miércoles, 29 junio 2022
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Carta abierta a doña Macarena Olona

Comprendo que resulte difícil valorar el progreso registrado en Andalucía cuando faltan los referentes de la memoria. Sin embargo, no tema usted, doña Macarena, que no seré yo quien tire de insulto ni le ponga cencerros con la excusa de que usted nació en Alicante, que servidor nació en Las Hurdes y, después de casi cuarenta años, mujer, dos hijas y un hijo, por andaluz me tengo. Usted ha decidido hacerse andaluza en las playas de Salobreña y le alabo el gusto; ahora lo que toca es comprender al pueblo andaluz y dar con el porqué de sus muchas fatiguitas, tanto presentes como pasadas. Le queda mucho que aprender hasta que entienda qué hace que un tractorista de la campiña jerezana se cuelgue al cuello una medalla del Camarón, como si del mismo Nazareno se tratara. En fin, yo ya pasé la prueba.

Tampoco me dejaré embobar por oropeles, mitologías y fantasmas nacionalistas, ni elevaré un salmo triunfalista por lo mucho que, a mi entender, se avanzó en esta tierra desde la muerte de Franco el de la Mili hasta el alunizaje de ese santo varón al que los siglos tomarán por un milagrero de mucho parloteo y poquitos hechos, ya sabe, a su hermano de banderita don Juanma Moreno me refiero. Banderita muñequera, ya me entiende. Porque lo que es a mí no me la dan… Ellos, sus hermanos peperos, van de BeeGees modositos y buenos yernos, y ustedes, la tropa de VOX, se arremangan con el estruendo de LedZeppelin: cara y cruz de la misma moneda: ni más ni menos: distintas camisas, mismos anhelos: llegado el momento de la verdad siempre acaban juntos al querer de sillones y sueldos. Lo de VOX y PP es puro dúo Pimpinela: mucho reproche en escena, pero al final son hermanos.

Nada más lejos de las pocas convicciones que me quedan que tratar de incomodarla. Aunque por diferentes razones, también este, que a sus pies se pone, entiende que en los treinta y muchos años que los socialistas estuvimos en el Gobierno de la Junta se pudo hacer más, ya digo, mucho más y mejor, y por más que lo que se hizo no fuera poco, dicho sea sin ánimo de amoscarla, que ya sabemos lo mucho que se irrita a poco que le lleven la contra o le den argumentos que no casan con sus consignas del tipo ¡Santiago y cierra España! Esto último lo digo porque cuando abandona usted el tono mesurado de abogada del Estado y pilla trote mitinero…  Qué quiere que le diga. En fin, zapatero a tus zapatos: ni una Pasionaria ni Pilar Primo de Rivera: lo de soliviantar a las masas no es precisamente lo suyo, dicho sea desde el cariño, sobre todo cuando se le calienta la boca y deja escapar un gallo traicionero que echa por tierra hasta el más brillante de sus discursos.

Recuerdo mi segundo año de maestro, cuando terminé voluntariamente en un poblado de colonización de los varios que humanizan las vastas llanuras de la Marisma. San Leandro: una pedanía de Las Cabezas de San Juan. Desde el primer día me sentí absorbido por aquellas llanadas interminables donde señoreaban algodón y trigo sorgo, arroz, maíz y la hermana remolacha, y todo ello surcado por una red de canales infinitos. Aquellos paisajes, hasta entonces desconocidos para mí, suponían tanta belleza, atesoraban tal gama de colores y de olores y sensaciones, que más que un maestro prisionero en su aldea, me sentía un privilegiado al que la suerte había puesto en el lugar más hermoso del mundo.

Desde el primer día, me amarré a aquellas gentes llegadas de los más distantes puntos de Andalucía, para cultivar unas tierras ganadas a la mar a fuerza de diques y aliviaderos. Gentes a las que las historias familiares habían hecho rojas, muy rojas. Pobres gentes, dicho sea con el mayor de los respetos, que se afanaban en extraer de los barros marismeños el sustento de sus numerosas familias. Estaba tan reciente todo, que no resultaba raro encontrarse con manaderos salinos que desbarataban cosechas y sueños en cuestión de días. Era un universo de verdes parcelas a las que el Guadalquivir lamía con sus aguas calmas y someras. Olía a lago Ligustinus, olía a Tarsis, y a Cartago y a Roma: también olía a pobreza, a miseria, a cuarenta por ciento de paro, a heroína sin metadona y a casas por construir.

San Leandro: fiel reflejo de aquella Andalucía recién salida de las murgas franquistas. No era raro que aquellas gentes votasen lo que terminaban votando, o sea PSOE, para desesperación de una derecha que no se hacía en las afueras de un poder que emanaba del mismo medievo. Espero que los disculpe, doña Macarena, qué le vamos a hacer: aquellas gentes eran así: aunque propietarios de cuatro o cinco hectáreas de regadío, se seguían viendo antes campesinos que agricultores, siempre jornaleros. Cosas de la Historia, la medalla del Camarón, ya sabe.

Algunas tardes me iba a ver pasar los barcos pilotados por avezados capitanes que conocían hasta el menor de los embarrancaderos de un Guadalquivir siempre apurado: en ocasiones me saludaban con un pitido que rompía el atardecer, provocando un estallido de alas locas y colores de belleza tal, que resulta de descripción increíble. Tenía yo por entonces veinticinco años y una salud de hierro bilbaíno, y me afanaba en atesorar unos registros esporádicos que después pasaba al papel. Hoy me arrepiento de haber extraviado aquel tesorillo personal de sensaciones.

