Hace algunos años, cuando el periódico Ronda Semanal era todavía propiedad de esta casa, publicamos una especie de columna trinchera en la que rendíamos homenaje a personas de las que de verdad han «hecho ciudad», muchas veces desde el anonimato y siempre desde la más educada de las distancias ante cualquier tipo de protagonismo. Creo que acertamos como pocas veces dando voz y poniendo rostro a persona sencillas, sinceras en sus opiniones y postulados, y siempre, siempre repito, auténticas y sin revés.
Victoriano Borrego fue una de las figuras del paisaje rondeño que más merecidamente, a mi entender, ocuparon sitio en aquel escaparate al que le dimos el título deBuenagente. Su retrato y lo que sobre él dijimos no tiene desperdicio a pesar de su brevedad.
Añado hoy, con el bueno de Victoriano ausente ya definitivamente de Ronda: «su Ronda»: que tuve el privilegio de contarme entre sus amigos desde que llegué a esta ciudad hace ya casi cuarenta años: y fue gracias a su amistad que tuve acceso a tantas y tantas anécdotas como acumulaba en su cabeza y en su mirada y en sus ademanes de hombre al que los años habían enseñado a esperar desde el convencimiento de que es el tiempo, y sólo el tiempo, el que acaba poniendo a cada uno su sitio. Para un libro darían tantas anécdotas y ocurrencias. Algunas las tengo bien guardadas.
También tenía sus heridas… Me las callo. No es fácil cabalgar el purasangre de la sinceridad en ciudades del tamaño de la nuestra. El gen cainita, la envidia, el algo habrá cuando el río suena… Qué quiere usted que le diga.
Pero, al menos para mí, Victoriano fue una persona con la retranca de un Séneca serrano, la lágrima fácil del que conoce mejor que bien las debilidades del ser humano y un pasador de páginas que parecía vivir para el olvido.
Descanse en paz. Desde Ronda Directo un pésame tan grande como solo merecen personalidades de su talla inmensa. No quiero pecar de cursi en esta despedida, pero me gustaría cerrar con el recuerdo de una tarde en la terraza del Victoria. Hablábamos de las cosas más peregrinas enfrentados a las sierras. De improviso y sin que viniera al hilo de la conversación, Victoriano suelta el vaso, se echa las gafas abajo, me mira y señala un punto en el infinito del paisaje: «Parecen que son ellas las que nos miran». Y se quedó tan fresco. Tal cual. Como el que vive en la conciencia de que cuando nosotros nos vamos, los atardeceres, los cielos más que azules, la levedad del viento, la pureza del aire… todo lo que son estas sierras de abismos tan apurados como infinitos seguirán aquí para que otras mil generaciones lo disfruten.
Corazón inmenso, carácter tan particular y a veces tan afilado como un florete de aceros y damascos… Victoriano Borrego. Lo que sigue es, tal cual, lo mismo que publicamos hace ya casi diez años. Esto dije:
Victoriano Borrego: Memoria y decencia de la calle
Ya solo se deja seducir por las cosas pequeñas. Los mismos detalles que después plasma, o cincela, más bien, en «sus» Ecos del Tajo: la columna de opinión más antañona de la prensa rondeña: un cuarto de siglo dando fe de cuanto sucede… o debería suceder. Todo un mérito que define la personalidad de quien ni se humilla ni hace concesiones al Poder. Victoriano es empecinado y orgulloso, nunca soberbio, por más que la vida le enseñase a marcar distancias.
Cuando le pregunto por qué se la juega cada semana, contesta: «Por la verdad de la gente sencilla. Yo solo recojo lo que está en la calle». Se entiende que haya acabado ejerciendo de cronista oficioso de esta ciudad de alocadas levanteras donde los políticos si algo temen es verse retratados en la brevedad de los Ecos de don Victoriano Borrego.
Mirada directa al corazón: una mirada: puro sentimiento: que refleja la realidad de una ciudad que conoce como pocos. «Las fotos en la Alameda», dice. Y no es capricho, sino recuerdo de los años en que fue delegado de Parques y Jardines en tanto que concejal del ya inexistente Partido Socialista de Andalucía.
Qué queda del andalucismo, pregunto. «Los recuerdos, la emoción, la memoria de haber trabajado por el pueblo sin pedir nada a cambio». Y me cuenta, mejor, me dibuja, aquel mitin fiesta de Carlos Cano en el recinto de festivales de la Alameda: pura mitología: De Ronda vengo, lo mío buscando…
Quisiera extenderme y hablar del negocio de coloniales de su padre, recordar sus vínculos con los toreros de Ronda, de su agenda con números exclusivos que siempre le cogen el teléfono… Pero me quedo con el Victoriano entrañable que pasea la ciudad con la misma dignidad que los personajes de la Carmen de Mérimée. Me quedo con el Victoriano al que se le llenan los ojos de niebla con el recuerdo de Vicente Becerra: «Un hermano…», dice: cuando transformaron el gremialismo vertical de la Caja de Ahorros de Ronda en el SECAR: sindicato que incluía al 80 % de la plantilla. Se dice pronto.
«Amo a esta ciudad, crecí con sus tradiciones… Es mi vida», afirma. Y yo me pregunto cuánto le deben a Victoriano la Semana Santa, o la romería de la Virgen de la Cabeza, los carnavales… O la fundación de Los Bandoleros, que cantaron por primera, y no sé si única vez, una misa con acento andaluz en la mismísima catedral de Santiago de Compostela. Gustaron tanto que el deán ordenó repique de campanas.
Abro el año con alguien tan bueno como duro de mollera: a partes iguales. Otro día hablaremos de la decencia a la hora de cumplir con las propias ideas. O de cómo la Virgen de las Angustias fue la primera en lucir la bandera de Andalucía, cuasi ilegal por entonces. Victoriano: hablo de usted y digo que salud y muchos Ecos más.
(Esto escribí entonces. Y escrito queda).