«Parva saepe scintilla contempta magnum excitavit incendium.» (Una chispa pequeña y despreciada a menudo ha provocado un gran incendio).
Regla de San Benito, cap. 6
Se ha perdido Frida.
Y con ella —aunque nadie haya escrito aún el parte oficial— se ha extraviado también una de esas pequeñas constelaciones vivientes que orbitan calladamente en el vasto e inaprensible misterio de la Creación.
Frida era una gata coja. De la patita delantera derecha. Tenía el pelaje entre gris y blanco, como si la hubieran pintado deprisa y con ternura, y caminaba con ese desacompasado ritmo que, al poco de tratarla, uno ya no veía como un defecto sino como el paso-a-tres de una danza tan caprichosa como esnob. Era, sin saberlo, heredera de otra Frida —la Kahlo—, quien con tanto acierto pintó el dolor hasta volverlo trono y corona. También Frida, nuestra Frida gatuna, parecía llevar esa dignidad en cada pasito torcido. No era menos gata por ser coja. Era, quizás, más regia. Reina de su alfombra solar, emperatriz de los alfeizares y los tejados humildes: descubridora del alma de los árboles al rozarse con sus tres patitas buenas contra ellos.
Ahora bien, hay nombres que no sólo nombran: profetizan. Cuando uno llama Frida a una gata no espera que acabe coja, pero tal vez no está sólo bautizando: está escribiendo un destino. No es que la cojera viniera después del nombre, pero es imposible no entrever, ahora, ese misterioso reflejo: tan causal: tan merecedor de un matemático o un poeta capaces de encontrar la relación que hay entre las palabras y la vida en este rincón del universo.
Como si el mundo —ese que Chesterton decía que está hecho a base de guiños— nos hubiera querido decir algo para lo que no estamos preparados. A veces uno cree elegir el nombre de un animal; pero otras veces, el nombre elige a su criatura. Y entonces ya no hay escapatoria: ni del arte, ni del dolor, ni de la belleza que no pide permiso.
No es difícil imaginar que quien no ha amado a un animal cojo tampoco ha entendido del todo la geometría secreta del mundo. Mis alumnos, prácticos como sólo pueden ser los que aún creen que todo se puede explicar en la vida, dicen que lo más probable es que se la haya llevado un aguililla entre las garras. Puede que así fuera.
—Como ya no quedan conejos… —dicen.
Y la vida —siempre feroz, siempre selva— no se detiene a preguntar por lo que amamos. Pero Frida no era un conejo creado para ser alimento de aguiluchos y búhos. Era una criatura de la parte superior de la pirámide. Y cada criatura —como entendía san Francisco en la más alta de sus comprensiones y en la más humilde de sus miradas— lleva consigo un trozo de Creación, así, con mayúscula. Como un fragmento del primer día, todavía tibio, todavía inocente. Perder una criatura, por pequeña que sea, es como perder una sílaba del Génesis. También hay algo que te dice que has fallado a quien te la confió al dejarla a tu cuidado.
Y ahora Bruno, mi teckel —que no se llama diablillo, pero lo es— anda buscándola con la desesperación de quien intuye lo peor. No con ansiedad teatral ni con lamentos calcados de los humanos, sino con la perseverancia terca del que ha perdido una rutina casi sagrada. Se conocieron como se conocen los verdaderos amigos: no sin esfuerzo. Hubo al principio celos, encontronazos, carreras intempestivas, ladridos teatrales y hasta algún zarpazo mal calculado. Pero la amistad —como la música, como el arte, como los grandes amores— no es instantánea: necesita entrenamiento. Y entrenaron. Se olieron, se midieron, se evitaron, se vigilaban de reojo como dos actores que aún no saben si están en la misma obra. Hasta que un día, sin anunciarse, ocurrió la rendición mutua. La confianza. Y ya nada volvió a ser lo mismo. Desde entonces, Bruno tenía una compañera. Y Frida, un centinela.
