Habrá quien diga que la visita del papa León XIV a España ha sido importante por la bendición de la Torre de Jesucristo, por el centenario de Gaudí, por el mensaje contra las guerras, por la defensa de los migrantes o por esa frase tremenda, tan evangélica como poco electoral, de que no podemos decirnos hijos de Jesús y abandonar al que sufre, al que llora o al que huye de la miseria: todo eso es cierto y conviene no olvidarlo, porque los papas, cuando son papas de verdad —y este apunta maneras: principio quiere la cosa— tienen la mala costumbre de hablar de los pobres justo cuando los ricos no saben ya qué hacer para legalizar tanta esmeralda de Zambia como guardaban en la caja fuerte.
Pero el verdadero milagro, el milagro de los milagros, el que quizá deba estudiar algún día la Congregación para las Causas de los Santos, no fue que la Sagrada Familia se iluminara en plan mascletá de Valencia, ni que Gaudí reviviera en una escuadrilla de drones, ni siquiera que el Gobierno encontrara una razón cultural para asistir a misa, sino que León XIV consiguiera meter en el Credo, de una sentada, al excelentísimo señor don Pedro Sánchez y a catorce (14) de sus ministros, varios de ellos acompañados por sus respectivas parientas, consortes o testigos de cargo, según proceda en situación civil de cada cual.
Esto, en términos teológicos, es una conversión en toda regla: y si no llega a tanto, al menos alcanza la categoría de regresión espiritual a las edades tempranas en que muchos de ellos hicieron la primera comunión, con traje azul marino y corte almirante Carrero, calcetines blancos, vela en mano, trencitas y lacitos de raso o flequillo con gomina y una tía solterita llorando en el tercer banco: porque hay conversiones que vienen por el rayo de Damasco y otras por la agenda de Moncloa: San Pablo se cayó del caballo y vio la Luz; nuestros ministros se bajaron del coche oficial y lo primerito que hicieron fue dar las condolencias: a grito pelado las dieron: por el Ausente Puigdemont:
—Con lo que a él le hubiera gustado posar con el Papa, el pobre, y ya ve usted, allí solito en Waterloo…, que hasta se habrá acordado de su abuelo Francisco, el mismo que salió por patas de su pueblo de Gerona, hostigado por los milicianos de Durruti, y que no paró hasta verse a salvo entre los falangistas de Benaocaz y en compañía del cura Juan Oliveras, hermano de su mujer y en buena ley, y por tanto, cuñado a carta cabal; tan lejos llegó el abuelo de don Carles Puigdemont. Y al decir de los serranos era buena persona, pastelero de mérito y mejor rezador de rosarios: de cabeza se sabía la totalidad de los misterios y hay que ver cómo engolaba la voz cuando llegaba a las letanías —eso se decían entre sí los catorce (14) ministros a poco que los aleluyas se lo permitían.
Solo por esto, León XIV va camino de ser santo: no un santo discreto de hornacina pequeña, sino un nuevo Pablo de Tarso con pasaporte norteamericano, acento sereno y capacidad sobrenatural para lograr que la España oficialmente descreída vuelva a sentarse, compuesta y devota, bajo una bóveda donde las piedras no saben si rezan o levitan: durante años se nos dijo que el nacionalcatolicismo era cosa de sacristías antiguas, de ministros con escapulario, de gobernadores civiles obsequiando al obispo bajo palio y de señoras de ministros con mantilla y Corazón de Jesús en la pechera: y ahora resulta que no, mire usted, que la España nacionalcatólica, quién nos lo iba a decir, ha vuelto de la mano de un Gobierno socialcomunista: vivir para ver.
Naturalmente, los tertulianos en nómina se apresuraron a decir que aquello no era exactamente una misa, o no era solo una misa, sino un acto cultural, institucional, histórico, turístico, arquitectónico y planetario, sobre todo planetario: es decir, una misa laica: porque en España, país de santos y pícaros, hasta el Padrenuestro necesita expediente administrativo si hay ministros por medio: nadie acudió, según parece, a arrodillarse ante el Misterio de la Consagración, sino a honrar la culminación de una obra universal, que es una forma muy fina de decir que fueron a misa sin ir a misa, como quien entra en una iglesia para ver los frescos y sale con alguna salpicadura de agua bendita. Y no deja de ser admirable: antes los fieles iban a misa por devoción y ahora algunos cargos públicos van por rentabilidad política: cualquier día de estos veremos a alguno haciendo de monaguillo en la Conferencia Episcopal, que total, ya puestos, lo mismo es enseñar las vergüenzas por la hucha del trasero que por las ingles.
Lo más tranquilizador de esta misa «laica y ministerial» fue comprobar que, pese al mal fario que acompaña a algunos de nuestros ministros, la Sagrada Familia no se vino abajo: ni crujió la nave, ni se torció la Torre de Jesucristo, ni Gaudí pidió desde el cielo que le pagaran los dineros que le dejaron a deber: allí siguió todo, firme, luminoso, inocente siempre: porque hay edificios, como es el caso de la Sagrada Familia, que soportaron casi un siglo y medio de obras, guerras, retrasos, turistas coreanos y japoneses, andamios, comisiones, comités y hasta sobrevivieron a las «aportaciones de ida y vuelta» de los Pujol: por tanto, si superó todo eso, puede soportar también a catorce (14) ministros en estado de súbita contemplación.
