sábado, 2 marzo 2024
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Móviles y Educación (y III)

Hace algún tiempo, no tanto, publicábamos en estas mismas páginas los dos artículos cuyos enlaces se adjuntan más abajo. En ellos se hace un llamamiento a la prohibición de los teléfonos móviles en los centros educativos durante horas lectivas, incluidos los recreos… Todo esto fue mucho antes de que consejerías y Gobierno se decidieran a abordar en serio un problema que tiene contra las cuerdas a todo el sistema educativo y a cuantos participan en él.

A partir de ahí, no pocos nos fuimos organizando en foros de debate y plataformas ciudadanas a lo largo y ancho del territorio español, siempre en contacto con iniciativas similares que existen en países de todo el mundo; recabamos información de sesudos psicólogos, psiquiatras, jueces y fiscales de menores, policías expertos en acoso escolar, informáticos muy críticos con el abuso que se hace de las mal llamadas «nuevas tecnologías», y también con especialistas en redes sociales, sociólogos, expertos en adicciones…

Nos íbamos cargando de argumentos y nos llovían las razones para no ceder ante una plaga de proporciones nunca vistas, al tiempo que nuestra voz se iba haciendo un sitio en las páginas de los medios de comunicación para reclamar soluciones de verdad y no simples evasivas, conscientes, muy conscientes de que frente al cáncer poco pueden los parches de Sor Virginia; llegamos a la Unión Europea, al Consejo de Europa, a la UNESCO, UNICEF, a la OCDE… y las grandes corporaciones no tuvieron más remedio que escuchar las voces que le llegaban lo mismo desde Argentina que de Italia, por no hablar del grupo de presión tan intenso como sabio que se deja oír en San Francisco, justo a la vera del Silicon Valley. Que no se diga.

Así fue como nuestras palabras, nuestros planteamientos para alejar el móvil de la educación eran recibidos en las comunidades educativas de modo muy distinto a como se nos acogía años antes, cuando, ante nuestros lamentos, siempre se nos despachaba con la desgana del funcionario aburrido y su manido «ande yo caliente y ríase la gente».

La verdad es que hasta hace seis o siete meses, justo cuando países como Suecia, Francia o Finlandia comenzaron a cuestionarse el error tan inmenso que supuso «intoxicar e infectar» las aulas de pantallas, siempre obtuvimos una respuesta en negativo por parte de los que, en nuestro entorno más próximo, debieron haber actuado con más valentía de lo que lo hicieron.

Los que debimos mostrar una actitud más crítica, sólo fuera por nuestra pertenencia a la elite que tuvo acceso a una formación universitaria, no tuvimos reparo en mentirnos entre nosotros y mentir a los chicos. Se mintió a las familias desde todas las instancias, no diré con dolo, que sólo faltaba, aunque sí con una apatía que cuestionaba la capacidad ―y la obligación― que tienen las clases ilustradas para tratar de poner freno a estos abusos tecnológicos o, simplemente, para generar debates que vayan en beneficio de todos. Una pena.

Aquí en Ronda pudimos ser los pioneros de toda España a la hora de plantarnos ante una barbaridad como la que supone el teléfono móvil en colegios e institutos, los primeros, ya digo; pero nos dejamos llevar por la comodidad y el más gallina de los pasotismos… Y aquí estamos, a rebufo de aquello que lo que los que mandan «manden», pese a que en los centros educativos dispusimos de herramientas legales que hubieran puesto coto a la problemática que suponen los móviles en escuelas e institutos.

Se denunciaba en los dos artículos anteriores lo que estaba sucediendo y sucede en nuestros centros docentes, por más que se maquillen las evidencias con datos inconexos o meramente numéricos. Imperó la rivalidad, el pasotismo más gremial, el falso y maniqueo «dejar hacer» hasta que escampe, la cobardía más recalcitrante, la falta de empatía —curiosa palabra de la que cada día se abusa más y cada vez con menos contenido— y el desdén más absoluto hacia los que son el centro de la educación: los chicos y chicas que se pasan seis larguísimas horas entre cuatro paredes porque aquí nadie se atreve a abrir el melón de la vuelta a la jornada partida, que esa es otra que está al caer. Al tiempo.

Tecnología, inteligencia artificial (¿se ha fijado usted que casi siempre la escribimos con mayúscula?), teléfonos móviles y seres humanos del XXI pueden convivir, no tienen más remedio que convivir… pero sin perder de vista que lo importante son los besos de verdad, las caricias que ponen el vello de punta, la palabra amable con que la profesora regala el oído de nuestros hijos, o el descubrimiento de que Ortega y Gasset era una sola persona y no dos sin necesidad de clicar en google y, sobre todo, la coherencia a la hora de defender lo mismo hoy y con las mismas ganas que entonces, cuando éramos cuatro gatos, incluido el bueno de don Emilio Calatayud y sus parábolas, los maestros y las maestras de todos los niveles que ocupamos la primera línea de la Resistencia, o el doctor Thomas Südhof, nobel de medicina, que denuncia que los smartphon generan enormes dosis de estrés que limita y hasta impide cualquier tipo de aprendizaje; cuatro gatos, ya digo, eso éramos los que no tuvimos inconveniente en señalarnos hasta hacer el ridículo, frente a algo que se ha demostrado mucho más peligroso y dañino en escuelas e institutos que el mismo fentanilo en las calles de Los Ángeles.

La pregunta es:

¿De haber actuado cómo y cuándo se proponía en estos dos artículos —dos de tantos como se publicaron—, cuánto sufrimiento se hubiera evitado, cuántas sesiones de acoso, cuántos abandonos escolares, cuántas disputas familiares, cuántas tensiones en clase, cuántas peleas en los pasillos, diré al fin, no se habrían producido? Con que sólo se hubiera ayudado a un chico: uno solo: a una familia: solo una: o a un profesor ante la desmesura de los móviles… y sus riesgos en nuestros centros educativos, ya hubiese merecido la pena haberse tomado en serio su prohibición: repito: prohibición durante todo el horario escolar.

De nada sirve ahora echar mano del socorrido «ya lo dije» o «se veía venir» cuando lo cierto es que nos comportamos —¡todos!— como meras piezas de un engranaje que nos quería y nos quiere robar buena parte de lo que nos hace humanos.

«Nos hemos rendido antes de dar la batalla.», eso dije. Y la más miserable y cobarde de las respuestas se adueñó de los silencios en aras de un progresismo tan falso como desorientado y obsceno. En fin, usted mismo. Lea los artículos cuyo enlace se adjunta y después me dice.

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