miércoles, 17 agosto 2022
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Educación y móviles (I)

Aunque ya ha pasado el momento, lo repetimos para veces venideras. Cuando su hijo llegue con las notas, no sea severo: ni regañinas ni capones: limítese a tirar el móvil por la ventana, a ver si hay suerte y lo revienta un camión hormigonera en el asfalto. Que no le engañen: calabazas académicas y horas de móvil van a la par, y además se puede vivir sin teléfono y hay vida más allá de instagram.

Así que, a cara de perro, digo que el móvil en los centros docentes debería estar más que prohibido, erradicado durante las seis horas y media que dura la actividad educativa. El teléfono móvil, y no lo digo yo sino lo más granado de la psiquiatría evolutiva, con o sin control: repito: con o sin control, al menos en los centros educativos: marca la senda hacia el fracaso personal y, no pocas veces, a la esclavitud social. ¿Palabras demasiado gruesas las mías? ¿Dramatismo extremo…? Usted siga leyendo y lueguito hablamos.

Algún que otro pseudoprogre –que también los hay en mi gremio– de esos que se apuntan a lo que sea con tal que el tostón brille, de esos que confunden «calidad de enseñanza» con la proliferación de las mal llamadas nuevas tecnologías, tratará de venderle el rollito ese de que es una herramienta que facilita el aprendizaje y bla, bla, bla, pero no pique: ni ceda ni se rinda: aguante el tirón, niegue la mayor, exija el cierre de los centros escolares a los móviles, y retrase todo lo posible dejar el celular en manos de sus hijos. Ya se lo agradecerán pasados unos años.

Y bien, pues eso, compay, que nos acercamos a las temidas y memorables fechas en que las familias se dan de tortas por hacerse con el resplandor del aifon veraniego: ya sabes: mil y pico euros por algo que nadie supo aclarar en qué beneficia a la especie humana, pero que levanta pasiones entre los fieles adeptos a la Manzanita. Ojo, que no matizan; no dicen «milagro tecnológico»: para ellos el aifon –sobre todo el último modelo– es simplemente eso: el Milagro: con mayúscula: y para nuestros adolescentes un oscuro objeto de deseo que exigen a gritos y pataletas, tirados cual posesos en mitad de un piso con tres rehipotecas, porque entienden que ese aifon, y no otro sucedáneo cualquiera, debe ser su «premio» por haber suspendido solo cinco en vez de las seis que esperaba. Caso de ser dos o tres los cates, y no te cuento si se aprueban todas, apuntarán a la moto cañera o a ese coche que ahorita quieren que se conduzca a partir de los dieciséis años. De locos. Aquí estamos mutando en cabra biónica y no nos damos por aludidos. Sálvese el que pueda.

Hay sesudos estudios que demuestran que casi todo el aparataje de las nuevas tecnologías es un vulgar fetiche que nos afirma frente a los otros con un estatus de pacotilla y poco más, pues a la hora de la verdad resulta que la mayor parte de las posibilidades de estos carísimos móviles se utilizará para escribir un guasap, tomar una foto en plan «estilotengo», ver videos de caídas, eructos y pedorretas, escuchar una canción reguetonera o leer el correo electrónico, esto último pocas veces, ciertamente. ¿Y todo eso no lo hace un móvil de saldo? El mío, por 99 pavos, hasta me da los buenos días y me canta el cumpleaños feliz con la voz sensual de la Monroe.

Todavía me acuerdo de los cándidos «mancuentro» de un kilo y pico que unos cuantos privilegiados esgrimían amarrados al cinto como John Wayne exhibía el colt 38. Aquello tenía su punto gracioso y nada podía anticipar el control y el grado de sometimiento que los llamados teléfonos inteligentes han acabado ejerciendo sobre todos nosotros.

Los demasiés tecnológicos que esconden los móviles de ahora han convertido a los adolescentes en víctimas de la más arbitraria de las drogas, siervos de un espejismo que no sabemos a qué conduce, salvo que demos por bueno el diván y la minuta del psicólogo infantil. Hay un tiempo para todo, y el móvil, como el carné de conducir o la licencia de armas de caza, debería tener una edad de acceso mínima y razonable, y unos tiempos de uso obligatorios ya de fábrica, sobrepasados los cuales se autodestruyese sin explicación ni aviso. 

De modo que me ratifico: las redes sociales mal entendidas y la realidad virtual de los móviles ya ganan elecciones y cuentan pasos y calorías y hasta verifican la calidad del sueño. Lo que no podrán hacer, nunca, por más chinos que metan dentro, son mejores personas o sociedades más humanas. Tampoco nos devolverán los atardeceres de aquellos amores primeros de toca y te toco, lejos de este paripé de virtualidades vacías, inexistentes casi… Hágame caso, tire el móvil de su hijo quinceañero por la ventana y después me cuenta.

Dirán algunos que eso es lo que pasa cuando se pierde el control… Otros argumentarán que es una cuestión que sólo compete a las familias. Y no han de faltar aquellos que digan que el progreso siempre tuvo un precio. Allá cada cual. Pero por mucha palabrería que se le eche al asunto, por más excusas que nos demos para no entrar a saco en un problema que ya llena las consultas de los psicólogos y psiquiatras infantiles, la realidad es la que todo sabemos y sufrimos. El móvil en los centros educativos, repito, con o sin control, es una especie de troyano que se está cargando los cimientos de la Escuela, al menos de aquellas escuelas que todavía conservaban algo de templo de sabiduría y crítica: escuelas cuyos maestros, todos, tenían en la mirada un posillo de rebeldía a lo Sócrates, usted me entiende. En fin, pregunto: ¿qué otra cosa más que descontrol es lo que define las relaciones de nuestros chavales con el móvil? ¿De verdad conoce usted alguno que lo use como las madres, siempre tan crédulas, tan ingenuas, tan… madrazas ellas, esperan que se use?

Abogo, pues, para que los consejos escolares se abran al debate y se aborden de una vez por todas los efectos perversos, el caos sociológico y todos los demasiés que sabemos inherentes al uso –y tenencia– de los teléfonos móviles en nuestros centros educativos, al menos en horario lectivo. A mis cincuenta y trece casi, pido, suplico, imploro y exijo que de una vez por todas nos centremos en un asunto que merma –¡y de qué modo!– las energías que deberíamos dedicar a la verdadera educación de nuestros hijos e hijas, en tanto que ciudadanos que nos seguirán pasados unos años en la asunción de responsabilidades y en la toma de decisiones comunales. Rendirse antes de dar la batalla, cerrar los ojos ante lo que sabemos que está sucediendo –y que no queremos ver– nos convierte en cómplices y cobardes. Existen ya asociaciones multidisciplinares que plantan cara al móvil en las puertas de los centros escolares. En no pocas ciudades de todo el mundo se están consiguiendo resultados esperanzadores. Y eso nos da ánimos para seguir creyendo que al móvil se le puede vencer en su propio campo de juego. Pero hay que querer.

¿Que el problema va más allá de los centros educativos y que las familias deberían hacer más que hacen, dice usted? Desde luego… ¿Quién lo niega? Pero se hace necesario empezar por poner coto en los institutos, por ejemplo, al menos, o qué menos, durante las seis horas y media que la chavalería anda en ellos. Cierto que son muchos los retos que se ciernen sobre los centros educativos en un mundo tan cambiante, pero no es menos cierto que el teléfono móvil no es precisamente el menor de estos.

(Sigue…)

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