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jueves, enero 15, 2026
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Vivan las revolusssiones todas, carajo

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Lo de Venezuela ya no admite el refugio comodón de la opinión tibia: a estas alturas, y hasta más ver, la única verdad es que un grupo de rambos de Alabama y por ahí: probablemente puestos hasta el culo de anfetas y tripis: ha perpetrado una operación militar: militar digo: que propició la captura, extracción y secuestro del presidente —y dictador— Nicolás Maduro y su señora doña Celita Flores: a los que se trasladó con nocturnidad y alevosía a Estados Unidos: primero en helicóptero, después en barco y finalmente en avión, que también son ganas: donde les espera un calvario en la cárcel más dura de Nueva York: el Infierno en la Tierra la llaman: y tanto derroche de medios no tanto para detener a un pobre diablo como para exhibir un método represivo: porque aquí el método es el mensaje que se lanza al mundo: un mensaje escrito a estacazos que se convierte en aviso y escarmiento de discrepantes: todo atufa a Roy Bean: recuerda: el Juez de la Horca del Lejano Oeste: solo que ahora la horca es un mar de trolas y el saloon una celda decorada con pósteres de Hugo Chávez y el ayatolá Jomeini: Maduro llega, levanta los pulgares, felicita el año nuevo a los carceleros, da las buenas noches en chándal poligonero y se declara secuestrado e inocente: mientras los halcones de Washington se aprestan a vender la intervención como «exitosa acción de justicia intergaláctica» y «operación quirúrgica de la factoría Marvel»: al tiempo que medio planeta discute en voz bajita: muy bajita, no sea cosa que…: que cómo coño fue posible caer tan bajo: pasa tú primero, que a mí me dio la risa.

Lo más extravagante no fue la sorpresa: lo más grave es el precedente que se crea: si una potencia en horas bajas decide que puede irrumpir en otro país y llevarse a su jefe de Estado de las orejas porque lo considera oportuno: entonces el derecho internacional deja de ser un marco de referencia: pasa a ser un meme, una caricatura de Rousseau en la taberna de los Simpson, una recomendación a modo de ultimátum en aguas del Mississippi: y las recomendaciones, en manos del abusón de la clase, son lo que son: purititas amenazas: Derechos Humanos convertidos en papel de estraza: no puede extrañarnos, pues, que se haya decretado la alarma general urbi et orbi: no porque el bárbaro Maduro inspire unas simpatías que sin duda no merece: tiempo habrá de juzgar sus crímenes y ordalías: sino porque normalizar su «extracción» por la fuerza es abrir la puerta a que cualquier sátrapa haga lo mismo donde y cuando le pete.

Y luego está el petróleo y la madera y las tierras raras y el agua potable y el oro y los diamantes: Venezuela no es una nota energética a pie de página: Venezuela tiene las mayores reservas petrolíferas probadas del mundo: una cifra descomunal que convierte cualquier discurso moral en cortina de humo si no se mira también la cuenta de resultados: y cuando una operación relámpago llega acompañada de planes para «administrar» o redirigir la democracia: la palabra administrar suena a lo que suena: mandar: disponer a capricho: robarle el bocata al débil en el patio escolar: y ahí, por muchos llamados a la libertad que se agiten, la melodía de fondo es de una sola nota: el Money de Pink Floyd: dinero: dinero: dinero.

La pregunta obligada no es solo quién gobierna ahora en Caracas: sino quién controla la llave de los pozos ruinosos de Maracaibo: quién decide el flujo y hacia dónde: quién convierte un país en grifo o en tapón, según convenga a los mercados y a la Bolsa: la democracia ya no es más que una mera etiqueta: y la soberanía de Venezuela era un estorbo para los intereses del circo de Trump.

