lunes, 23 mayo 2022
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El Castillo por bandera

Lustro arriba, lustro abajo, después de un siglo de presencia en Ronda, los salesianos abandonaron el colegio que mantenían en las inmediaciones de la plaza de la duquesa de Parcent. No abordaremos aquí el examen de la labor desarrollada durante un periodo de tiempo tan dilatado, pues ni el que escribe tiene datos suficientes ni se siente capacitado para valorar una pedagogía en la que primó lo divino sobre lo humano. Además, alumnos pasaron por sus aulas con preparación sobrada para pregonar los logros y yerros de la metodología empleada por los seguidores de don Bosco.

Así que vaya por anticipado que, como ya se dijo en esta misma columna hace demasiados años, nos acogemos a aquel «civismo salesiano» del que hizo bandera el fundador de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, y en esta ocasión, otra vez a vueltascon aquellas operaciones que ahí siguen entre el runrún de los poderes fácticos de la ciudad, volvemos a reclamar el uso inequívocamente público del edificio que ahora, además de vacío, pide actuaciones urgentes que impidan la ruina total, que es lo que pudiera parecer que ciertos cucos buscan por ver de comprar más barato. No sé en qué acabará la cosa, pero al menos constará en la hemeroteca que hubo advertencias por escrito.

Se entiende que un espacio de las características y ubicación del colegio El Castillo desate las apetencias mercantiles: agiotistas más bien: de quienes no ven más allá de complejos hoteleros, mucho metacrilato y terracitas pijoguay. Pero esa manera de entender las cosas choca con la filosofía de la misma Orden Salesiana –que ya no pinta nada, lo sé: ni que decir tiene– y, sobre todo, con el articulado harto explícito de la Fundación Moctezuma, que deja más que claros los fines últimos –y únicos– de la donación. Ni hotel, ni motel ni elevador ni gaitas… Doña María Teresa Holgado Vázquez de Mondragón dispuso buena parte de los dineros de su soltería para que se gastaran en educación y atención a los más pobres. Tajante, claro. Sin interpretaciones posibles. Y no, no veo yo al fantasma de la señora marquesa vistiendo delantal ni cofia de camarera.

El colegio de El Castillo es la historia reciente de Ronda sobre los escombros más añejos de esta ciudad milenaria. Ya que los hados, o las hadas marquesas o el destino siguen ofreciendo una ocasión de oro a nuestra ciudad, nada mejor, pues, que buscar una salida digna del espíritu de don Bosco –y, repito, de lo que fijan a hierro los estatutos de la Fundación Moctezuma– para el hermoso edificio que hace años abandonaron a su suerte quienes estaban obligados a cuidarlo.

Lo digo porque uno, aunque pelín distante en asuntos de dineros y capitales maniqueos –leyó usted bien–, tiene la afición (oculta) de visitar las vidas de los santos y colige que a lo mejor nada causase mayor alegría a san Juan Bosco que ver el colegio de El Castillo convertido en un centro de usos múltiples, público, con la puertas de sus salones inmensos y de sus inconmensurables patios abiertos de par en par a la curiosidad ciudadana; tal vez sede de una extensión universitaria o de la definitiva y digna reubicación de la nueva biblioteca que Ronda merece; centro de acogida de grupos de estudio, exposiciones múltiples, gran música, residencia de sabios: congresistas y ponentes impartiendo enseñanza en un edificio que no se puede consentir que se venga abajo porque sería tanto como renunciar a nuestra Historia más reciente. Ronda no puede seguir perdiendo patrimonio monumental con la excusa de un Plan del Casco Histórico que vaya usted a saber por dónde anda… si es que anda, ya se dijo.

Si el ayuntamiento consigue frenar el asedio de los especuladores y se hace con la gestión de los espacios de El Castillo, tendrá que darle contenido y utilidades en concordancia con el legado Moctezuma. El ayuntamiento debe estar tan vivo como lo estuvo con el cuartel de la Concepción (pero esta vez sin derribo), negociar con inteligencia y sin complejos ante la Junta –que es la que va de albacea–, y fijarse como prioridad el remozamiento de un edificio que ya forma parte de la panorámica de Ronda.

Y todo sin entrar en competencia con nadie. Puesto que no cabe otra cosa, el futuro Centro Sociocultural de El Castillo contribuiría a la recuperación de la Ciudad como eje y centro del desarrollo turístico rondeño. Es demasiado valioso como para aceptar cambalaches y pijerías por algo que atesora las emociones y los recuerdos más entrañables de tantas generaciones como pasaron por sus aulas. 

De modo que no: no puede ser objeto de mercadeo ni reo de especulación, antes al contrario: El Castillo debe ser lo que los estatutos de la Fundación proclaman, y ya vale de poner en peligro un todo comunal y artístico que puede definir las intervenciones que se prevén en el casco histórico. Un referente, eso debe ser. Un espejo en el que se mire el corazón de la vieja Arunda, si se me permite la cursilería. Un detente bala frente a comisionistas y trajinantes. Una bandera contra abusicas con parné. Y a los que pudieran estar tramando llevárselo crudo que les vayan dando con una biografía de doña María Teresa Holgado. En la boca, a ser posible. ¿Sí? Pues ya verán como es que no.

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