miércoles, 17 abril 2024
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Ni más ni menos que usted

«El despertar de Andalucía» tenía por título un escrito que Rojas-Marcos, don Alejandro, incluyó allá por 1980 en un libro que bajo el lema de “Hacia una Andalucía libre” aglutinaba distintas visiones de nuestra comunidad autónoma. Participaban en él escritores y políticos de todas las ideologías.

El librito en cuestión cayó en el olvido. Sin embargo, aunque solo sea por la franqueza tan ingenua con que los articulistas volcaban sus ideas y proyectos en aquellas páginas entrañables que ya soportan cuarenta y tres años, no estaría de más retomarlo como cuaderno de bitácora, y más ahora, cuando los carlistones del Norte se aprestan: una vez más: a intentar el desmantelamiento de un Estado autonómico que se fundamenta en la igualdad de todas las partes. Repito: la igualdad de todos sus territorios es lo que da cohesión a esto que todavía se llama España.

Leyó bien: he escrito carlistones, pues en estos momentos los españoles sufrimos algo muy parecido a una cuarta guerra carlista, si bien es cierto que esta vez no se dirime a golpe de mosquete ni en las llanadas de Estella ni en los cerros de Morella, sino en los despachos y covachuelas que, hoy por hoy, rigen los destinos de España por una carambola matemática: Los Siete Niños de Puigdemont: ya sabes: de lo más rentable para las oligarquías catalano-vascongadas desde que se les concediera la exclusiva de vestir y armar a los ejércitos patrios, que en cuestión de dinero no hay color ni banderas.

De modo que así, y sin más red protectora que la que me da la propia osadía, me permito cuestionar a quienes pretenden pasar por «progresistas»: ya ve usted, don Camilo, ya ve usted: cuando lo cierto y verdad es que no son más que las cabezas visibles —que no pensantes— de lo más granado de la reacción y el conservadurismo más ultramontano y preclaro que las Españas vieran… Salvo que los chicarrones jesuíticos del PNV y los obispillos del requeté de Puigdemont se hayan transformado en avezados seguidores de las doctrinas de los Castro, de don Hugo Chávez y del Che Guevara, claro, que esa es otra y aquí ya cualquier cosa vale… Y cabe. Cosas veredes, amigo Sancho, y nosotros, ya ve, como el que escucha llover, cuando llovía, que a gata coja todito se le va en lamentos.

Ni el aprovechamiento torticero de la Ley ni la excusa de una supuesta gobernabilidad pueden desembocar en la construcción de un Estado donde Andalucía y el conjunto del Sur padezcan el capricho, la desigualdad, el antojo siempre interesado y medible en euros de vellón, la xenofobia más rancia y supremacista —anterior a Darwin si me apuran— y demás favoritismos económicos en beneficio de unas minorías que están decidiendo el futuro –y el ahora– de las cinco sextas partes del territorio español con siete diputados, no más, sobre un total de 350. De pena.

Y si la cosa de las desigualdades fuese a más —como es de prever—, y sin hurgar en las razones tan «interesantes» por las que las tropas de Puigdemont pueden acabar siendo una especie de corte de los milagros, es que ha llegado el momento de que Andalucía, desde todos los colores y posiciones, vuelva a hacerse calle y recordar aquello de entonces, ya sabes: «Ni más que tú, ni menos que tú, igual que tú».

Y cuando digo Andalucía digo España entera, porque los herederos de Pujol no acaban de asumir que las autonomías vinieron para quedarse, y ya puestos a tirar de historia —y de historias— tanto puede el pasado de Extremadura y Andalucía como los condados catalanes o la casa de Juntas de Guernica. Una nación libre y soberana no puede ser reo de los monaguillos de ese tal Puigdemont, a todos los efectos con residencia en Waterloo. Por cierto, que ya me gustaría a mí saber quién paga casoplón, recepciones, copetines, gas, electricidad y demás bagatelas de este buen hombre al que el azar ha convertido en una especie de juez de la horca en territorio comanche: aprendiz de yeyé con flequillo beat haciendo de telonero en un concierto de Rosendo. O de Loquillo, que también. No más.

Coincidían todos los autores que participaban en el libro «Hacia una Andalucía libre», pese a sus distancias ideológicas, en que si algo definía aquella Andalucía de entonces era el atraso general (y en todos los aspectos). Incidían en la falta de unión de sus ocho provincias y en las dificultades que entrañaba poner fin a los modelos de explotación/expoliación aún por entonces imperantes. Y sin embargo, todos ellos, desde buena parte de los centristas a los comunistas, pasando por los socialistas de distintas siglas y los andalucistas históricos, todos razonaban en positivo sobre las posibilidades que comenzaban a vislumbrarse gracias a la España de las autonomías que amparaba la Constitución del 78, ley de leyes que hacía iguales en obligaciones y derechos a murcianos y navarros, alpujarreños y hurdanos, araneses y bercianos, alicantinos y asturianos, catalanes y manchegos, vascos de Durango y andaluces de Serrato.

