casco histórico había un eco de pasodoble, sombra de abanico, gritos a destiempo y ojos de turistas agrandados como vitrinas. ¿Qué fue de los chinos? No se sabe.
La corrida fue de las que hacen época —ya se dijo—, y lo más importante: en el aire, desde el aire, pero al menos la hubo. Daba igual el sitio. Y hasta tuvimos paseíllo, puro de espanto y silencio. Tres orejas y un rabo. Al maestro de la Puebla lo llevaron en andas desde el Puente al Tajo del Abanico… y allí bebieron agua y otras cosas.
Y eso, en Ronda, es lo más parecido a la resurrección que todo el mundo espera, pero que nunca llega.
Cualquier año de estos… ¿Y el poeta García Montero? Debía estar perpetrando haikus con los del Imperio Nipón. O eso me contaron los bomberos toreros.