No había médico. La electricidad se perdía a la menor de las brisas. Y por no haber ni había carretera que uniera a Las Cabezas con su mínima pedanía. Lo que había era una especie de vial terrizo siempre temible: si desbarrabas y te ibas a la izquierda, caías en el arrozal; si te ibas a la derecha, pues eso, que allí estaba el canal inmenso para engullir el coche. No hablo del siglo XIX: hablo de ayer mismo, hablo de una Andalucía de señoritos y siervos que comenzaba a desmoronarse gracias a una izquierda sensata guiada por las manos de don Rafael Escuredo, don José María Rodríguez de la Borbolla… Ya ve que pese a ser mis compañeros les doy un tratamiento que implica el mayor de los respetos a la institución que presidieron.

De la escuela solo puedo decir que los padres hacían una especie de porra para comprar la leña de olivo que después quemábamos en las chimeneas de las dos únicas aulas. Porque en la marisma, cuando hace frío, lo hace con ganas. Menos mal, señora Olona, que por aquellos entonces no caíamos enfermos. Ah, la juventud… De haber enfermado el maestro, pues ya sabe: los niños a casa y la escuela cerrada varios días, o varias semanas, o un lustro. Así eran las cosas por estos pagos. No hace tanto.

Tal vez el problema de la derecha andaluza —y ya ve que no hago más distingos que los que separan a los BeeGees de LedZeppelin— radique en su incapacidad para asumir que las circunstancias han variado sustancialmente. Los andaluces (de izquierdas, hasta más ver, y voten lo que voten el 19 de junio) y las instituciones que peor o mejor se dieron a sí mismos después de ganarlas en las calles, consiguieron romper en treinta y tantos años un maleficio que nos había dejado anclados en el XIX de piojos y caciques pueblerinos.

No obstante, coincido con usted en que no fue suficiente. Se podría haber hecho más, se podría haber hecho mejor. Pero no fue poco lo que se hizo. Ahora va usted a San Leandro y se encuentra con un pueblo limpio, lleno de luz, conectado al mundo por una carretera sin lujos pero decente. Médico y enfermero pasan consulta a diario. Los parcelistas están organizados en cooperativas, los niños disponen de un instituto a menos de tres kilómetros de casa, los técnicos de Agricultura asesoran gratis, las cuentas se llevan con ordenador… Y las escuelas se han agrupado para prestar un servicio educativo digno.

Si es que lee este articulillo, ruego que no me tache de paniaguado del PSOE, pues se equivocaría: ni como, ni comí de él ni ando en ninguno de los EREs suicidas que tanto nos avergüenza a la mayoría de los socialistas; menos aún tuve maldita sea la visa oficial ni tiré de cocaína en parte alguna, tampoco frecuenté puticlús vergonzantes ni fui cliente de los «donangelo»que dan tanto asco como grima. El que la hizo, la pague y san Pedro se la bendiga. Lo que no puede aceptarse es que tantos y tantos socialistas de bien paguen las miserias de una minoría que no actuó precisamente con la ética que la decencia exige. Pero ojo, y cuidado, que a fuerza de palos hasta los burros embisten, y tantos insultos y tantas ofensas y tantas mentiras y tantas palabras gruesas por lo que hicieran o dejaran de hacer un puñado de jetas no pueden condenar a la totalidad de un partido que tanto aportó al progreso de la nación española y, por ende, al avance de la comunidad andaluza.

Sin embargo, escucho las soflamas de algunos de los suyos en Intereconomía y descubro que siguen anclados en el manido —demagógico— asunto del PER, en plan sargento Aznar con cachiporra y decretazo que te arreo. Aquí hubo de todo, pero quedarse sólo en lo malo, no ver los cambios habidos en estos años, no reconocer los esfuerzos —honrados, muy honrados— de tantos y tantos socialistas es como mínimo injusto. De ahí que no entienda su campaña en plan buldócer, porque, aparte de la denuncia que hacen del lado más oscuro de Andalucía como comunidad autónoma, todavía no les escuché ni tan siquiera una propuesta en positivo. Ni a usted ni a los dos que embodarán con usted por más que ahora digan lo contrario: vamos, como en Castilla pero con más cohetes.

Pregunto: de gobernar como pretenden, abrazados a la peana de san Moreno Bonilla, ¿qué harían? Porque se hinchan de hablar de programa, programa, programa emulando a don Julio Anguita y lo cierto y verdad es que los días corren y todavía no sabemos qué Andalucía quieren. Todo no puede ser derribar. Ni todo puede ser tan casposo que merezca desaparecer. Mire el San Leandro de mediados los ochenta y compárelo con el de hoy, y ya verá como fueron muchas «cosas» buenas las que hicieron estos socialistas a los que usted ahora trata como si les fuera a aplicar la ley de vagos y maleantes de don Francisco Franco el de la Mili, repito, al que no tardaremos en ver encima de las pizarras de las escuelas, a poco que la ciudadanía les otorgue un voto más de los que esperan.

Querencias las mías, ya digo; pero no reconocer lo que han supuesto los gobiernos de izquierda en el progreso de Andalucía es mal camino para llegar adonde, según parece, usted quiere llegar. Y ahora hable de los que asaban vacas con billetes de quinientos, pero recuerde, reconozca que la inmensa mayoría del socialismo andaluz fue honrado a carta cabal.

A su disposición quedo, señora Olona.

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