Tal vez fueran aquellos años los más apasionantes que se vivieron en Andalucía. Todas las partes realizaron concesiones. Y no estaría mal volver a beber de aquel ánimo de consenso que tan buenos frutos dio. Cualquier cosa antes de ceder ante quienes, por lo que sabemos después de escucharlos y leerlos, tienen una opinión de nosotros no precisamente buena, que cuando no nos ponen de flojos nos pintan de tarambanas. O como dejara escrito Jordi Pujol Sr.:  «El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho», añadiendo que se trata de «un hombre que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual». Y se quedó tan fresco. Tan fresco como rico, todo sea dicho. Yo también te quiero, abuelo Jordi.

Hoy, cuarenta y tres años después de la publicación del libro, la situación andaluza ha variado de manera sustancial y los tintes de subdesarrollo que denunciaban los articulistas en sus páginas han desaparecido en gran medida, si bien es cierto que no por milagro y no por igual en todas las zonas del territorio andaluz. Sin ir más lejos, Ronda sigue sin autovía y carece de una carretera digna que la comunique con la industria turística de la Costa del Sol.

Ahora, cuando las oligarquías caciquiles vasca y catalana se desmelenan y no sienten el menor pudor en mostrar sus intenciones últimas: siempre trufadas de una pretendida superioridad étnica: nos parece de recibo recordar, sólo sea en términos comparativos, las trabas que desde Madrid se pusieron al fenómeno (inesperado) de todo un pueblo echado a las calles para reclamar la igualdad de los andaluces con el resto de españoles, sobre todo con vascos y catalanes, que desde la muerte de Franco, no antes, ya iban de sobrados y mascas del cotarro. Ciertamente, Andalucía no lo tuvo fácil para hacerse un hueco entre las nacionalidades con el marchamo de históricas. Cientos de manifestaciones, algún que otro tiro: no siempre al aire: y hasta un referéndum hizo falta para poner en pie a la Andalucía actual. Habría que recordárselo a don Arnaldo, don Oriol y don Carles todos los días y a todas las horas.

Hagamos memoria. Fue preciso, en primer lugar, vencer las reticencias de una UCD que tardó demasiado en reconocer las legítimas aspiraciones de los andaluces: la UCD sufrió sus primeras desavenencias graves en Andalucía, pues no pocos de sus militantes andaluces se echaron al monte y desoyeron las consignas de las élites que ronroneaban en Madrid; elites que incluso apostaron por la partición en dos del territorio andaluz: dos Andalucías distintas: una oriental, con capital en Granada, y otra Occidental regentada por Sevilla. Las burguesías catalana y vasca aplaudían el posible desmembramiento de una comunidad autónoma que por su tamaño, población y potencial económico, podría llegar a ser su contrapeso dentro del Estado español. De modo que animaron la iniciativa de crear una Andalucía fragmentada y debilitada. Era el mismo Norte carlistón y retrógrado que hundió la hojalatería de Júzcar, las mantas de Grazalema, la siderurgia incipiente de Marbella… Los mismos zumalacarreguis y el Llarg Copons que ahora amagan: otra vez, otra vez, otra vez: con independizarse: lo cual que a mí ni me quita el sueño ni me da dolor de cabeza, aunque no negaré que en viéndolos me tiento la cartera: independizarse, claro, al modo kosovar y sin pagar la parte alícuota de la deuda hispana que les corresponde, y sin explicar qué será de las pensiones de los maquetos y charnegos que se deslomaron en sus fábricas ya va por dos generaciones, pues a tenor de la alegría con la que gastan, no debe ser de monto menor. Que esa es otra.

Volviendo al librito. Nadie niega hoy que todavía existen vacíos que llenar en Andalucía. Ciertos hábitos peligrosamente próximos al clientelismo, e instalados a la sombra de las instituciones, frenaron y frenan en la actualidad la plena vertebración del territorio, por ejemplo. Las delegaciones de las consejerías han venido funcionando y funcionan no pocas veces como auténticas taifas donde este o aquel preboste local pilla cacho. Seguimos sufriendo las consecuencias de un desierto industrial –mírese a la Santana de Linares o a la Delphi gaditana– que parece querer condenar a los andaluces al binomio agricultura-turismo, toda vez que el setenta por ciento de las grandes y medianas empresas ubicadas en suelo andaluz obedecen directrices no andaluzas.