En medio de esta historia —que no lo es del todo, sino más bien algo más parecido a una plegaria sin forma— brilla también la labor, callada y heroica: sí, qué pasa, he escrito heroica y mis razones tengo: de la Protectora de Animales de Ronda, que ya ha salido a buscarla. No es la primera vez que lo hacen, que Frida resultó callejera y tan rebelde como su tocaya mejicana. Lo hacen con la entrega de quien entiende que el universo: la magia de la Creación: no se cuida solo, que la ternura debería ser un deber civil y asignatura obligada en las escuelas, y que no hay criaturita o bichejo demasiado pequeño para no ser salvado. Algunos brutos llaman a esto, no sin intención de herir, «loca sensibilidad extrema» o «histeria animalista», y hasta no faltan los bárbaros que tildan el desvelo por el bienestar animal de filia propia de gentes ociosas. Yo lo llamo humanidad, sin más. Tengan la seguridad plena de que quienes no se conmueven con la cojera de un gatito tampoco lo harían frente al chinchorro donde unas monjitas Concepcionistas cuidan de los enfermos de sida.
Y no es poca cosa lo que hacen. Porque cada vez que alguien se desvive por un gato, por un perro comido de sarna, por un ser que no habla nuestro idioma pero que entiende: y enciende: nuestro corazón, se amplía un poco más el perímetro de lo humano. No hay ley que lo exija, ni recompensa inmediata. Y, sin embargo, ahí están. Los amigos de la protectora salen con linternas, preguntan en calles silenciosas, ponen carteles, apoyan desde las redes, se arrastran entre zarzas, revisan contenedores y alcantarillas, y ansían escuchar maullidos que no llegan nunca. Lo hacen sin ruido, sin épica, sin más aplauso que el reconocimiento concentrado en la miradita de una criatura a salvo. No es el caso de Frida, pero antes hubo muchos finales felices. Y los seguirá habiendo.
Puede que todo esto no parezca gran cosa, pero tal vez —como cantaba san Francisco— el cielo también tiene su lugar reservado para los animales. No en el sentido «técnico» de un teólogo, sino en el sentido más alto de un santo: el que no entiende la Creación como una jerarquía de utilidades, sino como un coro de maravillas de valor incalculable. Un coro en el que también hay hueco para un ladrido, un ronroneo, una patita coja. Y quienes se preocupan por devolver una vida a su sitio no están sólo buscando un gato: están afinando un piano: el alma del mundo.
Si todo esto suena a exceso, si alguien piensa que tanto revuelo por una gata cojita roza lo cursi o lo excéntrico, solo puedo decir que nunca ha leído un buen libro con un gato ronroneando en el regazo. Porque hay gestos que justifican la existencia entera de la especie humana. No digo que sea el único ni el más importante. Simplemente es uno de ellos. El hombre que lee con un gato encima de las rodillas es más de fiar que el que lo hace con un talonario o, lo que sería peor, con un arma de doble filo, que lo mismo te hiere como mata al vecino. El hombre que lee con una gatita coja a los pies, cuidando de no pisarla ni despertarla, salva algo del mundo sin saberlo.
Chesterton —que era grande hasta cuando hablaba de paraguas y teteras— entendía que lo pequeño está lleno de prodigios, y que el milagro mayor no es caminar sobre las aguas, sino caminar en general. Más aún si se camina con una pata coja y la cabeza alta.
“Una aventura es, por definición, el resultado de una desproporción gloriosa entre una criatura ordinaria y un mundo inesperado.” G.K. Chesterton.
Y tal vez —solo tal vez— Frida no era una gata más, sino una de esas criaturas que nacen ya envueltas en la lógica invisible del milagro. El que haya una protectora entera buscándola no es sentimentalismo: es justicia poética. Que le pusiéramos por nombre Frida pudo ser ya un acto profético, un conjuro dulce que le reservaba una cojera tan suya e intransferible como su alma felina.
Quizás Frida vuelva. Quizás no. Pero si lo hace, no será un simple regreso. Será una página más en ese Evangelio no escrito donde también los animales tienen su bienaventuranza: recuerda: parábola del hijo pródigo.
Y si no vuelve, que no digan que se perdió una gata. Se habrá perdido una criaturita que encarnaba la Creación. Una criatura que nos recordaba, cada día, que lo torcido también puede ser hermoso, y que en la cojera —como en el arte— a veces hay más verdad que en la simetría.
En agradecimiento de la labor que realiza la Protectora de Animales de Ronda. Gracias.