Resultó, eso sí, una lástima que los catorce (14) ministros no hubieran estado también en los actos de Madrid, donde León XIV celebró misa ante una multitud millonaria y donde el Gobierno pareció tomarse la cosa con esa devoción de paso que se tiene hacia los parientes lejanos: en Madrid, la presencia fue más escueta, más del tipo «que vaya alguien, cualquiera de los dos Óscar sirve, que le pregunte a la Ayuso por el novio y luego que venga y nos lo cuente»: Barcelona, en cambio, mereció el séquito y la compostura del que quiere cumplir con el Cobrador del Frac de los de Puigdemont: será que la gracia también distingue entre regiones o que el Espíritu Santo sopla donde quiere y el protocolo donde conviene: a Madrid se fue con prudencia, que la Ayuso muerde, se decían: a la Sagrada Familia se fue con un plan calculado a espaldas vueltas: Madrid puso la misa; Barcelona, el cepillo de las limosnas obligadas; las Vascongadas, los detentes carlistones; el resto de España, la pasta, y el Gobierno puso el milagro estadístico de catorce (14) ministros sentados bajo el signo de la cruz.
Los que hicimos el bachillerato antiguo —seis cursos, reválidas en cuarto y sexto, más un año de COU— echamos de menos algo de latín, no por nostalgia de misal viejo, sino por decoro de país añejo: Tierno Galván, que era socialista, profesor, alcalde y agnóstico con buena biblioteca, recibió a Juan Pablo II en latín, demostrando que se puede no creer demasiado y dominar las declinaciones correctamente: y hasta Fidel Castro, que había aprendido a distinguir un genitivo posesivo de uno partitivo con los jesuitas más pijos de Cuba, no tuvo inconveniente en recibir con latines y a pie de escalerilla al mismísimo y sapientísimo san Juan Pablo II: aquello tuvo su gracia y dio la vuelta al mundo, porque el revolucionario que había nacionalizado hasta la vaquería de su padre no había expropiado la sintaxis de Cicerón: Fidel conservaba ese fondo jesuítico, casi aristocrático, de quien sabe que para recibir a un Papa no basta con un micrófono y una consigna: hace falta una frase bien hilvanada, una solemnidad cuidada y, si es posible, una declinación que haga sonreír al pontífice.
Y León XIV, que no parecía demasiado impresionado por el número de ministros: catorce (14), ya digo: ni por la geometría del poder, siguió a lo suyo: hablar de guerras, de inocentes, de los que sufren, de migrantes, de dignidad humana, de esa incómoda costumbre cristiana de mirar al que no cuenta: el Papa recordó que la dignidad no sabe de visados, que no podemos acostumbrarnos a contar muertos, que no basta con invocar a Jesús si se olvida al prójimo: y lo más grande es que lo dijo en un país donde todos los partidos se saben el Evangelio del adversario y ninguno recuerda el propio: la derecha cita la tradición cuando le conviene y la izquierda descubre la liturgia cuando hay focos: todo sirve con tal que no se pregunte por el origen de los collares y por las peripecias que sufrió la esmeralda más gorda de Zambia para llegar desde la mina hasta las manos de algunos a los que, yo al menos, no podía suponer tamaña afición por la orfebrería: ni los Romanov, oiga, ni la cándida Sissi.
Por eso la visita de León XIV deja una estampa formidable: un Papa hablando de pobres, una basílica hablando de Eternidad con bloques de cemento, unos ministros escuchando y haciendo con los labios como que rezan, como si hubieran vuelto por una tarde al padre Ripalda, y unos tertulianos a la medida señalando que aquello era cultura: misa laica: sí, va a ser eso: un concierto de Serrat y Sabina con incienso incorporado, eso nos dirán.
Hay que arrodillarse ante el mérito del Papa: León XIV ha hecho en una semana lo que no lograron sermones, obispos, catequistas ni abuelas de mantilla: llenar de ministros una misa: si eso no es milagro, se le parece mucho: y si no sirve para canonizarlo, al menos debería valer para ponerle una placa discreta en alguna sacristía: «Aquí se obró la reconversión espiritual de catorce almas ministeriales, ocho segundos les duró la fe, no es para tirar cohetes, pero principio quiere la cosa»: no es el camino de Damasco, de acuerdo, pero tampoco está mal para los tiempos que corren.
Ora pro nobis, León: ruega por nosotros y por los ministros, y por sus parientas, y por los que fueron a misa laica sin saber que iban a una Misa de verdad, y reza por los que no te acompañaron en Madrid porque Madrid les pillaba lejos, muy lejos, y por los que ya no saben latín como Fidel y Tierno, y por los que llaman cultura a la misa y por los que, aun llamándola cultura, acabaron oyendo que no se puede creer en Cristo y abandonar al que sufre: que algo se pega siempre, incluso a los bancos reservados llega el humo del incienso: y a veces la gracia del Espíritu Santo, que es muy suyo, entra por donde menos se la espera, incluso por la agenda oficial: y sobre todo, Santidad, gracias por no preguntar por la mina de Zambia, que tampoco es cosa de pregonar las desvergüenzas del pecador ni mentar la cuerda en casa del ahorcado. In pace ire potes.