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domingo, noviembre 30, 2025
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Bendito Uno del Nueve

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La víspera de un lunes primero de septiembre no es un día sino un castigo divino: es como si el calendario hubiera sido inventado no para medir el tiempo sino para recordarnos que el tiempo se acaba:el aire pesa como si llevara dentro todas las resoluciones pendientes del verano y hasta la cerveza se calienta de puro desaliento. Pancho y Tasio lo sabían, porque al día siguiente les tocaba reincorporarse a la Delegación de Ayudas y Risas Sincronizadas, única sede del Ministerio de las Buenas Obras y Costumbres fuera de Madrid:ubicada en Ronda por un capricho administrativo que nadie ha sabido explicar aún y que desde entonces se ha tratado como secreto de Estado.

Allí reinaba, con gesto agrio y autoridad de seminarista dimisionario, don Augusto Maniquè: recomendado de la Generalidad de Cataluña por su defensa de la sardana en TikTok:baile alegre donde los haya, dicho sea de paso y en honor a la verdad. Todavía recordamos en la ciudad que don Augusto, hombreintenso como pocos, tan pronto pisó la estación de Ronda se puso a insistir en que sus hijos exigían enseñanza obligatoria en catalán porque sin la lengua no hay prosperidad que valga ni distinción posible. Y no es algo que sea negociable: eso dijo.

El ministerio, sobre el papel, custodiaba misiones misteriosas: la Subvención de Sonrisas Oficiales, el Registro Nacional de Prosperidades Invisibles, la Comisión para el Reparto Equitativo de Bendiciones y la Oficina Central de Estudios sobre la Eficacia del Catalán en la Paz de Alaska. En la práctica, esas misiones se parecían mucho a un sainete: había que repartir sonrisas que nadie pedía, prosperidades que nadie veía y bendiciones que siempre llegaban tarde. Desde Ronda, se decía, salían informes confidenciales con títulos tan graves como Plan Estratégico de Aplausos Institucionales o Informe sobre el Impacto Económico de los Buenos Días. Nadie los leía, pero a todos les tranquilizaba saber que existían, como sucede con el manual de instrucciones de los extintores o con la mismísima Constitución.

Aquel verano, además, se había producido una sacudida en la plantilla de la Delegación: Bertín, con americana de lino y voz en falsete, había aceptado incorporarse como becario dentro del programa ministerial llamado con toda seriedad Reinserción Melódica en la Administración Pública. Su expediente se tramitó en una mañana, gracias a la intervención de un secretario general enganchado a los boleros. Y poco después llegó la gran sorpresa: Paquirrín se sumaba a la nómina de la delegación rondeña después de haber sido recomendado por la mismísima señora Meloni: de por Italia, creo: con la que había estado pinchando en un chiringuito de Ibiza.

Tras aquel verano de música y enchufes, Paquirrín se incorporó de forma inmediata a la Delegación de Ayudas y Prosperidades de Ronda con un cargo creado expresamente para él: asesor adjunto para la Promoción Estratégica de Carnes Rojas y Prosperidades Nutritivas. El nombramiento se presentó como parte de una estrategia innovadora para “impulsar las carnes rojas en contextos festivos y mercados en guerra”, aunque en los pasillos se comentaba que su principal función consistía en no faltar a las degustaciones oficiales. El enchufe fue tan visible que nadie se molestó en disimularlo: en el propio Instagram oficial del ministerio aparecían los dos, Bertín y Paquirrín, posando con carpetas azules y etiqueta digital de Primer día de oficina. Parecían más preparados para una boda que para una reunión de funcionarios, pero acaso esa sea la definición misma de la burocracia: gente vestida para una ceremonia que nunca llega.

Pancho y Tasio, que ya de por sí temblaban al oír el nombre de don Augusto, se descompusieron al imaginarse el escenario de aquel año: Bertín gestionando expedientes a ritmo de rancheras, Paquirrín rellenando formularios como si fueran listas de éxitos o cartas de restaurante, y el jefe exigiendo aplausos en catalán. Sus esposas intentaban animarlos con las mismas frases de todos los finales de agosto: vamos, vamos, gorrioncillos, que todos los años os pasa igual y al final volvéis a casa hasta contentos, que qué sería del país sin vuestra Subdirección General de Prosperidades Aplazadas, que a ver quién reparte bendiciones si no estáis vosotros, que el primer día pasa volando… Es lo que suelen decir las esposas: que sin nosotros el mundo se acaba:la cisterna no funciona: el coche no arranca: hay que llevar a capar el perro y no me toques la Thermomix:como si el mundo fuera tan delicado que dependiera del trabajo de un marido obsesionado con septiembre.

