domingo, 16 junio 2024
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De bicicletas y ejemplos

Por increíble que parezca hubo un tiempo en que al ayuntamiento, en un ataque de sana cordura, le dio por adquirir setenta bicicletas urbanas de uso libre. Aunque con cierto retraso, Ronda se sumaba a una iniciativa presente en un gran número de ciudades, contribuyendo a la disminución de las emisiones de CO2 y a la mejora de la salud de la ciudadanía, entre otras bondades. Todo el reconocimiento, pues, a los que adoptaron una decisión que tanto aumenta la calidad de vida de las personas, y en particular la de quienes se deciden a utilizar la bicicleta como medio de transporte habitual. Sin embargo, aquello, como tantas otras iniciativas acabó siendo flor de un día, aguacero de agosto…
De aquellas bicicletas urbanas de uso libre no queda ni la sombra, ni siquiera un reguerillo de metalería y chatarras propias de Melquiades: recuerda: el gitano milagrero que regaba de progreso las calles de Macondo: ni el recuerdo queda, ya digo, por más que aún estemos a tiempo de recuperar la idea y sugerir a los que ahorita nos mandan que las rescaten de nuevo, que las utilicen, que las exhiban, que se paseen en ellas, más que nada por aquello del ejemplo. Una alcaldesa cruzando el puente en bicicleta hasta Duquesa de Parcent sería tanto como ver a Theodorakis bailando el sirtaki medular de Zorba el Griego: una maravilla más propia del cine que de esta política sin más gracia que el ir tirando, un reto que no tardaría en dar frutos a poco que se promocionara, ni que decir tiene.
Cuando llegué a Ronda —casi treinta y cinco años ya, se dice pronto y qué pronto pasaron— me sorprendió que una ciudad con un nivel tan alto en el ciclismo de competición estuviese, por el contrario, tan alejada de las virtudes ciudadanas de la bici. Sería prolijo enumerar los nombres de ciclistas locales de fama y cualidades demostradas: algunos incluso llegaron a correr en equipos de elite, cumpliendo de modo más que digno en el Tour de la France: madre de todas las carreras: Anquetil: Merckx: Hinault: Induráin: Armstrong –el que esté libre de pecado que tire la primera piedra–: Contador… Y luego, o antes y sobre todo, Luis Ocaña: aquel bárbaro del pedal que abandonó en el 71 —una caída tuvo la culpa— cuando le llevaba casi ¡ocho minutos! a Merckx, para subir al podio en el 73 después de ganar seis etapas.
Gracias a estos pioneros la pasión por el ciclismo deportivo se mantiene, al tiempo que se ha consolidado una afición cada vez más pujante, sumándose al pedaleo por el asfalto ese otro, no menos apasionante, como es el correr, disfrutar y jugársela por los carriles y las trochas más descabelladas.
No hay más que ver los numerosos pelotones de rondeños —y cada vez más rondeñas— que se meten entre pecho y espalda un ciento de kilómetros, puerto de las Palomas por medio, para caer en la cuenta de que el duro deporte del pedaleo tiene asegurado el futuro en la ciudad, gracias a la entrega desinteresada de un grupo de «históricos» que lleva el papeleo, organiza la cosa de las competiciones y no se rinde, y sin olvidarnos del apoyo que prestan no pocas empresas.
Sin embargo, Ronda carece de tradición ciclista urbana. Recuerdo perfectamente que cuando me instalé en la ciudad, venía con mi vieja Orbea de carretera a la que había tuneado con un manillar recto para poder circular por las calles entre medio de los coches. Éramos no más de una decena. Siempre los mismos.
No quisiera mencionar nombres para no dejar a nadie fuera, pero me resisto a silenciar los de la señora de mi amigo don Manuel Cordero y don Carlos Gracia, tristemente fallecido, que se nos fue no hace tantos años y, como aquel que dice, con la bici puesta. Don Carlos era —es— al ciclismo urbano en Ronda lo que los primeros rondeños que se aventuraron en el Tour. Gracias a él y a un puñado más —sin olvidar a don Vicente y su tesón con la Bicicrítica, al que, por cierto, siempre agradeceré el regalo de un timbre que tan buena falta que me hacía— hoy crece el número de ciclistas urbanos, pero no al ritmo que sería deseable. Falta promoción desde los colegios, los institutos y no te digo desde el ayuntamiento.
Yo, como vengo haciendo desde los siete años, todavía utilizo la bici como medio de transporte habitual; disfruto de aparcamiento fácil, las distancias no son tan grandes como para llegar sudado y, quitando las leves exigencias de las cuestas de las Imágenes y la calle Torrejones, no existen desniveles que imposibiliten un uso diario a buena parte de la población. También me alegra sobremanera la pujanza que comienza tomar la bicicleta eléctrica para practicar deporte o para desplazarse al curro.
O sea que no hay excusa para ir prescindiendo del automóvil en desplazamientos que la mayoría de las veces no superan los dos kilómetros. Ojalá retome el actual equipo de Gobierno la idea aquella que se fue al garete sin que sepamos porqué e incluya la bicicleta urbana: muy importante: en sus dos modalidades: a pulmón y eléctrica, entre sus prioridades programáticas, que ya verá como en cuestión de seis o siete meses setenta bicicletas se quedan cortas.
Ya me veo a la alcaldesa y resto de la tropa yendo a los plenos en bici, como lo hacía el profesor Ramón Tamames en sus desplazamientos por Madrid, finales de los setenta y los ochenta… Todo un espectáculo: me parece estar viéndolo Castellana abajo: traje de lino, corbata, presilla en el pantalón, cartera en el portabultos camino del ayuntamiento o bien, en sentido contrario, a impartir clases de Estructura económica en la Universidad Autónoma. Don Ramón era por entonces un ecologista que predicaba con el ejemplo y que sembraba de bicicletas las calles de Madrid.
De modo que hoy me permito urgir a nuestra alcaldesa y al concejal del ramo, señor Crespo, para que retomen una iniciativa que se hace más necesaria que nunca; y si no se usan al principio tanto como sería deseable, paciencia y más perseverancia, pues al menos estas bicicletas ciudadanas harían las veces de acusación que terminase amargando la conciencia de más de uno.
Llegado el caso hasta se podría dar un plus a los concejales que asistieran al pleno a golpe de pedal. En fin, que el que las quita las pone, y a buen entendedor pocas palabras bastan. Compaginar la bici eléctrica con la de toda la vida esa es la cuestión: no habría excusa para desplazarse por una ciudad donde todo podría ser más limpio —y saludable— de lo que en la actualidad lo es.

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