sábado, 18 mayo 2024
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Fin de curso: corre, corre, conejo

Usted dirá: «¿Y a mí qué me importa la milonga con que nos amenaza hoy?». Y lo entiendo. Últimamente lo entiendo y disculpo todo, o casi, que será cosa de la edad o secuela del COVID. No obstante, ya le anticipo que voy a tomarme unas confianzas que tal vez resulten excesivas, porque el conque con el que llenaré la página en blanco de hoy es de mi más absoluta incumbencia, y así, sin encomendarme a las Ánimas Benditas ni a quienes las agitan en el Purgatorio, miro las teclas, chasco los dedos y tiro millas, que ya verá cómo acabaremos llegando a la podre que cierra el articulillo de hoy, y si no ya sabe: Si con barbas, san Antón y si no la Purísima Concepción.

Así que voy y le digo que cuando mi bisabuelo Pedro se largó al Panamá, mediados los años 20, el canal ya estaba abierto al tráfico desde 1914, aunque el acondicionamiento de los márgenes y el grueso de las infraestructuras que exigían las familias de los militares e ingenieros americanos no se terminaron hasta mucho después.

Fue entonces cuando él y otros dos compadres tan piojosos como él salieron del su valle con tantas hambres como huevos, y cruzaron en abarcas de sur a norte el reino de León y, después de pordiosear y pillar por barrancas y páramos patatas, pollos y coles y lo que a bien san Francisco tuvo, por fin alcanzaron las Asturias. Jugándose el pellejo en cada barreno, entrando en las ratoneras donde no pisaban los mineros más bragados, consiguieron ganar en seis meses lo que costaba el pasaje de Gijón a Panamá. Algunos, es cierto, habían salido de la aldea con un contrato sellado, pero en su caso fue como digo; de modo que llegaron al canal a ciegas y deslomados, pero libres de deudas.

Los pormenores de aquel periplo: huida de las hambres más que hazaña: se han guardado en mi familia de generación en generación, como si el bisabuelo aquel que, a su regreso, fue el primero en usar vigas de hierro y enfoscar de cemento la casa, amén de traer semillas de maíz made in USA hasta el valle del río Hurdano, como si fuese, diré, una especie de tótem que de algún modo nos reúne todavía, y después de casi un siglo muerto, a un ciento largo de bisnietos y tataranietos.

Vivimos en una sociedad funeraria, de modo que tal vez sea por el culto y la devoción a la muerte, que nos neguemos a olvidar a quienes conforman un pasado no por lejano menos sólido: canto a la temeridad, reconocimiento de un esfuerzo que se tradujo en mejoras económicas y, sobre todo, la memoria pertinaz de una familia -primos carnales, segundos y terceros ya- que se niega a olvidar a aquel Pedro de muchas hambres y maldita sea la hacienda que llegó a Panamá para hacer de capataz al frente de una cuadrilla de chinos. Se fue firmando a duras penas y regresó leyendo, dueño de unas lentes ahumadas, una navaja con las cachas de obsidiana y, lo mejor de todo, muy capaz ya de redactar contratos con los que fue comprando algunos de los mejores huertos .

Lo cuento porque la vida y la muerte son solo una cuestión de azar: pura selección natural, y siempre van a pérdidas o ganancias: siete y media o gana la banca. Sin pretextos. A cara de perro. La vida es riesgo, nunca certeza. Puritito vértigo. Él lo tuvo todo en contra, tanto a la ida como a la vuelta, pero dio con el modo de regresar con unos dinerillos ganados esquivando tifus y malarias, a sabiendas de que un solo traspiés y su esqueletillo de metro sesenta hoy no sería más que uno de esos tantos fémures, una más de esas tibias y calaveras que salen de las ciénagas panameñas cuando desecan los pantanos y las lagunas que sirvieron para la ampliación del Canal.

Todo o nada, ya digo: la vida en una partida y sin más ayuda que el instinto de supervivencia que nos hace torear a la muerte hasta que se quiebra el esparto que amarra la carga de un carro o se adelanta la mecha del barreno. De haberse equivocado hoy no sería ni siquiera recuerdo: nada: tampoco yo estaría escribiendo estas líneas que no sé ni adónde van ni a santo de qué se me ocurren ahora: solo otro cadáver, eso sería, un cadáver anónimo y descarnado por las pinzas de los cangrejos y los dientes en sierra de los peces extraños y voraces que habitan aquellas aguas. Y sin embargo, mereció la pena.

De modo, chaval, que si has llegado hasta aquí, cosa que dudo mucho por tu adicción al móvil, con tus veintimuchos cumplidos y viviendo en casa de mami como andas todavía, no por tu gusto, todo sea dicho, carrera y media y dos másteres y francés e inglés por igual, te recomiendo… ¡No! Te exijo que pilles una mochila baratita del Decathlon, de unos treinta litros, no más, que eches dos o tres gayumbos de algodón y ayunos de adornos, un jersey de lana, un chubasquero, pantalón corto y largo, algunos calcetines, una camisa y dos camisetas, tartera y botella metálicas, bolsa de aseo, algún libro –que no pese mucho, no sea cosa que te hernies-, pidas lo justo para viajar en low cost y te abras lejos de aquí cuanto antes y en cualquier dirección. Escapa. Pies en polvorosa, que se dice. Sal pitando de un país que si en algo se ha acabado especializando es justamente en destrozar la vida y los sueños de la juventud mejor preparada que tuvo nunca España. Vete donde sea. No tengas miedo. No esperes ni confíes ni en oposición ni en gobierno… Tú sólo corre, corre, como un  conejo, corre. No vuelvas la vista atrás. Te garantizo que en cualquier lugar de la Tierra encontrarás el futuro que aquí se te niega. A la vuelta del océano alguien te espera. O al menos siempre te quedará el consuelo de que nadie te vea jodido. No les des ese gusto. Corre, corre, corre…

Si mi bisabuelo Pedro, de tantas miserias y maldita la hacienda, pudo, tú con más razón y con mejor calzado. Sé valiente. Dale un beso a tus padres, coge los euros que te han dejado debajo del pañito de la mesilla de noche, no hagas ruido al cerrar la puerta, lánzate a la calle y sal corriendo sin más brújula que los mil saltamontes que habitan en la cabeza de alguien tan joven como tú lo eres todavía. Luego ya será tarde. Yo lo haría. Lo hice varias veces. Y sí, por si te sirve de algo, a mis casi sesenta y cuatro soy feliz. Muy feliz. Tan feliz que volvería a hacer lo mismo que hice el día que cumplí los dieciséis.

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