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domingo, noviembre 30, 2025
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Pepa Becerra: mujer que hablaba claro… y escuchaba mejor

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Decir ahora que Pepa Becerra tenía un carácter afable sería incurrir en una falta de respeto que ni su memoria toleraría ni ella misma, en las alturas a las que su fe la lleva, aceptaría sin refunfuñar. No. Pepa era Pepa. De armas tomar. De las que no se andaban con paños calientes. Y eso la hacía, precisamente, irremplazable. Era una de esas raras personalidades cuya firmeza no necesitaba alzar la voz ni repetir consignas. A veces, como le pasaba a Santa Teresa de Jesús, podía parecer dura en la forma, pero al llegar al cuerpo a cuerpo —al tú a tú íntimo donde ya no hay poses ni argumentarios— se revelaba lo otro: una ternura antigua, una humanidad verdadera, una especie de compasión razonada que solo se da en quienes han leído mucho, vivido más y amado sin necesidad de proclamarlo.

A veces se habla de la autenticidad como si fuera una virtud decorativa, un aroma, una pose, una foto en blanco y negro. Pero en Pepa la autenticidad no era un adorno: era un modo de estar en el mundo. Su carácter era, digámoslo así, de los que no se pueden enseñar en talleres de liderazgo ni en cursos de «respirar hondo y no molestar». Nacía de adentro, de algo más parecido a la conciencia que al carácter.

Durante ocho años fue concejala de Cultura —y también de Turismo— en Ronda, por el PSOE, y su paso por el Ayuntamiento no fue decorativo: no estaba para adornar plenos ni para figurar en fotos. Fue de las que remueven lo que hay que remover. Y eso —remover lo que siempre estuvo inmóvil— es casi una herejía en algunos rincones del poder. Para mí hay tres logros que bastan para avalar toda la gestión política de Pepa, y los tres siguen en pie en la actualidad: la ampliación de fondos y la modernización de la Biblioteca Pública—entonces en la Casa de la Cultura, de donde nunca se debió sacar, dicho sea de paso—; los desvelos casi obsesivos por convertir Santo Domingo en el corazón cultural de la ciudad, y esa Semana de Música Sacra que creó e impulsó y que hoy nadie se atreve a tocar porque huele a incienso y a trabajo bien hecho.

Por cierto —y aquí viene el matiz que hará levantar las cejas a más de uno—: lo que defendió, consolidó y modernizó fue la Cultura, así, con mayúscula y en el centro. Porque estaba, entonces, donde debía estar: en el corazón de Ronda. No en un rincón administrativo ni en un local de paso, sino en el lugar simbólico donde la ciudad piensa, se recuerda, se imagina. Pepa Becerra hizo de la Cultura un núcleo fundamental de la política, no un suplemento. Y de allí, habría que repetirlo muchas veces, nunca debió salir. Porque la Cultura, cuando se traslada como si fuera un mueble o un calendario de actividades, se aparta de sus principios. Pierde su pulso. Se vuelve decorado a lo Mister Marshall. Eso lo sabía ella, y lo sabemos quienes creemos que el lugar donde ocurre la Cultura forma parte de la propia Cultura. No es lo mismo tenerla a mano que llevarla en el alma, que diría Chesterton: tan polémico, respondón… y católico él como la misma Pepa.

Que la actual alcaldesa y también el exalcalde don Juan Benítez —personas separadas por colores pero unidas en la memoria— hayan tenido para ella palabras hondas y sentidas dice mucho, muchísimo, de que su gestión cultural estuvo por encima de las siglas. Y eso, en estos tiempos donde hasta los libros parecen tener carnet, es decir mucho.

Lo del «milagro rehabilitador» del convento de Santo Domingo lo llevó como un empeño propio, como si tuviera que rescatar piedra a piedra su vocación perdida: no solo logró que allí se respirara cultura, sino que logró que allí se diera cita la Ronda que aún cree en el espíritu como algo más que decoración turística. Convirtió un recinto apagado en un lugar donde los acordes antiguos del alma —la música, el pensamiento, el arte— pudieran sonar sin pedir permiso.

Pero todo eso es «solo» lo que hizo. Lo importante es cómo lo hizo. Porque lo suyo no era levantar la voz, sino sostenerla. En el cuerpo a cuerpo dialéctico era artista: sabía cuándo dar el golpe, cuándo callar, cuándo mirar por encima de las gafas de leer y dejar al otro, como quien dice, sin escapatoria. A veces bastaba una frase corta… de las suyas. A veces un silencio largo. A veces, lo más inquietante: la ausencia de cualquier necesidad de convencer.

