Ahora que llegan las notas conviene decir algo que parece que se nos olvida todos los años: los muchachos suspenden: han suspendido siempre y seguirán suspendiendo mientras haya adolescentes, boletines, profesores «hueso», padres preocupados y madres que miran las notas en la aplicación del iPasen dos veces, a veces tres, por si aquello que pone allí no fuera cierto. No hay que hacer de cada suspenso una tragedia doméstica ni de cada boletín una sentencia definitiva: hay que preocuparse, claro que sí, hay que hablar, ordenar, exigir y poner remedio en la medida de lo posible, pero sin perder la cabeza, porque esto ha sido así desde el principio de los tiempos y porque, en materia de educación, los caminos no siempre son rectos ni se sabe nunca por dónde va a salir cada cual.
Yo tengo un ejemplo muy cercano, de esos que valen más que muchos discursos: uno de mis hermanos, cuando cursaba octavo de EGB, suspendió todas las asignaturas. Y cuando digo todas, quiero decir todas: no es una exageración para darle gracia al artículo. Le quedaron todas, incluida la educación física, los trabajos manuales y la religión, que ya tiene su mérito, porque suspender religión en aquellos años era tanto como no saber santiguarse cuando nos subíamos en el viejo R-10 familiar y mi padre: con sus mitones de conducir: metía primera y se lanzaba por aquellas carreteras de entonces: recuerda: cambios de rasante sin fin y curvas de doscientos cuarenta grados.
Mi hermano estaba interno conmigo en la Residencia Pedro de Valdivia, en Villanueva de la Serena, aunque él asistía a un colegio nacional: yo, en cambio, estaba ya en el instituto. Eran aquellos años en que uno salía de su pueblo para estudiar y terminaba aprendiendo también a espabilarse, a convivir con las hambres y las duchas frías, a echarle huevos a los abusones, a hacer de menos la cama propia y a entender que la vida no siempre se organizaba como quería la familia, sino como iba surgiendo.
Mi padre, naturalmente, fue a hablar con el director del colegio, don Elías. Iba preocupado, como habría ido cualquiera: no era para menos. Que a un hijo le quede una asignatura se lleva con disgusto: que le queden dos, con preocupación: que le queden todas, pues eso, que se lleva con una especie de silencio franciscano en el que ya no se sabe si regañar, rezar, volver a leer las notas o preguntarse en qué momento exacto se torció aquello.
Mi padre le preguntó a don Elías qué podía hacer, qué solución veía, porque la cosa no parecía poder arreglarse con los consejos al uso ni con las amenazas habituales, que por lo visto tampoco habían dado mucho resultado. Y don Elías, que debía de conocer muy bien el caso y que además tenía fama por su ojo certero en cuestiones pedagógicas, le dijo:
—Don Florentino, cómprele usted una guitarra.
Mi padre se quedó de piedra.
—¿Cómo le voy a comprar una guitarra si le han quedado todas?
Y don Elías insistió, sin perder la calma:
—Hágame usted caso: cómprele una guitarra y búsquele un profesor de música para este verano.
Aquello, dicho así, parecerá una barbaridad, una contradicción educativa en toda regla. Mi padre había ido a buscar una solución académica y salió de allí con la escala musical clavada entre las cejas: pero don Elías no hablaba por hablar. Don Elías sabía que mi hermano, sin tener todavía la edad necesaria para andar en esos menesteres, estaba practicando la guitarra, la bandurria y el laúd con la tuna del internado, donde, por su facilidad en el dominio de los instrumentos de cuerda, hacía las veces de mascota. Iba con nosotros, nos miraba, nos imitaba y aprendía como aprenden los muchachos cuando algo les gusta de verdad: sin que nadie tenga que perseguirlos con un horario ni con una amenaza. Pero no tenía instrumento propio: de ahí vino el empeño de don Elías en que mi padre le comprara aquella guitarra. Y, visto lo que pasó después, creo sinceramente que acertó.
Y mi padre se fue derecho a la Armería Deportes Paredes, que estaba en la calle principal de Villanueva, un establecimiento entrañable que vendía de fiado, y cuyos escaparates tan austeros como limpios recordarán todavía muchos de los que me leen por internet. No era una tienda cualquiera: tenía las cosas propias de la caza, prendas y material de deportivo, además de un espacio bastante amplio dedicado a la música: todo junto, pero nada revuelto, quede claro. Allí me compró mi abuelo Manuel una raqueta Wilson que le costó trescientas pesetas, que entonces era dinero y sonaba a inversión importante, casi a entrada en Wimbledon, aunque luego uno jugara donde pudiera y como pudiera, peloteando a los suertudos cuyas familias tenían pista de tenis. Y allí mismo, en la sección dedicada a la música, mi padre compró la guitarra de la discordia, que mi hermano, dado el «éxito» académico obtenido no se esperaba ni por asomo. De la casa Soler Hermanos: un año estuvimos pagándola a plazos.
En aquella sección de música vendían desde cuerdas de guitarra a cuerdas de bandurria e instrumentos musicales que hoy día serían de difícil adquisición a no ser en las grandes cadenas o en las tiendas especializadas de las ciudades. Pero entonces una ciudad mediana, como era el caso de Villanueva de la Serena, tenía el privilegio de disponer de una tienda extraordinaria como la Armería Deportes Paredes: uno entraba allí y podía salir con una escopeta Sarasqueta, con unas botas Chiruca, con una raqueta Wilson de madera, con unas cuerdas de bandurria del Gato Negro o con una guitarra Soler: de la gama inferior, pero Soler al fin: destinada a salvar, quién sabe de qué manera misteriosa, el curso y quizá algo más que el curso de un muchacho.
