lunes, 27 junio 2022
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Techo  de  piedras     

Rememoro de  mis remotos años de niñez un frío día de Diciembre de 1948 en el que  todo el pueblo tuvo que ser desalojado  tras un desprendimiento de piedras. La Alcaldía lo creyó oportuno hasta tener certeza de que el peligro para personas y haciendas había pasado. Fue el primer hecho para que se  estuviese sobre aviso de que la piedra, la cual imprime belleza al paisaje, podía volverse enemiga acérrima del pueblo. Sin embargo, nadie, excepto los visitantes ocasionales, parece mostrar temor ante una posible avalancha de rocas desde lo más alto de las sierras. Se erigen éstas como impresionante fondo de Benaoján, pero tan cerca y tan encima que da la sensación que acunan a sus casas de fachadas blancas de cal.

   Los picos de la escarpada sierra de Juan Diego, en las últimas estribaciones rocosas de las Subbéticas se levantan  amenazadores sobre el pueblo y zonas colindantes. Al sur, por la carretera que conduce hasta la cueva de la Pileta y Cortes de la Frontera, se eleva buena parte de la mole granítica que en forma de anfiteatro envuelve el municipio. Al fondo – contemplada a distancia prudencial – sobre las últimas casas impone su presencia el peñascal que ofrece el perfil de una inmensa escultura faraónica, igualmente de aspecto poco tranquilizador. Desde que fuera fundado, allá por el siglo XV, al final de la Reconquista por adelantados de la nobleza  con motivo de las reparticiones decretadas  por los Reyes Católicos, son testigos de todo el acontecer diario de la población. Testigos, pero no mudos, ya que en el devenir de los años más de una vez dejaron oír su voz de estruendo haciendo temblar de espanto a más de uno a resultas de la dislocación de sus rocas. Son los temidos desprendimientos que por la particular disposición de las viviendas en las laderas de la montaña originaron episodios, algunos de alcance nacional, no por que entrañaran funestas consecuencias, sino por lo inverosímil de las circunstancias acaecidas. El “rodadero”, denominación que recibe el lugar por donde desde siempre se deslizan las piedras, enmascara la realidad de un peligro velado que como los volcanes dormidos, no se echa a ver hasta que vuelve a resurgir con secuelas de destrucción y muertes. 

   En una mañana del invierno de 1949, Ramón Gil que entonces contaba poco más de 15 años, volvió a nacer cuando una enorme piedra de varias toneladas de peso vino a alojarse justo debajo de la habitación en donde dormía plácidamente. Había rodado con estrépito desde las alturas de la sierra y después de sobrevolar un par de calles ante el espanto de quienes presenciaron su trayectoria socavó la vivienda de la familia Gil y destruyendo el entresuelo ocasionó que la cama en donde descansaba Ramón acabase, milagrosamente porque nadie sufrió daño, sobre el gigantesco e intruso peñasco. El protagonista del suceso, siempre con una voz estremecida, recordaba el suceso que le marcó durante su vida.

    Años después, en 1969, en plena actividad chacinera – Benaoján ha sido hasta hace muy pocos años el buque insignia de la provincia en cuanto a producción de embutidos y salazones- con motivo de la celebración de la  fiesta navideña, otra descomunal piedra vino a incrustarse, después de derribar el techo, en la sala de envasado de la fábrica Núñez Hermanos. Cinco escasos minutos antes una decena de operarias la habían abandonado para la comida del medio día. La tragedia pudo ser mayúscula, pero otra vez estuvieron los hados a favor del pueblo.

   En años anteriores y posteriores a estas fechas los vecinos hablan de granjas y cebaderos destruidos con animales muertos, “pero milagrosamente nunca hubo que lamentar víctimas personales”. Porque lo cierto es que las autoridades municipales de cualquier tiempo y signo político nunca se cruzaron de brazos  ante el hecho innegable de las piedras desprendidas y las fatídicas consecuencias que pudieran acarrear a una población desprevenida. Con la colaboración de las administraciones provinciales y autonómicas las laderas de Juan Diego se sembraron de muros de contención y se sometieron a tenaz reforestación con el fin de crear barreras de cemento y arbustivas  capaces de frenar el empuje de las piedras desprendidas. Miembros de la corporación  municipal aseguran que con estas medidas “el peligro si no se ha atajado del todo sí es menos inmanente de manera que se puede frenar el impulso de la mole desprendida frenando la caída o variando su trayectoria de forma que no  llegue a las viviendas”.

  Posibilidad esta última que no parece quitar el sueño en absoluto a la vecindad, más que acostumbrada a la proximidad de las peñas. Hacen igualmente oídos sordos a una antigua profecía, cuyo autor nadie identifica pero que es posible se deba a un agorero malintencionado asustado por la inquietante presencia de la abrupta sierra, “el fin de Benaoján será desaparecer sepultado por las piedras uniéndose así las dos formaciones rocosas que un cataclismo orográfico antediluviano las separó dando lugar al actual valle del Guadiaro”. Conjeturas que hoy por hoy a nadie inquietan lo más mínimo y aunque se mira con respeto a las cimas no se le teme “ya que aquí nunca pasó nada grave y es de esperar que nada ocurra en el futuro”, afirma un vecino con años y leguas.

   Los malos presagios quedan para los quienes visitan por primera vez al pueblo. Son los que se encuentran de pronto, en la última curva de la carretera de Ronda, ante la presencia de un caserío  que se ciñe a los pliegues del monte y que no acaban de creerse que allí se pueda dormir tranquilo ante tanta piedra amenazante. Se puede asegurar que los del lugar llevan siglos haciéndolo a pierna suelta y sin temor alguno. A los benaojanos no les quita el sueño la presencia cercana de las abruptas sierras. Jamás, que se sepa, ocurrió, un caso luctuoso. Se puede dar fe de ello sin temor a equivocarse. El techo de piedras no amilana a nadie del pueblo. Se puede dar fe de ello.

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