Pero si el cinismo externo es peligroso: el cinismo interno es devastador: porque lo que ha ocurrido con Delcy Rodríguez y con buena parte de los gerifaltes del chavismo no es una «adaptación del guion» ni un «giro pragmático» ni un «hacer de necesidad virtud», que diría uno que yo me sé: es una traición en toda regla: una rendición con más tripa que huevos: en fin: la entrega de Venezuela y de su pueblo a los caprichos de un tirano como Donald Trump, eso era todo, amigos. De modo que lo diré sin rodeos: quienes se llenaron la boca de épica y revolusssiones bolivarianas han corrido a salvar su pellejo y a poner sus culos a buen recaudo: tiempo les faltó para esconderse a quienes predicaban revolusssssión, carajo, revolusssssión: los mismos que ahora suplican al Divino Donald un asiento en el nuevo reparto de cargos: y a esa celeridad de los rrrevolussssionarios chavistas para ponerse de perfil se la llama como se la ha llamado desde los tiempos de Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido: cobardía: puritita cobardía: hacérselo encima: si ellos empleaban ese lenguaje, yo con sus mismas palabras los retrato.

Delcy Rodríguez juramentada como presidenta de un país que ya no existe es el símbolo perfecto de la traición: no porque una interinidad sea mala por definición: sino porque el relato que la acompaña huele a cambalache que hiede: «aquí mando yo mientras ustedes deciden, pero déjeme, déjeme Padrecito Donald, déjeme con mis trapitos de Carolina Herrera, déjeme seguir haciendo como que soy: aquí obedezco y trago y me abajo y me arrastro y hasta me dejo tirar de las orejillas mientras ustedes se llevan el petróleo y las piedras raras y la dignidad de Venesssuela»: y, mientras tanto, el chavismo que se presentaba ante el mundo como bloque imbatible: en pie famélica legión: se acabó revelando como una chusca colección de funcionarios sin función tratando de sostenerse con lo que haya a mano: ayer era una consigna: hoy es un salvoconducto: mañana será un sálvese quien pueda: y el pueblo venezolano, como siempre, comiendo yuca en la fila donde dicen que venden pollo y ternera.

Revolucionarios hay cuyo ideario me hastía, pero a los que, pese a todo, reconozco algo tan elemental como que se jugaron la vida por lo que creían y con un par: los Castro: a pesar de sus cárceles repletas de mariquitas y su obsesión por aparentar una austeridad verde oliva que nunca tuvieron: Zapata, con sus tierras indígenas y las ejecuciones ordenadas por centenas desde lo alto de su caballo blanco, As de Oros se llamaba: la vida no vale nada…: Villa con su dinamita sembrando el caos entre los aldeanos adeptos al gobierno del presidente Huerta: el Che con su romanticismo suicida y el sadismo con que trataba a los opositores desde las comodidades de su despacho en La Habana: Lenin y Trotski con su táctica de no hacer prisioneros ni entre los perros de los zarevich: todos ellos, pese a que nunca los hubiera aplaudido, merecen si no mi respeto sí al menos mi reconocimiento por jugarse la propia vida por unas ideas: en cambio lo visto estos días en Venezuela no pasa de teatro cutre y bajuno que se desmonta al primer golpe: una épica que era todo cartón: un discurso que solo era maquillaje: y el maquillaje, ya se sabe, se corre en cuanto aparece el verdadero amo con uniforme a lo Patton cabalgando un helicóptero Chinook.

Entra Trump en una nueva fase: lunar o lunática es lo mismo: ya no es solo el histriónico personaje de las frases gruesas: es un dirigente que tantea los límites de la paciencia del mundo como un niño malcriado al que siempre se le ríen las gracias: si se consiente lo de Venezuela: no se consiente una excepción: se legaliza una doctrina: la doctrina del hecho consumado: la doctrina de «primero lo hago y después lo explico»: y eso, aplicado a la geopolítica: a la convivencia, si se quiere: es una invitación al incendio: porque si Estados Unidos puede hacerlo en el lago Maracaibo: por qué Rusia no lo iba a hacer donde le dé la gana, en Ucrania sin ir más lejos: por qué China no va a perpetrar «su operación Taiwán» cuando le convenga y a espaldas vueltas.

Lo único coherente es sostener los principios: los pilares de la civilización: Atenas frente a Esparta: tabú: no se invade un país para llevarse a su gobernante: punto: y si ese gobernante debe responder ante la justicia, como es el caso, y testimonios hay de sobra: también hay mecanismos: y tratados: y tribunales: y engranajes diplomáticos: lo que no debe haber es barra libre para este nuevo juez de la horca que responde al nombre de Trump: Big Donald y sus caprichos.