Pero la noche anterior al lunes fatídico, la angustia pudo más que las palabras. Pancho y Tasio decidieron mandar a sus mujeres a un hotel con cena y desayuno: tipo bufet: incluidos, y se acostaron juntos en la misma cama, convencidos de que sólo la resistencia y las fatigas compartidas podían hacer frente al tormento del despertador de las seis y media. Fue un pacto silencioso, casi místico: hombro con hombro, a veces culito con culito, como soldados que saben que la primera bala sonará: inexorable: al amanecer, cerraron la puerta de la habitación, prendieron el ventilador de techo, apagaron la luz y se prepararon para el combate hasta la madrugada, y más allá.

Yacían tensos, con la sábana hasta el pecho, oyendo cada tic-tac del reloj como un redoble de tambor a pie de cadalso. Pancho murmuró: «Tasio, no hay derecho, todos los años igual: con lo a gustito que estábamos en San Pedro, con el espeto, la siesta, ese mar que se oye por la noche, y volver ahora a obedecer las órdenes en catalán de don Augusto…». A lo que respondió su compañero de fatigas: «No digas más, que me da dentera: es como cambiar el paraíso por la cárcel en cuestión de horas. Por cierto, ¿te has quitado los calcetines? Para mí que no». Y Pancho se dejó arrastrar por un suspiro largo que anunciaba que lo peor aún no había llegado:Porque ya verás —dijo—, ya verás cuando Bertín y Paquirrín se marquen un dúo en plan Pimpinela en el salón de actos, ya verás cuando nos toque aplaudir de pie, con gesto solemne y sonrisa fingida, como si de verdad creyéramos en la utilidad de nuestros curros.

El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio nervioso, atravesado por el rumor de la angustia y la cadencia que destilaban las aspas del ventilador: las manos sudaban, los párpados temblaban, los pies buscaban espacio bajo la sábana como si allí hubiera todavía un rincón de libertad. Había algo profundamente cómico y profundamente trágico en aquel ritual: dos hombres adultos, funcionarios del Estado, abrazados al insomnio como monjes que esperan la campana del alba de un nuevo uno de septiembre, temiendo más el zumbido del móvil que cualquier catástrofe natural. Cada vez que cerraban los ojos se les aparecía la figura de don Augusto, con su corbata burdeos y su voz en catalán: pero que muy catalán: organizando en la oficina un ensayo general donde Bertín cantaba a media voz y Paquirrín aporreaba un teclado de cartón.

La noche se alargó como se alargan las pesadillas que no tienen principio ni fin: soñaban a medias, se despertaban sobresaltados, volvían a caer en el sopor de la ansiedad. Pancho se giraba sobre el costado izquierdo, Tasio sobre el derecho, y a ratos terminaban espalda contra espalda, como si quisieran taparse mutuamente de la visión del futuro inevitable de la mañana. Era una vigilia de mártires, un insomnio de los que forman carácter y arrugan la frente.

Y al amanecer, cuando el despertador vibró para cumplir su deber marcial, el suplicio parecía consumado: el corazón en la boca, el sudor en las manos, la convicción de que lo peor estaba por llegar: ya se dijo. Pero entonces sucedió el milagro: los urbanos no funcionaban, los semáforos amanecieron apagados, las calles estaban a oscuras y los taxistas andaban de huelga. El sistema entero, aquel mismo sistema que mantenía viva la Delegación de Prosperidades, se derrumbó por unas horas, y Pancho y Tasio se dieron la vuelta con la excusa perfecta para seguir de vacaciones unas horas más.

Se miraron con la sonrisa rescatada de la infancia, la sonrisa del que sabe que se ha salvado de una condena por los pelos: y comprendieron que la verdadera prosperidad no está en los informes ni en los sellos, sino en que el primer lunes de septiembre: por la mañana: el mundo deje de funcionar. Y esa fue su epifanía: que a veces el mayor milagro de la administración no es que funcione, sino que se pare a tiempo, aunque sea como consecuencia de un apagón pasajero: lo cierto y verdad es que siguieron en la cama soñando con espetos y suecas de las de Alfredo Landa. El martes… El martes ya sería otro día. Y el que de una hora escapa, cien años vive.

Moraleja: el mundo seguirá girando aunque usted siga en la playa.