lunes, 23 mayo 2022
InicioOpiniónIntroito obligado (y cursi)

Introito obligado (y cursi)

Vuelvo al redondel y digo que soy un gilipollas. Alto y claro. Uno de esos primos tan dados a causas perdidas como a comerse los marrones de otros. Comencemos bien: nada de vulgaridades: lo que yo soy, y como tal me reconozco, es un auténtico ingenuo. Y además, oriundo de pueblo. Y recuerdo lo que el refranero dice: pueblo chico, infierno grande.

La cosa no viene de ahora. Hay que remontarse atrás, a más de tres decenios de escritos en prensa, cuando ponía la cara:semanalmente:para que me la partiera cualquier indocumentado de los cientos que por ahí andan tirando de mamandurria pública. Si a lo anterior añadimos que estos artículos son en gran parte un refrito de otros anteriores, y que tampoco ha de faltar un desfile de gilís tanto o más grandes que yo, pues no será difícil dar con las razones que motivan un regreso a la palestra pública que me acabará dando más tristezas que alegrías: que ya se sabe que cualquier tiempo pasado fue mejor, que nunca segundas partes fueron buenas y que todo lo que puede empeorar acaba empeorando.

Por algunos de los artículos publicados en la dilatadísima etapa anterior –en papel entonces– me gané no pocos mamporros y fui víctima de campañas difamatorias por parte del mandamás de turno, sin distingo de pelaje o color. Aguanté estoicamente y terminé apechugando con los envites y embates de alcaldes, concejales y demás adláteres, cuyas obras, hazañas y ocurrencias denunciamos en su día y ahora rememoramos en RONDA DIRECTO quince, veinte, treinta años después, como si viviésemos un eterno día de la marmota que nos empujara al reencuentro de personajes que llevan en política local más tiempo que Jordi Hurtado en la 2 de TVE.

Las historias que iré metiendo tienen un algo de déjàvu y ya anticipo que recupero el «placer» de toparme de nuevo con aquellos a los que tanta leña se les dio como ellos dieron, que en cuestión de diatribas políticas, críticas y vendettas las gallinas que entran por las que salen.

Fueron aquellos unos años duros. Duros al tiempo que maravillosos. También divertidos. A mí, por ver de cerrarme la boca o doblegarme la pluma, me divorciaron dos veces, me pusieron de borracho otras tantas –¡y eso que no bebo!–, me retrataron en bicicleta y saliendo de misa, y hasta se inventaron bulos y patrañas a tenor de mis aficiones y afanes, aunque ya me cuidé yo muy mucho para que nadie pudiera ponerme la cara carmesí –al menos desde la verdad– ni pegarme una pedrada en el colodrillo de las vergüenzas; o sea que seguí la máxima que dice: «Para ir de boca grande, hay que tener el culo muy limpio», y así fue que más o menos me pude librar de la quema. Otros no tuvieron tanta suerte.

En fin, que a fuerza de infamarme por lo que publicaba en prensa –y no digamos ya por lo que decía los martes en La Tertulia de Ronda TV: cómo se echa de menos– acabaron haciendo de mí una especie de héroe por accidente, un Robinjud que acabaría dedicando más de treinta años de su vida a escribir –y, lo que es peor y más peligroso, a publicar– articulillos y filípicas en una pequeña ciudad que, pese a su aislamiento entre las más bellas de las montañas, no pudo escapar al mangoneo tripero de correbocas, mandarines y demás comisionistas, y sin olvidar a los especuladores de turno: consumados artistas de la recalificación urbanística… siempre a deshoras. No obstante, debo decir que, visto lo visto, los políticos de casa resultan seres entrañables, verdaderos querubines a poco que se les compare con la media de la picaresca nacional. Como lo digo lo sien.

