A veces me llega un correo que no se puede guardar en un cajón: no por conveniencia, ni por inoportunidad, menos aún por ganas de meter ruido, sino porque detrás de esas palabras hay una vida entera de servicio, como es el caso. Esto que hoy transcribo me lo ha hecho llegar un comandante de puesto de la Guardia Civil destinado en cierto pueblo de la Serranía de Ronda: un hombre al que conozco desde hace mucho, al que respeto y con el que me une una relación de amistad nacida de esas cosas que no necesitan demasiada explicación. Digamos que cuando me hizo falta, ahí estaba.
Me pide que guarde su nombre: y lo guardo. Me pide que publique su carta: y la publico. Me requiere para que se entienda su anonimato: y no como cobardía, sino como prudencia de quien sabe bien cómo se pagan a veces la independencia, el sentido del honor y la rectitud cuando rozan las alfombras del poder. Y acepto, encantado además, porque conozco mejor que bien la rectitud moral de quien me entrega estas líneas: un guardia civil de los de verdad, hijo, nieto y bisnieto de guardias civiles, formado en la Academia de Guardias Jóvenes, herido gravemente en el Campo de Gibraltar en la lucha contra el narcotráfico, comandante de puesto hoy en nuestra Serranía y hombre que lleva la Guardia Civil no como oficio, sino como si estuviera escrito en su ADN. No exagero.
Lo que sigue no es mío: es suyo. Yo solo le doy sitio en esta columna porque entiendo que sus palabras recogen, con respeto y con dolor, un sentir muy extendido dentro de la Benemérita en estos momentos graves por los que atraviesa la institución. Lo transcribo sin quitarle la vergüenza, sin rebajarle la exigencia y sin cambiarle el fondo: porque hay dolores que no se corrigen, simplemente se «escuchan» en cada palabra escrita. Y dice así:
«Con todo respeto, Señor presidente:
Le escribe un guardia civil.
No firmo con mi nombre. No lo hago por temor, sino por humana precaución. Conozco mi casa y sé lo que puede ocurrir cuando un guardia civil dice en voz alta lo que muchos piensan en silencio. La disciplina obliga, pero no obliga a dejar de sentir. Tampoco obliga a mirar con indiferencia aquello que pueda dañar el buen nombre de la Guardia Civil.
Tengo cincuenta años. Soy comandante de puesto en un pueblo de la Serranía de Ronda. No llegué a la Guardia Civil por casualidad. Nací dentro de ella, me crie en un cuartel y aprendí desde niño que el uniforme no era una prenda, sino una forma de vivir. En mi casa no se hablaba del honor, tan sólo se daba por supuesto; porque el honor era la medida de todas las cosas cotidianas.
Soy hijo, nieto y bisnieto de guardias civiles. Cuarta generación demostrable. Mi familia ha estado entregada por completo a la Guardia Civil, en los días duros más que en los placenteros, en los destinos que nadie quería, en las mudanzasapresuradas, en las ausencias por razones del servicio, en los pabellones pobres, en los silencios de madrugadas a la espera y en esas mañanas en que una madre disimula la preocupación para que los hijos no crezcan con miedo.
Después fui guardia civil. Pasé por la Academia de Guardias Jóvenes, donde uno entiende pronto que la Guardia Civil no es solo una profesión, sino una pertenencia. Es una familia grande, severa, sacrificada y muchas veces callada. Una familia que viene, en gran parte, de generación en generación: hijos de guardias que se hacen guardias, nietos que vuelven a ponerse el uniforme que vieron colgado en casa, muchachos que aprendieron a cuadrarse antes de saber explicar por qué.
Por eso lo que hoy está ocurriendo duele más.
Duele porque a la Guardia Civil no la miro desde una distancia administrativa. La Guardia Civil ha sido mi casa, mi escuela, mi paisaje y mi infancia. Cuando se pone en riesgo su buen nombre, no se hiere una institución abstracta. Se hiere algo que muchos guardias llevamos dentro desde niños.
Quede claro desde el principio: no condeno penalmente a nadie. No me corresponde. Serán los tribunales quienes determinen si existen delitos, quiénes los cometieron y qué responsabilidad toca a cada cual. Respeto la presunción de inocencia porque soy guardia civil y porque sin ella no hay Estado de Derecho.