Se nos exige el pago de las cuotas de la Seguridad Social con intereses de demora, se nos obliga a asumir los costes del cupo vasco y de las especialísimas condiciones económicas que favorecen a Cataluña —incluida la zona franca de Barcelona, que lo de franca será porque fue regalo de Franco, digo yo— y al mismo tiempo se nos niega el traspaso de los varios miles de millones que hasta el Gobierno de Aznar había reconocido debernos. Todavía son varios cientos de miles los andaluces que quedan fuera del presupuesto del Estado y que habitan en los límites de la pobreza extrema: Cáritas y Cruz Roja tienen la palabra… El Campo de Gibraltar va camino de Calabria. El desierto avanza, las desaladoras no funcionan, los centros educativos cada vez más desatendidos… No es poco lo que resta por hacer y exigir.

El Estatuto de Autonomía, cuya aplicación presenta un balance positivo, deberá mejorarse si queremos que Andalucía pinte algo en la nueva conformación del Estado que se barrunta a lo lejos. Más temprano que tarde los que gobiernen desde Madrid tendrán que enfrentarse a la realidad de un «medio Estado federal sustentado en las autonomías actuales». No es mentar a la bicha: es recordar que la bicha existe. Y Andalucía, con sus ocho millones de habitantes, tiene que estar presente en la mesa donde se tomen las decisiones. Andalucía, con su visión de la política nacional desde posiciones no excluyentes, puede resultar el punto de equilibrio entre los extremismos de los Nortes carlistas y la necesidad de un Estado solidario que tienen los Sures. Lo que Andalucía no pude tolerar es que nos dejen fuera de la mesa donde se reparten el botín los que se lo llevan crudo desde que el Cid se paseara y rindiera buena parte de los llamados Países Catalanes.

Volviendo a Rojas-Marcos, decir que representa junto con Blas Infante, la conciencia del nacionalismo no secesionista de Andalucía. Leo con cierta nostalgia aquel artículo casi profético de don Alejandro, hoy tan injustamente ninguneado por propios y extraños. Entresaco y trascribo: «El pueblo ha intuido de alguna manera que, en la división del trabajo establecida dentro del Estado español por el sistema dominante, Andalucía ha sido condenada a ejercer la función de colonia interior, condenada a ofrecer materias primas, capital y mano de obra a las zonas más prósperas de España.»

Mil novecientos ochenta: dos mil veintitrés. Casi medio siglo separan aquellas palabras de la realidad andaluza actual. Para entender lo que representaron en términos de progreso y cambio estos años hay que centrarse en el punto de partida. Andalucía ha dejado de ser «colonia interior», como ha dejado de ser coto de caza sin control o aquel museo de charanga y pandereta en que la habían convertido caciques y señoritos de los de jaca pinturera y manzanilla con frescura de pozo. Andalucía, con sus más y sus menos, está hoy presente en los foros de decisión españoles y europeos, por no hablar del peso que tiene en la conformación de mayorías de Gobierno en España.

De ser una región de brazos baratos: Antonio Molina: la mina: sierra Morena: Luis Lucia: 1956: el empresario catalán graciosillo y, a mi parecer, con demasiado deje nasal: un tanguillo: «…que el futuro es muy oscuro, que el futuro es muy oscuro, ayyyyyyy, trabajando en el carbón»: hemos pasado a ser un referente sólido y respetable en la política nacional, al tiempo que se puede afirmar que la política económica de los últimos diez o doce años evitó en gran medida que las plusvalías andaluzas se las llevaran los de siempre. De no ser nada políticamente, y digo nada, hemos pasado a ser una comunidad que marca ritmos y habla de tú a tú con los demás, aunque de sobras sé que más de uno me hablará del fiasco monumental de Unicaja y el sueño de tener una gran banca andaluza, por decir algo. Hasta qué punto fue posible esto gracias al régimen de las comunidades autónomas es cosa que nunca podrán entender los carlistones del Norte, dado que ellos siempre mamaron de la teta primera.

Al menos hasta hoy. Ya veremos qué dicen los becerros de Puchi de aquí a unos días. De modo que: recuerda: Ni más que tú, ni menos que tú, igual que tú. Y si no se comprende, pues habrá que cantarles el Himno con Paco de Lucía a la guitarra, la Jurado desgarrando la noche y todo con muy poquitas palabras…

Se me vienen a la cabeza Paco Casero y Diamantino, Cañamero y Gordillo galgueados por los civiles en marismas y campiñas, y también Plácido Fernández Viagas, Rafael Escuredo, Borbolla…, y de nuevo veo a la Andalucía de los 80 hecha mar de calles para reclamar una Hispania donde prevalezca el principio solidario de igualdad.

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