Mi padre volvió a casa con la guitarra prácticamente escondida en el asiento trasero del R-10: una prueba peligrosa que convenía retirar pronto de la vista. Intentó ocultarla debajo de la mesa del despacho, pero no tuvo suerte: mi madre la descubrió, como sólo las madres descubren las pequeñas trampas familiares. Y, sabiendo ya que a mi hermano le habían quedado todas, se limitó a decir:
—¿Capaz has sido?
No hizo falta más. Esa frase lo decía todo: decía sorpresa, reproche, incredulidad y también esa manera que tenían las madres de resumir en tres palabras lo que otros necesitarían explicar en una conferencia. Mi padre contestaría: supongo: poco más o menos que don Elías se lo había recomendado, que él confiaba su criterio de buen maestro y que además iba a buscarle un profesor.
Y así fue: le compró la guitarra y le buscó como profesor un chico que trabajaba de dependiente en una tienda de tejidos, pero que era un virtuoso las cuerdas: quinientas pesetas al mes: lo recuerdo como si fuera ahora.
Pasó el verano. Mi hermano no se presentó a ninguna asignatura: repitió octavo. Y desde entonces, desde aquella repetición hasta hoy: no volvió a suspender una sola asignatura. Luego hizo su carrera, y además con muy buenas notas. Aquel muchacho al que le habían quedado todas, hasta las que parecía imposible suspender, salió adelante y no volvió a tropezar de aquella manera. El instrumento musical de la discordia, tan mal recibido en casa y tan deseado por él, dio su resultado.
Por eso cuento esta historia: no para decir que haya que comprarle una guitarra a todo niño que suspenda, porque entonces habría familias arruinadas y patios de vecinos convertidos en orquestas desafinadas. La cuento porque a veces conviene mirar al muchacho entero y no solo al boletín: conviene preguntarse qué le pasa, qué le falta, qué le mueve, qué le puede ayudar a engancharse a algo que sea tan sólido como una tabla de salvación al alcance de un náufrago. A veces habrá que estudiar más, desde luego: otras veces habrá que poner orden en la tarde, quitar distracciones, hablar con los profesores o dejarle claro al «niño» que en la vida hay obligaciones. Pero otras veces hace falta encontrar una cuerda por donde tirar, aunque esa cuerda sea, literalmente, la de una guitarra.
Los padres, cuando vemos malas notas, tenemos tendencia a imaginar un desastre completo. Ya lo vemos todo perdido: vemos al muchacho sin futuro, la carrera hundida, la vida torcida y el porvenir dando vueltas por las cunetas. Y no es eso. Un suspenso es un suspenso: varios suspensos son varios suspensos: y todos juntos son un aviso muy serio, sí, pero no son una condena perpetua.
Hay que exigir, pero no aplastar las ilusiones. Hay que corregir, pero no hundir. Hay que hablar claro, pero sin convertir la casa en un juzgado. Porque un niño, un adolescente, puede estar perdido en junio y reencontrarse a sí mismo en septiembre: puede fallar un año, desde luego, pero no está escrito que eso suponga fallar la vida entera. El mundo en la vida de una persona no se acaba por tener una mala racha: ni se hunde ni es el fin. La cuestión es saber reconocer, aceptar, ponerle nombre al tropiezo y empezar otra vez sin dramatismos inútiles y sin esa crueldad torpe que a veces confundimos con autoridad.
A mi hermano le quedaron todas. Mi padre fue a hablar con don Elías. Don Elías le recomendó una guitarra porque había visto algo que los demás no habíamos visto del todo. Mi padre la compró en la Armería Deportes Paredes. Intentó esconderla en el despacho. Mi madre dijo aquello de «¿capaz has sido?». Y la historia, que parecía empezar fatal, terminó bastante bien.
Así que, si estos días llega un boletín no precisamente bueno a su casa, que no se les ponga el cuerpo malo a los padres. Preocúpense, sí: hagan lo que haya que hacer: pongan orden: organicen el verano: hablen con quien tengan que hablar. Pero no den al muchacho por perdido antes de tiempo. La educación tiene estas cosas: a veces entra por la cabeza, otras por la obligación, otras por la vergüenza de repetir, otras por el cansancio de verse siempre en el mismo sitio y otras, quién lo iba a decir, por una guitarra comprada en la sección de música de una armería de Villanueva de la Serena.
Y termino deseando unas vacaciones extraordinaria a todos los profesores y maestros que bregan a diario con nuestros hijos: a los que corrigen con cariño, a los que los aguantan cuando sopla levante, a los que explican dos veces, tres veces y las que hagan falta, y a los que todavía conservan esa rara virtud de mirar a un muchacho no como un expediente cerrado, sino como una posibilidad abierta. Afortunadamente, aquellos maestros que creían que la letra con sangre entra, incluidos algunos que iban de progresistas mientras repartían guantazos como panes de kilo y medio, nada tienen que ver con las bondades pedagógicas de un don Elías, que ante un remolque de calabazas como el de mi hermano en octavo de EGB no recomendó aumentar el castigo, ni acortar más la cuerda, ni convertir el verano en una cárcel con libros, sino comprarle una guitarra. Y acertó. Acertó porque vio algo que otros no habíamos visto: que aquel muchacho no necesitaba solo una bronca, sino una tabla a la que subirse en espera de que la tormenta amainase.
Así que felices vacaciones a los buenos docentes, a los que saben exigir sin humillar y corregir sin romper las ilusiones, y también a las familias, que bastante tienen con querer acertar casi siempre sin saber del todo cómo. El curso que viene, Dios dirá. Y mientras Dios dice algo, aunque sea por señas, conviene que nosotros no hundamos antes de tiempo lo que todavía puede levantarse. Además, qué leches, ¿se han fijado en que estamos vivos?