De modo que regreso al vicio del escrito periódicocon más ganas y más de lo mismo: artículos estos de ahora que inevitablemente tendrán mucho de aquellos otros publicados ayer, entonces, todos tan queridos por mí, y conste que mido su interés en función del perjuicio que en su momento nos causaron a los pocos que fuimos capaces de aguantar la mirada a los mascas y prebostes de nuestro queridísimo ayuntamiento, pues esa es otra, que aquí se nos llena la boca de democracia y libertad, pero a la hora de la verdad los mismos que alababan mis críticas y comentarios –sobre todo cuando ponía la mirilla del lápiz en los otros y no en ellos– eran los primeros en dejarme a los pies de los caballos, abandonándome frente al alcalde o azuzándome el recadero de turno. Me granjeé no pocas inquinas, pero también me procuré amistades sólidas de esas que ya te acompañan siempre. Espero seguir en racha y ser ahorita igual de fructífero en polémicas, dimes y diretes, y vayan los coscorrones por el gusto de piar.

Llorado vengo y nada espero. No hay más que recordar la escena del Quijote cuando liberó a la cuerda de galeotes, ya sabes: no bien los bandidos se vieron sin cadenas y libres de cepos se apresuraron a «pagarle» la libertad propinando sonoras collejas en el cogote de su libertador, lo cual nos da una idea de cómo funciona la prensa en ciudades del tamaño de la nuestra.

Ronda. Un lugar ciertamente aislado. Un trozo de Iberia que a veces nos recuerda la balsa de piedra de Saramago. Hubo un tiempo, sobre todo en los inicios de la preautonomía, en que se barajó la posibilidad de ubicar aquí la capitalidad andaluza. Pero hoy, tantos años después de aquel «De Ronda vengo lo mío buscando…» que cantara Carlos Cano, la verdad es que seguimos al margen de todo y de todos, a pesar de los miles de turistas que nos visitan: autobús mañanero, tumbos y frenazos, mareos y curvas, picnic en la Alameda, selfie en el balcón del Coño y regreso al hotel de la costa: bingo, karaoke y bailes de salón.

Un lugar, obligado es decirlo, donde la gente es buena y hospitalaria por naturaleza, sobre todo con el que llega de las afueras y más aún en los días de septiembre, cuando se celebran las fiestas de Pedro Romero, tan propensas siempre, dicho sea de paso, a las críticas más feroces: curioso: los visitantes hablan maravillas de enganches, rejoneo y Goyesca y nosotros, tan pronto acaban, nos ponemos a cornearnos buscando el menor descuido, el error más nimio para dar leña al equipo de Gobierno.

Es ya toda una tradición poner de chupa de dómine al concejal de Fiestas. En treinta y tantos años no he visto una fiesta que resultara al gusto de todos. Y lo mismo sucede con la solería de la calle de la Bola, la Cabalgata de Reyes –todo un clásico en los venenos de la oposición–, o el ornato de la tribuna VIP de Semana Santa. Algo huele a Astérix y aldea acosada, aunque en nuestro caso no nos atosiguen los romanos de César sino nuestros líos con el PGOU, la autovía del sí pero no: siempre en permanente fase de estudio; la estación de autobuses en ubicación ciertamente bien pensada y mejor calculada: modelo de desarrollo tan elegante como increíble; el vial alternativo allende el cerro de la Pedrea: excusas de mal pagador; la biblioteca poligoneracon un toque entre Pinypon y Pocoyó; el museo municipal inexistente, la cansina «puesta en valor» de Acinipo o el casco histórico rubricado en la cuesta de Santo Domingo, que ahí sigue, de milagro, en tenguerengue, cual avenida Bagdad de Kabul, puritito escombro para vergüenza de todos… si es que la hubiera.

La belleza y la singularidad de la ciudad fueron cantadas y plasmadas por escritores, viajeros, músicos y pintores de toda época y condición: Rilke, el rey Almutamid de Sevilla, Lorca y Lope de Vega, Espinel, Bomberg, Cocteau, Richard Ford, Brenan, el viejo Hemingway, Orson Welles… Incluso James Joyce quiso vincularse al misterio de Ronda cuando le dedica un recuerdo apresurado, y hermoso, en las páginas de su Ulises.

Hoy como ayer, el caserío de la medina musulmana se nos sigue mostrando como un armonioso conjunto de tejados rojos y paredes más que blancas; un complejo e intrincado conjunto urbano cuya homogeneidad solo se ve rota por las espadañas y los campanarios de iglesias y conventos.