Pero respetar la presunción de inocencia no impide formular una acusación moral. Y esa acusación moral, señor presidente, es la que aquí dejo escrita, en la esperanza de que alguno de sus cientos y cientos de asesores se la hagan llegar.
Yo acuso. Inculpo moralmente, sin perjuicio de lo que resuelvan los tribunales, a todos aquellos responsables políticos y orgánicos que estén permitiendo que la cúpula política y la cadena superior de mando de la Guardia Civil aparezcan ante España bajo una sombra incompatible con la historia de la Benemérita. Esa responsabilidad moral alcanza, en lo que a cada cual corresponda, al ministro del Interior, a la ministra de Defensa, a la directora general de la Guardia Civil, al director adjunto operativo y a cuantos «leires, koldos, aldamas y serranos», hayan podido tolerar, favorecido o no corregido una situación que pone en riesgo el prestigio de una institución ejemplar desde que la fundara el duque de Ahumada en 1844.
La Guardia Civil se llama Benemérita por algo. No fue un regalo ni una etiqueta gratuita. Se ganó ese nombre sirviendo, llegando donde otros no llegaban, en caminos, montes, pueblos, carreteras, incendios, riadas, accidentes, casas aisladas, noches con metro y medio de nieve y funerales sin causa natural. Se ganó ese nombre con guardias civiles que cumplían sin pedir nada y con familias que también cumplían sin que nadie les hubiera tomado juramento.
La Guardia Civil no es una fuerza extraña al pueblo español. Nació de él, vive entre él y le sirve. Sus hombres y mujeres son hijos del pueblo: hijos de labradores, de obreros, de pequeños comerciantes, de funcionarios modestos, de familias humildes que aprendieron pronto el valor del esfuerzo y del mérito, de la palabra dada y del deber cumplido. Nadie sirve mejor al pueblo que quien procede de él y conoce sus caminos, sus miedos, sus necesidades y su manera de mirar el mundo.
Por eso la Guardia Civil no puede ponerse al servicio de intereses particulares ni de conveniencias políticas. Sirve al pueblo soberano y está al servicio permanente de la Nación. No obedece a unas siglas, no pertenece al Gobierno, nicustodia carreras personales. Custodia la ley, el orden público, la seguridad de los españoles y la continuidad moral de una institución que se ganó con sacrificio el nombre de Benemérita.
Mi padre fue jefe de línea en el País Vasco durante los años llamados de plomo. No hablo de oídas ni de recuerdos ajenos. Hablo de mi familia y de una época en la que vestir el uniforme podía equivaler a una condena de muerte. Hablo de bajos de coche revisados cada mañana, de itinerarios cambiados, de funerales con viuda y cuatro huérfanos menores, hablo de miradas torcidas y amenazas, de niños que aprendían pronto a callar la profesión del padre, de mujeres pendientes de una que se abría a deshora y hablo de compañeros asesinados por cumplir con España.
En aquellos años, la Guardia Civil sostuvo al Estado cuando sostenerlo costaba sangre. Lo hizo sin preguntar qué Gobierno ocupaba La Moncloa. Lo hizo por la ley, por España y por los ciudadanos de todo signo. También por los que callaban por miedo y por los que miraban hacia otro lado. Aquellos guardias no fueron hombres de partido. Fueron servidores del Estado. Muchos pagaron con la vida. Y usted, señor presidente, lo sabe.
También yo conocí destinos donde el uniforme no era bien recibido. Conocí el País Vasco de los odios explosivos y también los pueblos de la Cataluña más profunda donde algunos radicales independentistas trataban al guardia civil como si fuera una intrusa en su propia patria. Desprecios, silencios, gestos, pintadas, miradas de odio… hasta que sucedía una catástrofe y esos mismos radicales eran los primeros en tocar la puerta de la Casa Cuartel. No siempre hacen falta disparos para que una familia sepa que está marcada. A veces basta con que un hijo sepa que no debe decir en el colegio dónde trabaja su padre.
Lo han sufrido muchas familias de la Guardia Civil, casi siempre sin titulares, sin declaraciones solemnes y sin compensación alguna. Las mujeres, sobre todo. A ellas se les debe una justicia que casi nunca llega.