Yo la recuerdo de hace poco más de un mes. Salía yo de misa en La Merced, ella venía de aparcar. Iba, me parece, camino del Proyecto Hombre. Hablamos un momento. Ya debía estar tocada por la enfermedad, pero no me dijo nada. Y no porque no doliera, sino porque hablar de males propios era para ella —como para los antiguos estoicos— signo de mala educación. Me saludó con su habitual mezcla de lucidez y escepticismo, y se marchó con paso quedo hacia sus quehaceres de jubilada llena de ideas. Porque jubilada lo era, pero inactiva doy fe que no. Hay personas a las que la jubilación las calla. A Pepa le dio por pensar y hacer más. Que es una forma alta de seguir remando a favor de los más necesitados.

Fue profesora de bachillerato y secundaria. Y de las buenas. De las que dan clase con respeto, con sentido, con severidad justa. Me lo han dicho antiguos alumnos suyos, algunos ya profesores como ella, y hay que fiarse de quienes lo han vivido desde dentro. Enseñaba Lengua, Historia, Literatura, pero lo que enseñaba de verdad era otra cosa: que el conocimiento sin valores es arrogancia y que los valores sin conocimiento son sentimentalismo barato. En ella se daba la conjunción infrecuente del rigor con la comprensión, que no es lo mismo que la permisividad vacía, ni falta que hace.

Perteneció a la Asociación Izna‑Runda, que no era solo un club de cultura, sino una forma de entender que lo que merece la pena no se hereda: se pelea. Desde ahí: desde esa trinchera serena: impulsó también proyectos en el teatro de Acinipo: un lugar donde las piedras hablan, si uno sabe escucharlas: y donde ella supo poner voz a lo que ya no tenía voz. Porque no bastaba con proteger el teatro: había que hacerlo vivir, aunque fuera a contraluz de los presupuestos.

Pero quizás lo más admirable: por raro: fue su forma de estar en las comisiones de patrimonio: no como quien asiste, sino como quien actúa. Allí no basta con tener una opinión —eso lo hace cualquiera con móvil y conexión—, sino saber defenderla con papeles, con razones, con memoria y con esa forma de autoridad que no se impone, pero se nota. Esa que no grita, pero pesa. Y Pepa no iba a pedir permiso. No lo necesitaba. Tampoco negociaba su criterio como quien regatea el precio de un jarrón. Venía a aportar, y a veces —que es lo más difícil— a detener lo que no debía avanzar. En tiempos donde todos corren a favor del espectáculo, ella tenía el coraje de frenar cuando era preciso.

Y eso, en política y en cultura, es todavía más raro que el sentido común. Porque el sentido común, al fin y al cabo, lo pierde mucha gente por falta de lectura, pero la valentía de decir que no cuando conviene, eso solo lo conservan los que tienen una idea clara de la dignidad. Y un apego antiguo a las piedras de su ciudad.

Se nos ha ido. Sin ruido. Como vivió los últimos meses: sin alharacas, sin pedir nada, huyendo de cualquier sentimiento de lástima. A mí me duele no haber podido estar en su despedida. Pero desde aquí, desde Ronda Directo, le mando un abrazo fraterno. Y solo le pido una cosa: que no se tope demasiado pronto con san Juan de la Cruz, no sea cosa que se le ocurra debatirle sobre feminismo o sobre la necesidad de introducir la sexualidad científica en los currículos de las aulas de secundaria. Aunque, conociéndola, probablemente ya lo haya hecho. Y lo haya dejado sin más palabras que la poesía.

Que descanse, sí, pero sin desentrenar el juicio. Porque la Cultura —la que duele y sostiene— no soporta la comodidad: sea cual sea la dimensión en que te encuentras. Y porque si algo supo hacer Pepa fue incomodar a tiempo. Que no se le pase, allá donde esté, esa costumbre suya de poner orden con una frase y de llamar verdad a lo que otros disfrazaban. Ni esa fe sin alarde que entendía que la Cultura no es evento: es posición y es principio. Y a veces resistencia.

Me quedo con esa forma tan suya de decir lo que debía decirse sin pedir perdones versallescos. Ni esa terquedad tan antigua de poner cada cosa en su sitio, aunque el mundo prefiriera el desorden. Ni esa fe callada de que la Cultura, antes que agenda, es lugar donde la Humanidad se encuentra. Y es alma. Y lo es todo.

Porque Pepa era Pepa. Y, por fortuna, seguirá siéndolo. Para quienes pretendan hacer Cultura en Ronda, para quienes se atrevan a defenderla sin disfrazarla, y para quienes —alguna vez— duden si merece la pena discutir por un cartel, en un claustro o por una idea: ahí seguirá vivo su ejemplo, con las gafas de leer algo caídas, con la frase justa, con ese gesto que decía mucho más que su voz. Y con su carácter… de armas tomar, pero escondiendo las sensibilidades más fructíferas: las mismas que abrieron las puertas de Santa María a unos Réquiems de nivel divino.

Mi pésame más sentido a su familia. Y mis disculpas estivales por no haber podido acompañarles como habría querido… y debía.