Los laberintos de piedra y luz, la fuerza que emana de sus precipicios, el aire puro de mil sierras, el silencio de las calles de la Ciudad, los paisajes siempre cambiantes con el correr de las estaciones, el tipismo nunca vulgar de los barrios populares, el galopar apresurado de un caballo, los lamentos del flamenco a buen recaudo gracias a la Peña y los ecos que deja la huida apresurada del bandolero que nunca se fue del todo; el carácter afable de las gentes y las tardes de gloria –y algo de sangre– de sus toreros, el secreto de las murallas, la ostentación que habla en los palacios señoriales –que no son tantos–, todo eso, y mucho más, constituye un reclamo irresistible a cuya llamada llegan miles de turistas que buscan algo distinto.

Sin embargo, al rebufo de ese tropel también llegaron especuladores y artistas del pelotazo con ocurrencias tan disparatadas como trastocar los equilibrios de olivos, almendros y encinares adehesados con proyectos tan cuestionados como el de la Casa Rúa –otro clásico– o unos campos de golf que dividieron en dos facciones irreconciliables al personal: los del que «Sí, por mis santos huevos» y porque yo lo valgo; y los que se manifestaban con una pancarta que ponía: «No; por mis cojoneras que aquí no habrá más green que el que traiga la primavera». Sin término medio. Sin negociación posible. A gorrazo limpio. Así nos fue. En fin…

Ronda ha carecido –y carece– de cuadrante o bitácora que marque el derrotero político a seguir. Aquí todo se hizo a golpe de ocurrencia: porque lo digo yo: y olé mi niña. Así se explica que el paro sea más que galopante, meteórico, o que se hayan perdido casi cinco mil habitantes en no más de veinte años.

La vieja Arunda, altiva y seductora, ocupa un lugar de privilegio en una de las partes más abruptas del territorio. Lienzos de murallas, puertas y ventanas enrejadas con las filigranas soñadas al querer de la fragua, patios donde el aroma del jazmín incita a descuidarse, calles estrechas con detalles que recuerdan que Ronda fue uno de los principales bastiones de la Andalucía musulmana, las plazas donde todavía se percibe el arrullo de fuentes que ya no manan… La Ronda de Espinel, de Ríos Rosas, Fernando de los Ríos y Giner de los Ríos. Ríos de Ríos… Ya ves que aquí la «cosa» fue por clanes y de algún modo así sigue siendo. El pueblo de Carmen, el pueblo que se deslomaba en las fincas de algún señorito absentista, y una burguesía de comerciantes, médicos y abogados que señoreaban los días del personal; y la Caja de Ahorros de Ronda –Poltergeist recurrente–, las supuestas beldades del malogrado teatro Espinel, la creencia en una mano negra que por más que nadie la viera, debe haberla; y los hermanos de la Real Maestranza de Caballería de Ronda. De esta última se hablará no poco y no siempre mal.

Baste un comentario que tal vez lo diga todo. Cuando en 1913 el soporífero Rilke llegó a Ronda, preso de la tristeza más obsesiva, quedó absolutamente prendado de sus encantos, llegando a escribir en una de sus cartas: «No hay cosa más inesperada en el mundo que esta ciudad española, salvaje y montañesa». Fue él quien la tildó de «ciudad soñada». Que así sea. Y que los desastres perpetrados por nuestros políticos no nos impidan ver y disfrutar los encantos de una ciudad con dos parques naturales y uno nacional, y a tan solo media horita del mar.

Ronda sufrió una guerra civil muy corta en lo militar y terrible antes y después de que las tropas franquistas tomasen la ciudad. Centenares de fusilados e indefensas víctimas despeñadas por el Tajo dejaron partida a la población en dos mitades que definieron hasta no hace mucho la política local.

Curiosamente, la Transición rondeña posterior a la muerte de Franco el de la Mili vendrá de la mano de grupos y personas surgidas de los intestinos del mismo régimen. La primera ciudad andaluza que exhibió la bandera blanquiverde en el balcón del ayuntamiento fue Ronda. Gobernaban al alimón la UCD y el PA, entonces PSA, pero esa es otra historia…

Publicidad

Lo más leído...