Las mujeres de la Guardia Civil han sostenido el Cuerpo tanto o más que muchos hombres que vistieron uniforme. Mi madre, mi abuela y tantas otras supieron lo que era preparar una mudanza sin preguntar demasiado, criar hijos en casas cuartel, compartir patio con otras familias, educar en la prudencia, callar preocupaciones propias y apoyar las de los demás, y esperar al marido que salía de servicio, al padre que no llegaba a comer, al guardia que hacía una correría de dos días a caballo y dormía en el campo, sin teléfono, sin luzsuficiente, sin vehículo y sin saber qué le esperaba al día siguiente.
En aquellos cuarteles rurales perdidos por los pegujales de España no había comodidades. Lo extraño era que hubiese luz eléctrica, faltaba el teléfono y faltaba hasta un cuarto de baño digno. Había un puesto, una sala de armas, unos pabellones humildes, un patio común, una bandera, unas ordenanzas enmarcadas, una mesa para escribir atestados y un sentido colectivo del deber que hoy algunos parecen no comprender.
Los guardias salían de correría dos días. Iban a caballo. Dormían donde podían, con la manta sobre la tierra, el capote por almohada, la caballería yerbeando cerca y el arma a mano. La familia quedaba en el cuartel. La mujer se hacía cargo de todo. Si no había escuela, enseñaba a los niños; si no había iglesia, alguna rezaba el rosario; si una familia pasaba algún apuro, las demás acudían. Había empleos, galones y estrellas, pero la fatiga igualaba mucho. Allí se aprendía que la Guardia Civil era familia antes de que nadie lo dijera en un discurso.
Yo mismo fui herido gravemente en el Campo de Gibraltar, en la lucha contra el narcotráfico. Lo digo sin alarde. Lo digo porque explica parte de esta carta. Uno no puede hablar del servicio solo desde la teoría cuando ha visto de cerca hasta dónde puede llegar la violencia de quienes desafían al Estado. En el Campo de Gibraltar aprendí que el narcotráfico no es una palabra de telediario, sino una amenaza real, organizada, agresiva y capaz de convertir barrios enteros en territorio de miedo. Allí también la Guardia Civil estuvo y está donde debe estar, muchas veces con más voluntad que medios, con más honor que reconocimiento por parte del ministro.
Por eso me duele lo que ahora ocurre.
Me duele que unidades ejemplares como la UCO puedan ser tratadas como un estorbo cuando cumplen con su deber ante los tribunales. La UCO no es un enemigo del Estado. Es una garantía del Estado de Derecho. Investiga, documenta, informa y pone los hechos a disposición judicial. Si alguno de sus miembros falta a la ley, que responda. Pero si lo que molesta es que investiguen con rigor, entonces el problema no está en la UCO. El problema está en quienes temen que la Guardia Civil llegue hasta el final.
Ningún guardia civil debe recibir el mensaje de que investigar al poderoso puede costarle el destino, el ascenso, el nombre o la tranquilidad de su familia. Ningún guardia civil debe sospechar que la verdad pesa menos cuando afecta a determinados cargos políticos ni debe verse obligado a elegir entre la Cartilla y la conveniencia de un superior.
La disciplina es esencial. Sin disciplina no hay Guardia Civil. Pero la disciplina no puede convertirse en mordaza. La obediencia no justifica la indignidad. La jerarquía no puede servir para tapar lo que debe conocer un juez. El honor, principal divisa del Cuerpo, debe obligar más a quien manda que a quien patrulla a pie de calle.
Y aquí, señor presidente, debo decir por qué me oculto.
Me oculto porque estoy harto de ver cómo la presión política, la traición y la deslealtad más absoluta cuestionan el nombre de los mejores. Y cuando digo los mejores, no quiero olvidar al coronel Diego Pérez de los Cobos, hombre sin tacha, guardia civil recto, servidor del Estado. A él se le ha negado el ascenso al generalato, y muchos guardias civiles entendemos que no por falta de mérito, sino por haber estado antes al servicio del pueblo español y de la nación española que de rodillas ante los poderes políticos o los partidos.
Eso lo ve el guardia de puesto, el que vigila las costas, el que instruye diligencias, el que firma informes, el que ha pasado media vida obedeciendo órdenes rectas y sabe distinguirlas de las órdenes dictadas por la conveniencia. Lo ve el veterano que ya no se asusta de casi nada y lo ve el joven guardia que empieza a entender que la ejemplaridad puede salir cara cuando incomoda al político de turno.
Por eso el anonimato no es cobardía. Es cautela y es la triste prueba de que algo no va bien cuando un guardia civil necesita ocultar su nombre para defender el honor del Cuerpo.
