miércoles, 29 junio 2022
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Excesiva basura espacial

La contaminación del cielo, en lo que a observación del mismo se refiere, puede ser de dos tipos, principalmente: por interposición de partículas sólidas, entre nuestros ojos y el objeto a observar, y por deslumbramiento producido por luces artificiales, innecesarias muchas veces, que dificultan o imposibilitan frecuentemente, distinguir los tenues rayos luminosas que nos llegan de olas estrellas, planetas, cometas, estrellas fugaces, y otros espectáculos con que nos obsequia un firmamento diáfano, limpio y transparente (oscuro, suele llamarse en el argot astronómico, pero que suele resultar incongruente limpio y transparente al neófito).

Y es el comúnmente llamado «progreso» el que tiene la culpa de toda esta contaminación de nuestros cielos y que tanto entorpece la observación del mismo en nuestros tiempos modernos: la industria, el comercio, el ocio nocturno, el transporte (de mercancías y de personas) terrestre, aéreo y marítimo, el ornato innecesario y excesivo de monumentos, autovías, calles y mansiones, etc., todo ello repercute en emanaciones de gases, humos y partículas mayores, al tiempo su iluminación (inadecuada y superflua, muchas veces), se refleja en dichas partículas, volviendo a nuestros ojos, cuando no, incidiendo directamente sus focos en nuestras pupilas. 

CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA
No sólo tenemos problemas los astrónomos (profesionales, aficionados o curiosos) para estudiar, observar o disfrutar del cielo, por las ya conocidas contaminaciones ambientales y luminosas, sino que, para colmo, la contaminación también puede ser en el campo electromagnético.

Sabido es que en la actualidad tenemos miles de satélites en órbita terrestre, a diferentes alturas (estacionarios o no), dedicados en el mejor de los casos, también a la observación del cosmos, pero en la mayoría de ellos, a la observación de la propia superficie terrestre (militares, de espionaje, de servicios de posicionamiento, etc.), así como de servicio de comunicaciones.

Y todo ello interfiere (aunque tratan de que así no sea, en el mejor de los casos, cuando no intencionadamente) en trabajo de los telescopios que trabajan en ese campo: los llamados radiotelescopios, a los que no les afecta la luz (pueden operar incluso de día), ni casi tampoco las partículas sólidas en suspensión; pero sí que pueden ser interferidos y anulados por ondas electromagnéticas procedentes de los objetos artificiales espaciales y terrestres antes citados.  

PROBLEMAS PARA OBSERVAR
¿Entonces, qué podemos hacer para observar el cielo?

Pues, si se trata de astrónomos aficionados o de simplemente curiosos; alejarnos de luce artificiales de ciudades, zonas industriales y grandes autovías, para montar nuestros equipos, desplazándonos a veces muchos kilómetros, allí donde el cielo esté más oscuro, aprovechando a la vez que el tiempo meteorológico lo permita, con lo que las «ventanas» útiles y favorables que nos quedan, pueden ser escasas y dificultosas.

Por otra parte, si se trata de profesionales, pues ya sabemos: la solución es lanzar al espacio un telescopio (óptico o de otro espectro electromagnético no visible) y así, fuera de la contaminada atmósfera y lejos de la iluminada superficie terrestres, poder «ver» (transmitir a la Tierra) las imágenes y o señales captadas desde el espacio. Al tiempo que contribuyen (una vez más) en la contaminación física, lumínica y electromagnética de nuestros cielos.  

EL CIELO DEL FUTURO
¿Cuál será, entonces, el futuro de nuestros cielos, desde el punto de vista de la observación astronómica?

Pues sólo podemos especular. Pero si seguimos por el camino que parece llevar la humanidad, el disfrute del mismo, a ojo desnudo, con equipos de aficionados o incluso profesionales terrestres, será cada día más complicado y escaso. Siendo lo más probable que tengamos que limitarnos a ver lo que nos permitan las grandes potencias en este campo, haciéndonos llegar a nuestros ordenadores, teléfonos móviles u otros futuros artefactos de comunicación, las señales que las mismas decidan sean de dominio público, procedentes de los grandes telescopios espaciales, cada vez más potentes y sofisticados, al tiempo que más alejados de nuestro planeta. Todo ello repercutirá en una desnaturalización de dicha observación, convirtiéndose en virtual, y llegando al extremo de que, las generaciones futuras, no necesariamente formadas científicamente, tengan muchísima información, si, pero sin llegar a comprender donde está la frontera entre lo real y la realidad virtual: entre un holograma o espejismo, y algo tangible, material y cierto

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