lunes, 23 mayo 2022
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Feria de Mayo de Ronda… (y el valor de la palabra)

Ni documento alguno ni intervención de escribano. Entre el comprador de un caballo toldo, una yegua rucia o un asno mohíno solo se alza la diligencia del tratante de ganado  que media entre las aspiraciones del vendedor y las pretensiones del comprador. Son los tres protagonistas únicos del `trato´, mediante el cual el animal de carga o montura pasará de unas manos a otras en un pispás. Sobran los escritos,  a excepción de la guía expedida por el veterinario de turno y que recoge las características del cuadrúpedo en venta, la cual  que pasa de unas manos a otras, cuando ya el precio está  ajustado y  los dineros se traspasan al bolsillo del vendedor.    

Con el ronzal en la mano, el comprador  puede disponer a su antojo del rocín o la acémila adquirida.    La tradición popular se mantiene después de más de 500 años, nada más recoger sus bártulos la media luna y huir en polvorosa merced a las huestes de los Reyes Católicos que reconquistaron por entonces el lugar serrano. En el mercado renacentista que sucedió al netamente medieval no podía faltar la feria del ganado, un elemento que servía a una economía pobre y trashumante.    

Hoy medida con distintos parámetros, llegado el siglo XXI, Ronda celebra su feria ganadera en los días que van del 20 al 22 de mayo, una feria que en esencia  ha variado bien poco. La compra y venta – aquel caballo cuatralbo, aquella vaca lucera -, se sigue realizando al aire libre, sin más techo que el cielo y sin más escenario que el natural de una explanada en donde no es rara la proliferación vegetal.  En el   convenio, vistoso, con innegables trazos policromos dignos de  de la paleta deMadrazo o de  Sorolla, manda el tira y afloja (“esto quiero”,  “esto te cuesta”, “esto te doy”) culmina con el apretón de mano, para muchos de mayor validez y garantía que una real cédula.     

De por medio la palabra. Primero, la del tratante: carismática, elogiosa y entendida. Alaba sin reservas las cualidades del cuadrúpedo, su pujanza, la fortaleza de su constitución, si se ha de destinar a la carga, la firmeza de los  remos, su mansedumbre, la garantía de sus pocos años – para lo que se hurgará en las  quijadas poderosas- o lo lustroso de sus ancas… Para esta ceremonia, cuando a la compra solo le faltan algunos flecos adicionales,  casi nunca falta la visita a la taberna más cercana, templo en donde se consuma el negocio, al arrimo de un vinillo peleón y unos tacos de queso rondeño o rodajas de chorizo rondeño.     

Sobraron los “papeles”, que esta es una transacción en la que cuenta la palabra. El verbo que  compromete, la expresión de la que se exigirá cuenta si se ocultó la verdad. Al contrario del dicho popular que la palabra se la lleva el viento, aquí es sinónimo, primero del juego que anima la oferta y la demanda del bien en cuestión, y luego   del compromiso firme que cierra una venta.  

Para acabar con el apretón de mano que rubrica un convenio con más   peso para quienes fueron sus protagonistas que la constancia de un letrado. En Ronda se refugia en estos días esta manera de hacer las cosas en una feria que tiene mucho de rito religioso y magia de la palabra dada.    

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