A un guardia civil de puesto se le exige todo: puntualidad, compostura, limpieza, objetividad, obediencia, templanza, respeto al ciudadano y sujeción estricta a la ley. Si se equivoca, se le corrige; si se excede, se le sanciona; si falta gravemente, se le aparta. Así debe ser. Pero esa exigencia no puede quedarse sólo abajo. Tiene que subir hasta los despachos, hasta quienes dirigen, nombran, cesan y nos representan.
Señor presidente, usted es el responsable político último del Gobierno que dirige la Guardia Civil por los cauces establecidos en la ley. No puede mirar lo que está pasando como si fuera una incomodidad pasajera. No basta con decir que la justicia actúe. Somos muchos los que pensamos que ha llegado el momento de las dimisiones.
La justicia debe actuar y actuará. Pero la política también tiene deberes. Hay decisiones que no condenan penalmente a nadie, sino que protegen a la institución. Apartarse de un cargo no es confesarse culpable. A veces es la única forma decente de no arrastrar al Cuerpo que se representa.
La Guardia Civil no pide homenajes vacíos, ni discursos cuando muere un agente ni fotografías cuando una operación sale bien. Pide respeto, protección para quienes investigan, garantías de que sus unidades no trabajen bajo sospecha de presión política y, sobre todo, pide una Dirección General que jamás pueda ser percibida como obstáculo frente a la justicia. Reclama que la palabra honor no se pronuncie solo en los actos solemnes, sino también en las decisiones que se toman en La Moncloa.
La Benemérita ha soportado terrorismo, asesinatos, amenazas, campañas de odio, sueldos insuficientes, pabellones indignos, destinos duros, soledad familiar y desprecio de quienes luego la buscan cuando tienen miedo. Ha enterrado a sus hombres, ha visto crecer viudas y huérfanos con pensiones de miseria, ha soportado que servidores ejemplares fueran cuestionados precisamente por haber cumplido con rectitud. Pero no debe soportar que su buen nombre quede en riesgo por quienes deberían custodiarlo.
No debe soportar que se señale al investigador mientras se protege al investigado, o mientras la sociedad percibe que eso puede estar ocurriendo, ni que la Cartilla obligue al guardia de puesto y quede suspendida en las alturas de los despachos y estrellas de la Dirección General.
Yo escribo desde un puesto de la Serranía de Ronda, desde un lugar donde la Guardia Civil sigue siendo cercana, necesaria y reconocible. Aquí el cuartel no es una idea, sino una puerta que se abre, una llamada de madrugada, un accidente en una carretera secundaria, un monte que arde, una denuncia difícily una patrulla que sale, un vecino que entra sin pedir cita y confía porque antes confiaron su padre y su abuelo. En muchos pueblos de España la Guardia Civil no llegó ayer: lleva generaciones formando parte de la vida de la gente. Sus guardias son hijos del pueblo, sirven al pueblo y, al hacerlo, sirven a la nación entera.
Desde ahí le digo que la Guardia Civil merece limpieza, respeto, mandos ejemplares, investigadores que trabajen sin temor y guardias civiles honrados que no tengan que bajar la mirada por culpa de quienes ocupan cargos superiores.
Mantengo el anonimato por temor fundado a represalias. No me escondo para eludir responsabilidad moral. Me reservo el nombre porque he visto lo ocurrido a guardias civiles ejemplares cuando su criterio profesional no coincidió con la conveniencia política. En un Cuerpo disciplinado, el miedo a la represalia no siempre se confiesa. Pero existe. Y cuando existe entre quienes han jurado servir a España, algo grave falla en la cadena moral del Estado.
Por eso, y no por otra razón, acuso moralmente, sin perjuicio de lo que resuelvan los tribunales, a todos los responsables políticos y orgánicos que estén permitiendo que se ponga en riesgo el buen nombre de una institución ejemplar que por algo se llama Benemérita.
Solo pido que sus órdenes sean rectas y nazcan del honor, y que cese a quienes pudieran haber pedido a la Guardia Civil «ponerse de perfil» ante el delito. Ni el dictador Francisco Franco pudo disolver a la Benemérita. Y bien que lo intentó.
Un guardia civil en funciones de agente judicial sólo responde ante el juez. Y ante nadie más.
A sus órdenes, señor presidente.»