Por todo eso —y sin olvidarnos de las mujeres de Irán— se puede escribir desde Ronda y aun así estar hablando del mundo: no por darse importancia: sino porque en los choques entre gigantes siempre pagan los pequeños: y España es más pequeña de lo que a veces creemos: pero aun así, lo que ha dejado Junqueras de la vieja Hispania de don Pelayo tiene la obligación moral de apoyar una salida democrática para Venezuela: con garantías: con elecciones limpias: con respeto a la oposición democrática: con un horizonte que permita el retorno de tantos millones de venezolanos como han tenido que exilarse por culpa de un tirano que parece inspirado en algún personaje menor de García Márquez: el mismo que purga sus penas en el Infierno en la Tierra de Brooklyn, pero que incluso así —y ahí— tiene unos derechos inviolables.

Lo estamos viendo ahora, en vivo y en directo: el fuerte decide: el débil protesta con voz bajita: muy bajita: y la protesta se archiva o se veta: la ONU, con todas sus miserias, ha sido desde 1945 el lugar donde el mundo ha intentado hablar antes de dispararse con una Luger en la sien: cuando se niega la palabra al contrario aunque este sea un hijo de la gran pedrada con inclinación a la tortura y a las piscinas con anacondas y pirañas y a las descargas en los huevos, lo siguiente es dar como buena una pelea entre Mohamed Alí y José Legrá… Pesado y peso pluma. Ustedes mismos.

Ayer, en una conversación de esas que solo por el tono ya se antojan importantes, un hombre mayor me soltó una frase sin literatura y con mucha verdad: lo llamaré don Silvestre: porque en los pueblos hay muchos don Silvestres que han visto pasar los imperios por la radio y las portadas del ABC: «cuando el poderoso se acostumbra a saltarse las reglas: el día que tú necesites una regla: no habrá ninguna que te proteja de un tiro al amanecer»: ¿tópico?: puede: solo que luego remató: «y entonces ya no habrá izquierdas ni derechas ni revoluciones: en las calles solo habrá miedo a que lleguen las tres de la madrugada, echen abajo la puerta y nos metan en un camión»: me quedé pensando que don Silvestre no estaba haciendo filosofía: estaba haciendo memoria: la memoria que a menudo falta en los despachos.

Así que el cierre es simple: o el mundo vuelve a sostener el principio de legalidad internacional o vuelve al siglo XIX con drones dirigidos por la inteligencia (¿) artificial: Venezuela no puede ser el laboratorio donde se normaliza el secuestro político por razones estratégicas: Groenlandia no puede ser el juguete retórico de un dirigente con apetitos territoriales irrefrenables dispuesto a hacer todo lo posible para llegar a los ciento cincuenta años: y Europa no puede seguir reaccionando como si todo fuera una serie de Netflix.

Y queda la pregunta final, la que aquí ya no admite postureo ni medias tintas: qué va a pasar con los políticos españoles que durante años han hecho negocio y amasado fortunas como arrimados al querer del chavismo: los mismos que hicieron de altavoz de un régimen podrido hasta el tuétano: y de muleta y a veces de maletas y también de mamporreros: y siempre engrasando coartadas salvadoras de la dictadura de Maduro: porque ahora, con el tablero dado la vuelta, lo más probable no es que se les encienda la conciencia: lo más seguro es que se recoloquen: que cambien de opinión y de amo sin rubor: que pasen de aplaudir a Caracas a rendir pleitesía a Washington: y que, como Delcy Rodríguez y los demás gerifaltes del régimen, se pongan también al servicio de Donald Trump si eso les garantiza saltarse la cola donde se espera un pollo que nunca llega: y nuevos privilegios: y contactos: y un puñado de dólares que guardar en los colchones de Suiza: o tal vez ahora mismo estén defendiendo la simple supervivencia política: y si a alguien le parece exagerado, que mire lo que está pasando en la izquierda española: callados como puertas: porque aquí ya no manda la épica ni la estética: menos aún los principios de las logias que se convirtieron en sucursales de YiPi Morgan: manda la cuenta corriente: y suena a lo lejos, otra vez, la misma canción de siempre: Money: dinero: dinero: dinero. Sálvese quien pueda. Esa es la consigna. ¿Y a los ayatolás que disparan al corazón de las hermosas y valientes iraníes quién los protege con sus silencios bovinos?