sábado, 2 julio 2022
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Cursillos veraniegos

(Hubo un tiempo, no hace tanto, en que los cursos de verano cotizaban en Bolsa y sus ponentes se apuntaban en el haber de la obra social de cajas y bancos. Tiempos aquellos, tú: jueces estrellas, generales en la reserva, exministros y doctores por la UCLA, algún expresidente, banqueros y hasta árbitros y entrenadores de fútbol se repartían de Figueras a Tarifa y do Ferrol a Cartagena cargados con sacos y sacas de sabiduría.  

Hoy todo ha cambiado y los presupuestos destinados al cursillismo estival se han reducido de tal modo que uno no sabe si alegrarse o llorar. En fin, que lo que aquí se cuenta es puro disparate, relacionado, en cualquier caso, con el ayer y no con el ahora, quede claro, que los cursos de verano que se celebran en Ronda este verano benditos sean y por muchos años que vengan. Hablamos de uno de aquellos tantos mercenarios de la cultura que proliferaron aquí y acullá a modo de sabañones en invierno.)

Don Serafín de la Minganilla y Mass —sí, sí, con dos eses— se lo tiene bien montado desde que un buen día su colega Macario Pérez le descubriese el filón de los cursos de verano. Puede que a usted, así a primera vista, le resulte una minucia, pero no crea, no, que esto de ir desgranando ciencia y saber por los pegujales de Iberia como Manolete repartía trincherazos y chicuelinas, no es tarea fácil ni está al alcance de todos.

Ejercer el alto ministerio del cursillismo veraniego, se lo digo yo, que de eso sé algo, no resulta nada sencillo y siempre tiene complicaciones de última hora que al profano le pasan desapercibidas. Porque, créame cuando lo digo, ir de cursillista estival es arte de tal fuste que se precisaría de varias conferencias para explicarlo aunque solo sea someramente.

Primero, no todo el mundo puede presumir de un pasado nítidamente progre, vamos, lo que se entiende por progre en un país donde el sueño de todos es el ordeno y mando de Fernando VII; segundo, resulta imprescindible salir en la tele nacional no menos de seis o siete veces por año (puede que con cinco veces valga, pero el caché baja bastante); y tercero, y sin duda lo más importante, tu nombre debe sonarle al público asistente como suena una campana que hubiesen forjado mitad sabiduría, mitad provocación, sin olvidarse, claro está, de esgrimir unas docenillas de máster en esto y aquello de más allá.

Cuando don Serafín de la Minganilla cayó en la cuenta de que ir de parador en parador, viajando en primera y siempre «de gratis total» no tenía más secreto que hacer valer su fama de profesor distraído y algo chiflado, y encaramarse a lo alto de una tarima con tres banderas a las espaldas, pues le cogió gustillo y, desde entonces, ya por Navidad comienza a apalabrar y cerrar el ciclo de conferencias del siguiente verano.

Labor titánica la suya, ciertamente, que no es moco de pavo decir que sí a este cuando ya se le había dicho no y no al otro cuando le había jurado que este año podrían contar con él. Sobra decir las carajeras que se montan con los programas de mano, los carteles, las imprentas y las malas caras que ponen los que pagan parte del tinglado a cambio de una publicidad que después meten en el capítulo social.

De modo que tan pronto llega San Pedro, hala, don Serafín coge el petate, mete unos cuantos libros en inglés y cierra el maletín del portátil; comprueba que los gráficos en acetato están en orden, el cargador del celular en perfecto estado y la montblanc de las dedicatorias hinchada de tinta; echa el neceser y el pijama paticorto en la maleta, saca del armario la cazadora de lino que tanto empaque le da en las conferencias, se acerca al peluquero y, después de decir adiós a la parienta, se dispone a recorrer la geografía de Iberia salta que te salta de curso en curso de verano. La experiencia le ha enseñado que lo mejor es comenzar por el sur, cuando todavía en Madrid se nota relente, y una vez y el calor de los sures se hace insoportable comenzar a subir, poco a poco, poco a poco, hacia el norte.

Aunque lo parezca, lo que don Serafín hace todos los veranos tiene su intríngulis y no está al alcance de cualquiera, que por más que ya se dijese, nunca está de más recordar al lector lo tremendo de una proeza que acaba con siete u ocho mil kilómetros a sus espaldas, y en menos de un mes.

Veces hubo que creyéndose en Almería, se puso a hablar de la obra de Goytisolo y los Campos de Níjar, resultando que donde impartía conferencia era en Córdoba y lo que se esperaba de él era que dijese algo de Séneca. Menos mal que esos despistes a la postre poco importan y siempre terminan agrandando su fama de sabio despistado. «Cosas de la inteligencia», se apresura a decir, a modo de disculpa, el pesado de turno que se sienta a su lado, después de haber leído el currículo y realizado las presentaciones de rigor, arrancando el primer aplauso. O sea, que sí, que se lo tiene bien montado.

No hay curso estival que se precie de cierto pedigrí que no lo tenga en nómina y entre sus ponentes fijos. A don Serafín, que es doctor en Ciencias Físicas, en Políticas, en Ciencias de la Información y experto en Irak, Afganistán y el Magreb (muy, pero que muy importante que el buen cursillista esté al loro de cuanto sucede en Argelia y Rabat), pues eso, que está tan hecho al mundillo de los cursos de verano que, hoy por hoy, le piden que hable del románico catalán y no se corta un pelo: en tres días tiene la conferencia pasada al papel, cien fotos bajadas de Internet y ya nadie sabe más que él del románico, del gótico y de un tal maese Mateo Albánchez, del que nadie escuchó hablar, pero que él se apresura a presentar como su reciente descubrimiento en una innovadora línea de investigación que relaciona a los cátaros con la catedral de Vich.

Así que comienza el calvario: de Ronda a Baeza, de Baeza a Loja, de Loja a Málaga, de Málaga a Granada, de Granada a La Rábida… Y eso hace un total de tres kilos y medio por nueve o diez días de viajes, comidas con alcaldes y concejales pesadísimos en restaurantes que siempre huelen a sofrito con mantequilla, fotos para la prensa local, declaraciones para las radios, además de responder a algún listillo que se leyó alguno de sus libros y que, mira tú por dónde, se apuntó justo en el curso que él dirige, coordina y cobra. Sí, la cultura tiene un precio y el saber… ¡Cansa tanto enseñar! No hay doblones en los sótanos del Banco de España para pagar tanta sabiduría como atesoran los caletres de estos Serafines de la Minganilla que nos desbastan cada verano.

Después de La Rábida irá a Sevilla, tomará el AVE (en primera, en primera, por favor, que ya sabe cómo sufren mis cervicales…) y regresará a Madrid, aprovechará para almorzar con un ministro que no deja de machacarle en el móvil para que le acompañe (y le tire un cable) en un debate televisado y, después de estar unas horas con su mujer, y participar en la tertulia de la Trece TV tomará la carretera de Ávila, donde le espera otro medio ciento de listillos ávidos de diploma para que diserte durante ciento veinte minutos de reloj suizo sobre “La importancia estética y la ética castiza de la Constitución de 1812 y su influencia en las guerras de los Balcanes”. Sí, efectivamente: un buen curso siempre llega envuelto en un buen lema.

De Ávila a Salamanca, de Salamanca a Tordesillas, de Tordesillas a Vitoria, de Vitoria a Zaragoza, de Zaragoza a Teruel, de Teruel a Cuenca, remate en Valencia y regreso a Madrid… Que hace un total de dos kilos y cuarto más, pues ya se sabe que el norte para estas cosas de la cultura es siempre menos generoso que el sur.

Y, en fin, qué quieres que te diga, que no está mal, Serafín. En tan solo el mes de julio te has levantado más de lo que ganas en la universidad en todo el año, no has tenido que corregir las faltas de ortografía de tus alumnos ni oírles suplicar el aprobado… Claro que todo tiene un pero: hay que quedar bien con los que gobiernan y con los que quieren gobernar. De manera que don Serafín se compromete todos los veranos a dar una charla en alguna de las escuelas de Cargos Orgánicos del Partido Rojo y otra en las Aulas Veraniegas del Partido Azul. Don Serafín es un consumado artista del quedar bien con todos y en todas partes, aunque a veces confunda Almería con Córdoba y a Goytisolo con Séneca. Cosas de sabios. Cosas del verano. Tanta inteligencia tenía que salir por algún sitio. Y esto hace un total, total, total de seis millones de pesetas…

(Dedicado respetuosamente a todos los ponentes que nos visitan por estas fechas y que no son de la cuerda de Serafín de la Minganilla y Mass ni tienen nada que ver con él, que no son pocos, aunque últimamente, la verdad, comienzan a proliferar los serafines y cada vez quedan menos ponentes de calidades contrastadas. Esta Iberia nuestra hizo de la improvisación un medio y un modo de vida, y don Serafín descubrió el filón.) 

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